Literatura

••Uno, dos, tres••



••Uno, dos, tres•• - Literatura

Llegué al mundo a las ocho y cuarto de la mañana de un lunes. Corría el verano del 92 de Los Piojos y mi nombre fue escogido después de que la partera avisara que era varón: mis viejos habían decidido desconocer todo de mí como había sucedido con ellos.

Ella llegó un lunes también pero en invierno y a las tres y veinte. Su hermano Manuel había decidido que se llamara Mariana seis meses antes de que llegara al mundo.

Nos conocimos en tercer grado. Ella venía de otro colegio y yo me quejé frente suyo por tantos nuevos. Teníamos nueve años y sólo pensábamos en figuritas, pelotas y videojuegos.

-El miércoles es su cumpleaños y vamos al cine con la mamá –me avisó Eugenia que había llegado hasta mí junto a ella. Habían pasado siete meses del mediodía en el que formó fila con nosotros por primera vez.

-Entonces somos novios –deduje de alguna palabra descolgada y ella me sonrió. Tener nueve años y esa inocencia me habían arrogado el derecho de asumir que necesitábamos ser novios para ocupar una butaca, sin intenciones más que responder las exigencias.

Y en el cine –en el que me dejó mi papá cinco minutos antes de que ella llegara– me vi en esa situación que había visto en alguna película. Jugar a estirarme para que mi brazo apoyado en su respaldo –el abrazo– se viera natural. Y ella sonreía y me miraba de reojo. Éramos seis nenes jugando a ser novios en la última fila de un cine. Loco por Mary en la pantalla y su mamá y su hermana unas butacas más adelante.

Y después llegaron los piquitos. Los mismo seis y algunos otros en algún rincón del patio en el recreo. Uno, dos, tres contaba alguno y nosotros tres que estábamos contra la pared reíamos. Dale Nico gritaba alguno de los curiosos. Que empiece Agus respondía él. Bueno, voy yo argüía Lali y yo sonreía nervioso. Uno, dos, tres y cerrábamos los ojos y uníamos nuestros labios un segundo.

Y alguna vez nos enganchó la maestra y nosotros seguimos siendo los primeros en picotearnos.

Después las cartas con microfibras de colores y nuestras iniciales encerradas en un corazón.

Y en cuarto y quinto jugamos a ser grandes. A celarnos, a besarnos. A animarnos a bailar lentos bien cerquita –abandonando los coditos– y a jugar al semáforo y la botellita. Al verdad-consecuencia. Y nos peleábamos como en un melodrama y volvíamos a ser novios. Nos regalábamos chocolates o cadenitas, piquitos y caminatas de la mano. Hasta cachetazos.

Qué linda que estás,
sos un caramelo
te veo en el recreo y me vuelvo loco,
todas las cosas que me gustan,
tienen tu cara
y espero los asaltos,
así juego a la botellita con vos,
mi bomboncito.

-Claro que te puedo pegar si quiero –y siempre esos diez o doce que andábamos juntos nos rodeaban.

-A ver, probá –y de inmediato insertó su manito en mi mejilla. Y tuve que disimular que había sido terrible.

Sexto lo empezamos peleados. La aparición en escena de Luna en quinto había quebrado toda relación. Tanto que cuando supe que su amigo de séptimo iba a saludarla en bicicleta al zaguán de su casa recordé cuan importante era ella para mí.

Y con sólo once años me vi bailando un lento abrazado a ella en un malón. Porque llevábamos mucho tiempo jugando a ser novios. ¿Te gusta Pedro?pregunté a milímetros de su boca. ¿Por? y ella se seguía moviendo al ritmo de algún tema de Chayanne. ¿Él gusta de vos? y yo tarareaba la canción. ¿Estás celoso? preguntó riendo. Sí y ella se mordió el labio inferior. Era una nena hermosa. Vos te fuiste con Luna reprochó y me lo decía en la cara porque éramos ingenuos. Yo te amo me animé a decir porque creía saber lo que era el amor. Ella no se sorprendió porque dos años de cartas y dramas exagerados le habían hecho creer que también sabía del amor. Yo también.

Esa noche, después de mi propuesta y de consultarlo con sus amigas, aceptó darle su primer beso a su primer novio –para mí también sería el primero. Y en algún lavadero de esa casa fue Eugenia una vez más quien contó hasta tres tras la puerta e inauguró una nueva etapa en nuestra relación.

