Literatura

12 hombres sin piedad

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    Los doce hombres seguían en la sala cansados del calor y de la difícil elección del culpable. Cada vez aparecían nuevas teorías que señalaban que el joven era inocente. Solo quedaban tres señores a favor de que el asesino fuera el joven: el histérico, que seguía sin entender como habían cambiado casi todos de opinión tan rápido; el número 12, que seguía indeciso; y el aficionado del fútbol, que a pesar de querer ir al partido, seguía fiel a su idea. El número 8, el que primero que defendió la culpabilidad, se mostraba satisfecho de que poco a poco los jurados fueran votando en contra. Este, una vez más, dio otra razón convincente que muestro la inculpabilidad del joven. La comisaria de la zona mando una carta a los jurados diciendo que ese mismo día por la mañana el joven había sido visto en la calle robando la cartera a una señora mayor. La policía le había arrestado y el resto del día y la noche la paso encerrado en el calabozo. Nada más enterarse, se creó un nuevo tema a debatir dentro de la sala. De repente el número 12 cambio por tercera vez su voto a inocente. Se quedaron solo dos que votaban culpable. Tras una buena discusión, el número 8 aclaro los hechos y dio conclusiones afirmando que lo que decía la comisaria era cierto. Tras su convincente charla, el señor mayor de su derecha, propuso una nueva votación a la que nadie se opuso. De repente el señor histérico se quedo solo, puesto que el señor del partido cambio su voto a inocente. Estaba enfurecido por la situación y empezó a perder definitivamente los nervios. Se había dado cuenta de que ya no tenía razón pero aun así no quería cambiar su voto por mera cabezonería.

-“Los hechos son los hechos y  las pruebas son claras´´- replicaba el anciano.

    El señor histérico perdió aun más los nervios y ante la impotencia, quedo derrotado y no vio otra opción de rendirse y votar inocente.

    Se disponían a llamar al señor que llevaba el juicio para decirles que ya se había terminado la votación. El señor histérico replicaba una y otra vez diciendo que aunque había votado inocente, él seguía pensando lo contrario.

    De repente el número 8 dijo en tono alarmante: -Detente y no llames al juez-. Todos se miraron sin saber el porqué de esa decisión. Pidió amablemente que se sentaran y que lo prestaran atención. Y en pocas palabras afirmó: “Desde un principio habéis estado en lo cierto. No os equivocabais al decir que el joven era culpable´´. –La sorpresa de los jurados aumentaba por momentos-. De repente soltó: “Fui yo quien mande matar al señor´´. Yo me encargue de pagar a los testigos para que votaran en contra del joven.

    El anciano le pregunto sin ninguna expresión: ¿Y por qué el convencernos a todos de que estábamos equivocados cuando no lo estábamos?  Y el número 8 respondió: “no era capaz de imaginar muerto a un joven inocente y quería ver lo insensato que podía llegar a ser el hombre´´. Al porqué de la muerte del señor no tengo explicación. Cogió unas esposas que se encontraban sobre la mesa, se las puso y se presento sobre el tribunal como único culpable.

 

    Para concluir el trabajo, diré por qué y con quien me siento identificado de la película. Bajo mi punto de vista, me siento reflejado, tanto en personalidad como en carácter, al señor histérico. Los dos opinamos de temas que realmente no sabemos muy bien. Él no justifica las respuestas que da. Quiere dejar claro que su idea es la principal y la única válida. Cuando los demás se vuelven en su contra contradiciéndole sus ideas, el pierde enseguida los nervios. En estos dos aspectos me veo reflejado. También he de decir que al igual que el número 8, me gusta dar lógica a las pruebas que se presentan y convencer de manera razonada a los demás.

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