Literatura

2 Relatos Cortos



SIN MARCHA ATRÁS

(La Grande Armée de Napoleón, conquistó Europa, aunque nunca pudo conquistar al valiente pueblo español. La lucha por la independencia de la nación tuvo lugar entre 1808-1814).

Las campanas repicaron en todo el pueblo dando la voz de alarma, mientras todas sus gentes se dirigían apresuradamente hacia el punto de reunión. Las mujeres y los niños junto con una pequeña patrulla de guardias armados, corrieron en dirección al refugio amurallado, situado en la parte más elevada del lugar, al mismo tiempo que los hombres preparaban sus armas a toda prisa para repeler al invasor. Las tropas enemigas estaban a pocos kilómetros y cada segundo contaba para organizar un eficaz plan de defensa. Los cañones comenzaron a hostigar las precarias defensas del poblado, haciendo estragos en las empaladizas y las débiles paredes de los torreones construidos con ladrillos de adobe. Básicamente, esas defensas estaban destinadas para salvaguardar a los animales de los lobos y los ladrones de ganado en el interior del poblado.
Los milicianos, dirigidos por el comandante Arturo, contraatacaron con sus cinco viejos cañones. No eran suficientes, pero no podían permanecer inmóviles al acecho del enemigo. De todas maneras, la defensa no podría resistir más de una hora. Había que hacer algo, y había que hacerlo de inmediato. Algunos minutos antes del asedio, un grupo de veinte hombres se había adentrado en el bosque contiguo a la aldea, con la intención de rodear al atacante. Su misión: Inutilizar la artillería enemiga, causar la confusión entre sus tropas, y capturar vivo a su oficial al mando. De esa manera podrían negociar un alto el fuego y ganar tiempo para solicitar ayuda de las demás poblaciones de la región, incluso del ejército nacional. Miguel y Alejandro eran los encargados de ejecutar la misión.
Agazapados al final de la arboleda podían contemplar los cañones franceses. Los soldados obedecían a sus superiores con majestuosa devoción, a la vez que los oficiales lanzaban órdenes ataviados en sus elegantes uniformes.

¿Estáis listos?– preguntó Miguel, susurrando entre las sombras del bosque.

En pocos segundos la voz de Alejandro fue mecida suavemente hasta los oídos de Miguel, que observaba con detalle cada movimiento del enemigo.

-Mis hombres y yo estamos preparados. Esperamos la señal.

La cabeza de Miguel visualizó en décimas de segundo la acción a realizar. “Espero que todo salga bien; aquí está la gloria o la muerte” pensó mientras miraba a sus hombres. Luego gritó:

-¡Ahora! ¡Muerte al francés!

De pronto, a ojos de los confiados soldados franceses, los arboles del espeso bosque aparecieron convertidos en certeros pistoleros que escupían rudos hombres vestidos con harapos de campesino y mandiles de artesano. En pocos segundos reinó la confusión. Alejandro y sus hombres eran los encargados de inutilizar los cañones, torciendo el martillo que propulsaba los proyectiles y acabando con sus cañoneros. Miguel, aprovechando la confusión entre las filas enemigas huía de nuevo hacía el bosque llevando consigo al capitán Meliere. Javier y Sergio avisaron a Alejandro, y a una señal de este, los milicianos restantes corrieron otra vez hacia la protección de los árboles.

-¿Estáis todos bien?- preguntó Miguel.

Ninguna baja -contestó Alejandro que seguía corriendo.

El pequeño grupo de milicianos corría velozmente entre los árboles, en dirección al poblado. Tendrían unos minutos de ventaja gracias a la confusión provocada. Las balas de los soldados franceses ya penetraban en el bosque persiguiendo a los milicianos. Un cañón reventó en el campo francés.

-¡Buen trabajo chicos!- exclamó Alejandro, mientras sus hombres le seguían con una sonrisa de satisfacción.

Los primeros disparos de sus perseguidores tronaron a sus espaldas. Algunos proyectiles pasaron muy cerca de sus cabezas. Al otro lado del bosque, en el umbral más próximo a la población, les esperaba un grupo de fusileros amigo, listos para disparar en cuanto tuvieran al enemigo a la vista. Una vez pasaron corriendo sus vecinos y amigos, las balas de los milicianos se precipitaron en busca de sus víctimas. Los cuerpos franceses rebotaron en el terreno húmedo como una fantasmal melodía.

-¡Lo tenemos Arturo!- gritó Miguel, apresurándose en llegar junto a sus compañeros.- ¡Tenemos al capitán Meliere!

