Política

10 de Julio: 136 Años de una escena desconcertante

10 de Julio: 136 Años de una escena  desconcertante para la historiografía

[“El pasado 10 de Julio, se conmeraron 136 años del recordado y conocido “Combate de la Concepción”, hito que hasta el momento no le hemos tomado, el verdadero peso de su legado. Ocurrido en una de las últimas etapas de la guerra del Salitre, no del Pacifico, y pesar de ser una derrota que marco el aborrecible sentimiento nacionalista chileno, es una lástima que se siga con esa tradición bastante objetiva, y usufructuada por las instituciones políticas”]

Por: Joaquín Palma Morales

Lo que estas a punto de presenciar, es uno de esos hitos que marcan un antes y un después en el transcurso de la historia. Uno de esos cuadros, que se entablan con realidades bastante gloriosas, pero empíricamente horrorosas. Un ejemplo como la Guerra, suele entrelazarse  simbólicamente con el nacionalismo, y no en base a una lógica y racionalista. En el caso de mi país, “los héroes” (principalmente Kamikazes) proverbialmente, son considerados de una manera plástica, como figuras jurídicamente dogmáticas, debido a deslices en la historiografía, como usufructos institucionales, que  han perdurado tradicionalmente en la ignorancia, generando ingenuidad, y no un enriquecimiento cultural. Desde mi punto de vista, no es únicamente una doctrina nacionalista, sino calvinista; tiene mucho que ver con el machismo y el pensamiento conservador decimononónico, que aun prospera en algunas “cabezas destuercadas”, negándose dignamente a aceptar de alguna u otra forma la coherencia de los hechos. Al contrario estas tergiversaciones a mediano o largo plazo, podrían generar efectos no precisamente prácticos en nuestro futuro, y posiblemente afectarían seriamente nuestra sensatez  moral y cultural.

Esta frágil fortaleza, principalmente surge en el sentido beligerante, es decir en las batallas, guerras, combates, etc. Evidentemente en su tópico, existe el apoyo de un material historiográfico, bastante heterogéneo, sin embargo impreciso en algunos detalles, ya que glorifica la abnegación  (esto personalmente lo he notado en la historiografía chilena del Siglo XIX) aspirando a una exaltación del nacionalismo cada vez más zopenco, que se aleja del cursor real en el ambiente de los hechos, sin desvalorizar su gran aporte historiográfico. Precisamente el pasado 10 de Julio del presente, en Chile se conmemora el día de la bandera, este aniversario es elogiado por el cuerpo institucional del Ejército, y es debido a esta misma fragilidad histórica, por lo que perdura tradicionalmente en nuestra cronología nacional. Lo que ocurrió aquel 10 de Julio, marcó un antes y un después en el cursor de la llamada Guerra del Salitre. De hecho desde mi perspectiva, es la racionalización; un reflejo de lo sanguinaria en maneras proporcionales, de que esta puede tomar forma. Esta historia es completamente real, sucedió en una de las últimas fases de la avanzada chilena en la guerra, para su explicación tendré que retroceder el cursor de la historia en algunos años con anterioridad.

Después de las desastrosas batallas de Chorrillos y Miraflores, el ejército invasor logra situarse a las afueras de la compuerta que conlleva a Lima. Muchos soldados concebían que la ocupación de Lima, vino a ser la merecida recompensas por las miserias que habrían sufrido en casi toda campaña. Muchos chilenos estaban obsesionados con las limeñas, e incluso se tejían rumores entre ellos de que no usaban ropa interior, y que tenían la costumbre de dormir la siesta sólo en camisa y recostadas en hamacas. Otros pensaban en satisfacer sus necesidades personales, como el apetito y sobre todo la deshidratación, otros relativamente pensaban en sus familias o mujeres, ya que muchos de los involucrados hicieron «testamentos verbales» para que, llegado el caso, se entregasen a sus familias los pocos recuerdos llevados en campaña, como la espada u otros artículos. Y otros simplemente en causar el caos, junto con el pillaje. Formalizada la ocupación de la ciudad, los harapientos uniformes dela tropa chilena fueron cambiados por otros nuevos y, los oficiales recibieron adelantos a cuenta de sus sueldos, lo que les permitió proveerse de ropa interior, calzado y demás. A los soldados se les premió además con montos de dinero que variaban de tres a 30 pesos. La  invasión y ocupación chilena en la capital peruana, vino a ser un absoluto agravio para el pueblo peruano que la habitaba, a excepción de la clase burguesa, muchos chilenos allí cometieron vejámenes y ultrajes bastante vergonzosos, que en el transcurso de los hechos se fueron agravando más.