Una negra porque luego de ese beso en ese malón, yo me dejé obnubilar por Luna y fui su novio. La traicioné y ella me lo hizo saber: con sólo once trajo todas sus cartas y me las tiró en la cara. No tuve oportunidad de decirle que siempre iba a ser mi primer amor.

-¿Lali? –y fue a los dieciséis cuando me reencontré con ella. Seis meses después de nuestro primer y único beso ella se cambió de colegio, se separó de sus amigas y empezó de nuevo– ¿Lali sos vos? –y a pesar de tanto años y tan pocas cuadras nunca más no habíamos cruzado.

-¡Peter! –dijo con alegría y se acercó a saludarme. Un sábado más de matineé y un primer reencuentro.

-¿Cómo estás tanto tiempo? –y de esa pregunta al ¿te puedo dar un beso? pasaron sólo diez minutos. Para ese entonces yo había entendido que no sabía nada del amor, pero que unos cuantos besos no le vienen mal a nadie. Ella era otra: una chica de esas que se destacan por cómo se mueven y cómo bailan, que no era necesariamente bochinchera ni necesitaba llamar la atención.

-¿Estás de novio? –preguntó cuando ya nos habíamos acomodado contra una pared.

-No ¿vos?

-No, tampoco –y se notaba que estaba nerviosa pero segura porque hacía dos años que regalaba besos cada sábado.

Y tres matineés después me animé a salir del boliche. El martes te paso a buscar por el colegio le avisé entre besos y ella no se negó. Y a las doce y media la vi salir riendo junto a amigas y supe que me señaló entre la multitud. Me saludó con un beso en la mejilla y caminamos de la mano. Teníamos dieciséis y estábamos a punto caramelo: lo suficientemente independientes y lo suficientemente inmaduros. Aunque esa era la edad clave en la que se notaba la diferencia de edades madurativas.
Qué excitante que estás,
tendrías que saberlo,
esa cola es la manzana más buscada,
y esos senos el alimento de mi creación,
quisiera arrancarte un día
y morirme en un telo con vos,
o quizás en un auto.

-¿A dónde se supone que vamos? –preguntó cuando llegamos a la primer avenida y yo sabía exactamente en qué lugar del mundo quería estar pero era cobarde como para asumirlo.

-¿A una plaza? ¿A casa? –y esos nervios de no saber qué hacer los padecíamos los dos.

-¿A tu casa? –cuestionó en voz alta– bueno dale –y seguro calculó qué micro la dejaría de vuelta en la suya.

-¿Caminamos? –cuestioné en voz alta y ella empezó a caminar.

Y ¿viste cuando te preguntan si te acordás qué pasó esa tarde? ¿Cómo fue que terminaron en tu pieza eligiendo música, cayendo en la cama, besándose? Claro… no te acordás.

-¿Vos… La, vos?

-No –y bajo mi cuerpo la vi enrojecerse– ¿Vos…?

-No, tampoco –y yo tenía su cuerpo lo suficientemente agarrado como para que no escapara. Para que supiera que no había mejor lugar en el universo que ése, en mi cama, a las dos de la tarde, con la casa en soledad.

-¿Querés… digo… vos tenés…?

-Sí –y abrí el cajón de la mesa de luz y los puse encima. Y la miré porque no sabía si estaba haciendo lo correcto pero tal vez esa era la única oportunidad– ¿Vos… querés? –y asintió nerviosa con la cabeza y cerró los ojos. Me pidió que la besara y lo hice. Uno, dos, tres conté mentalmente antes de posar mis manos en otra región de su cuerpo y avisarle que iba a ser despojada de su ropa.

Y todo se trató del silencio y los gestos y verse uno y ver al otro y… ¿Era como decían? Sí, raro y lindo. Difícil pero hermoso. Incluso doloroso pero claro que cuando saliste de encima suyo y te tumbaste a su lado y ella se escondió en tu pecho entendiste que otra vez habías abierto una nueva puerta con ella. Y no sabías si preguntar algo y en ese caso qué preguntar. Qué loco. Un par de años después aprendiste que eso no se sabe ni se piensa.

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paumunevar

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