El capitán francés apareció maniatado delante de Arturo. Tenía una pequeña brecha en la ceja derecha, y el ojo ligeramente inflamado, nada que no pudiera curar un poco de hielo y una botella de vino. Lo llevaron a una pequeña celda de la prisión del poblado, situada a pocos metros de la defensa heroíca de los milicianos. Rápidamente reemprendieron sus posiciones, aunque el ataque parecía haber cesado. Únicamente podía escucharse el silencio de la guerra. Un correo francés se acercó lentamente hacia la posición de los españoles; portaba una bandera de tregua.

-Los franceses pactaran por la vida del capitán Meliere, pero no se rendirán – explicó Arturo a Pedro, su segundo al mando. Miguel y Alejandro también estaban allí como oficiales que eran.

En esos momentos, el francés encargado de entregar el mensaje se dispuso lo más cerca que pudo de las maltrechas defensas de los aldeanos, que milagrosamente resistían, y en un castellano bastante correcto, pero con un marcado acento extranjero, comenzó a hablar.

-Reclamamos la liberación del capitán Jacobs Meliere, de lo contrario volveremos a atacar con todas nuestras fuerzas. En menos de una hora habremos conseguido arreglar todos nuestros cañones, y vuestro poblado no volverá a resistir otra envestida. Tienen una hora para pensarlo. De lo contrario, arrasaremos esta población, acabando con la vida de todos, mujeres y niños incluidos.

– ¡Necesitamos solo unos minutos para pensarlo!- gritó Arturo.- ¡Aguarden nuestra respuesta!

Después, se giró y marchó rápidamente junto a Pedro a la prisión. Quería hablar con el capitán francés antes de tomar una decisión.

-Esta guerra comenzada por dos reyes que se creen dioses no es nuestra guerra – empezó a decir Arturo al capitán Melier, que esperaba tranquilo sentado en un camastro de paja al otro lado de la reja.- Ustedes reciben órdenes de ese corso con aires divinos, nosotros de un rey que vive lujosamente prisionero del vuestro, y que nos vendería si pudiera por dos míseros reales. Nosotros solo somos unos humildes trabajadores de la tierra, entre los que también hay artesanos, ganaderos y gentes de decentes oficios. Somos un pueblo humilde y pacífico, pero le prometo que lucharemos hasta la muerte si es preciso por defender nuestra tierra y nuestras familias. Solo le pediré una cosa. Sé que ustedes no cederán a las peticiones de un modesto agricultor, y que con toda seguridad continuarán adelante en su conquista, hasta que uno de los dos ejércitos ceda o sea destruido por completo. Pero prométame una cosa, capitán; si le dejo libre para volver junto a sus hombres retírese y denos tres días, para marchar a un lugar seguro con nuestras familias o para continuar luchando hasta la extenuación.

Tiene mi palabra de caballero de que así será -contestó el capitán Jacobs Meliere.- Aunque me temo que volveremos a vernos comandante. La temeridad y terquedad de la gente de su tierra es admirable, aunque no creo que sea suficiente para frenar al ejército más poderoso del mundo.

-Por el momento, el ejército del gran Napoleón se ha dado de bruces contra este pequeño pueblo de trabajadores, capitán.

– No habrá una segunda vez, comandante

El comandante de la milicia y el capitán francés se dieron un apretón de manos para sellar su pacto de caballeros; después, se dirigieron donde se encontraba el emisario francés, el cual esperaba pacientemente. Una vez allí, volvieron a estrecharse la mano. Arturo devolvió el sable al capitán Meliere en un gesto de buena fe. El capitán hizo un gesto al emisario mientras pronunciaba unas palabras en francés a su subordinado que nadie llegó a entender.
Los aldeanos celebraron la pequeña victoria ante aquel ejército que parecía invencible, el cual había conquistado toda Europa. El capitán Meliere cumplió su promesa, y los aldeanos dispusieron de tres días, pudiendo recibir ayuda de milicianos de la región, así como de un destacamento militar y un nutrido grupo de aliados ingleses. Todo parecía prever que el capitán Meliere y Arturo volverían a verse las caras. ¿Saldrían esta vez victoriosos los temerarios y tercos milicianos españoles tal y como los había descrito el capitán Jacobs Meliere?

 

PRESAGIO ESCARLATA

Hace semanas que despierto sobresaltado de la cama, empapado en un gélido sudor que me cala hasta lo más profundo de mis miedos. Un sueño que se me repite noche tras noche.