A los peruanos se les denominaba descaradamente de “Lechuguinos”, se daba la existencia de soldados, que altercaban contra la intimidad femenina en las diversas moradas, otros que tenían acceso a establecimientos privados y públicos, como la biblioteca de la capital, ultrajaron ejemplares valiosísimos, a más no poder, esto no quita a declarar que tampoco hicieron el mal únicamente, ya que se encargaron de introducir nuevas reformas ciudadanas. Sin embargo este odio se fue acumulando, provocando que los problemas del ejército invasor ascendieran. El Perú, reprochaba a cada uno de sus funcionarios políticos, ya que ninguno podía defender aquella nación de los abusos cometidos. Esta nación desde sus orígenes, que no contaba con gobernantes capaces de defender adecuadamente al país, su formación republicana fue fatal, entrelazada con el sistema de caudillaje, que estallaba secularmente en abrumadoras guerras civiles y descentralización política. Y parecía que aun, hasta estas horas del partido, no se aprendía la lección. Nicolás de Piérola, renunció y se exilió hacia Europa, debido a un levantamiento  local de algunas provincias del país, ocupando su lugar provisoriamente Lizardo Montero, otro militar. Por otra parte el ejército peruano, despojados de lo más valioso, se enfrentan por primera vez a la miseria. Muchos parten hacia la Sierra Peruana, en busca de reorganizar sus fuerzas. Un año después, por iniciativa de las autoridades chilenas, el ejército invasor se le encomendó iniciar una nueva campaña completamente dificultosa; La expedición a la Sierra. Su objetivo era presionar a las autoridades peruanas, para que se rindieran de una vez. La Sierra, era el último punto de la avanzada chilena. Territorios geográficamente estrechos y difíciles, con climas atroces; calurosos de día y muy gélidos en la noche. Estaba repletos de valles y  murallones infranqueables, que hasta los mismos chilenos se les complico la entrada. Ahí se inicia lo que pasó a ser la defensa peruana, una guerra de guerrillas, que fue capaz de poner de cabeza al mando chileno. Estaba a la cabeza de ella, el héroe peruano; Don Andrés Avelino Cáceres –otro militar-. Este punto fue muy fundamental, ya que aquí se inició una defensa iniciada principalmente por los nativos, más que por los soldados fracasados. Esta rebelión renacería cada vez que aquellos habitantes  se sintieran amenazados, de alguna u otra forma por invasores. Era principalmente una zona incivilizada; descentralizada de la modernidad, al menos en los pueblitos. Se asimila bastante con origen de los Ninjas, ya que esta clase de aborigen también descendía de una civilización guerrera, solo que  descubierta con retraso. Las cosas se complicaron más en 1882, las enfermedades recrudecieron y mataban tantos efectivos, como lo hacían los ataques sorpresivos. Del Canto había dejado, en medio de un descuido, flancos completamente débiles.  A fines de junio, el espionaje peruano, logro interceptar un oficio por medio del Telégrafo, que estipulaba la ubicación de los pueblitos, más débiles de la ocupación, mandando en Julio atacarlos a cada uno, sorpresivamente. El más débil era el de la Concepción. Allí el panorama, no era muy agradable, entre la compañía completa no alcanzaban a ser más de 77 soldados, muchos enfermos de tifus. Estaba conformado principalmente por niños que no pasaban los 17 años, el mayor de ellos era el capitán, que tenía únicamente 34 años de edad. Muchos esperaban el fin de la guerra, para poder regresar a la lejana y querida tierra. Solo faltaban tres días para que los sacasen de ahí, ya que en el ejército chileno, iban a dar por retirada la campaña. Sin embargo la compañía, no sabía la terrible jugada que les tendría preparado el destino, para el día siguiente. Al otro día, caían las dos de la tarde, Carrera pinto que habría sido invitado a un hotel a almorzar –De hecho, era un complot detalladamente preparado– y al finalizar, el chileno sintió un disparo que provenía de los cerros, a lo lejos.  Después de salir y, ver lo que acontecía, un estado de shock lo invadió por completo. Más de 3000 indígenas, entremezclados con soldados peruanos, descendían de la única salida y entrada hacia el pueblito.

Después de replegarse y resistir, sus cuerpos fueron destrozados, masacrados y saqueados por el ejército peruano. Las crónicas de la época, son desconcertantes. Sin embargo es lamentable, que figuras como estas, sean ligadas y apreciadas políticamente al nacionalismo, y no a su legado moral. Después de todo, martirizarse para ser utilizadas, como elemento institucional de manera indebida, me parece una aberración. Y un ejemplo inservible, de parte del rol institucional del Ejército Nacional  y la política, pero tal vez, aprovechable en el sentido moral, que de alguna u otra forma, les permita a la juventud del siglo XXI, una adquisición y mayor acercamiento a la cultura, sabiduría e inteligencia  y evidentemente una capacidad resiliente, ante situaciones adversas, y no únicamente a una simbólica patriotera incipiente.

 

 

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