“Estoy en lo alto de una montaña y el frio hace tiritar todo mi cuerpo. A mi alrededor, una densa niebla lo cubre todo. De repente, un potente viento me empuja hacia atrás. Intento resistirme con todas mis fuerzas, pero el ímpetu del rugir de las montañas es más fuerte que mis músculos. Caigo al suelo, pero me repongo rápidamente y vuelvo a ponerme en pie. Continuo luchando contra la fuerza del furioso vendaval. El aire comienza a remitir inesperadamente; cada vez se vuelve más débil. De pronto, el cielo se torna en calma. La espesa niebla desaparece, y la ventisca se transforma en una suave brisa. Ahora puedo divisar todo mi entorno de una forma clara, y ante mí, aparece un fascinante paisaje. Mis ojos divisan un enorme y hermoso valle que se expande a derecha e izquierda. Un imponente bosque de cedros y abedules lo guardan. Hasta donde puede alcanzar mi vista todo es colosal, gigantesco, bañado por un inmenso mar de color verde. A mi espalda, el infinito manto azul del océano. Comienzo a descender hacia la playa que diviso bajo mis pies. Mientras bajo por los empinados y estrechos senderos, observo el chocar de las olas contra las milenarias rocas talladas de los acantilados.
A medida que me voy acercando más a la playa, una dulce melodía se cuela en mis oídos, transportada por la refrescante brisa marina. Es la voz de una mujer. Divina voz, pienso, y apresuro los pasos para descubrir a ese fantástico ser. Al llegar a la playa, me encuentro con una hermosa mujer que sale del agua, colocándose una fina túnica blanca que le transparenta todos sus encantos. Ella parece sobresaltarse en un primer instante, pero seguidamente clava su mirada en la mía y camina hasta mi posición. Noto como el corazón se me acelera. Ella me dice su nombre; Eurídice se llama. Luego, yo le digo el mío. Ella, me coge de la mano con una tierna y sensual sonrisa, y me lleva hasta una pequeña pero acogedora cabaña a pocos metros del lugar donde nos encontrábamos. La cabaña, construida en piedra, tenía anchas vigas de madera y techumbre de cañas y paja; La puerta estaba adornada con conchas de caracolas. Entramos. En medio de su única estancia una hoguera calentaba el hogar, la cual servía a la vez para cocinar. Todavía cogidos de la mano, ella me lleva a un lecho hecho de suaves mantas y cojines; luego, hacemos apasionadamente el amor con el fuego como único testigo. Minutos después, unos hombres armados irrumpen en la cabaña de la playa mientras nosotros permanecíamos aún abrazados a nuestro amor. Nos sacan hacia el exterior, amenazándonos con unos largos y afilados cuchillos. Son cuatro hombres que no había visto jamás. Uno de ellos se acerca a Eurídice, semidesnuda.
Quiere ponerle las manos encima y mi corazón arde por dentro. Me deshago de mi custodio de un cabezazo, aprovechando la distracción del cuerpo desnudo de la chica. Sin saber cómo, me hago con un cuchillo y rebano el cuello de dos de los captores. El tercero de ellos me ataca, pero consigo esquivarlo y apuñalarlo en el pecho. Ya solo queda uno, pero este retiene a mi bella Eurídice. Entonces, ocurre lo inesperadamente fatal. Un cuchillo atraviesa el estomago de la chica, apuñalada por la espalda. El hombre se ríe enseñando su podrida dentadura. La cólera más implacable posee todo mi cuerpo, y yo dejo que me controle. Me lanzo contra el asesino de Eurídice, le arrebato su arma, y lo apuñalo una y otra vez mientras su sangre salpica mi cara. Llego a notar su amargo sabor. Una vez bien muerto, me giro rápidamente hacía mi amada. El cuerpo de la chica yace sin vida en la arena de la playa. La cojo entre mis brazos e intento reanimarla, pero ella no reacciona, está muerta. Luego, súbitamente, aparece nuevamente la espesa niebla del principio. Mis ojos ya no pueden ver nada, pero mis brazos todavía pueden sentir el peso del cuerpo de Eurídice. Mis rodillas se clavan en la arena ensangrentada mientras grito con todas mis fuerzas el nombre de la chica. Las lágrimas de mis ojos caen al suelo mezclándose con la sangre. Luego, me despierto empapado en sudor, igual que la noche anterior.”

¿Te ha gustado el artículo? ¡Valóralo!

3.50 - 12 votos
Cuanto más alta sea la valoración más visible será el artículo en portada.
¡Compártelo en las redes sociales!

Acerca del autor

miquelangelo

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Únete a la comunidad de NoCreasNada

¿Te gustaría compartir tus inquietudes y ganar seguidores por todo el mundo?

¿Eres una persona inquieta y quieres descubrir a más gente como tú? 

Únete a NoCreasNada.

Además, te pagaremos por las visitas que recibas.

Más Información