Literatura

23 de agosto de 2010



No creo en los misterios, ni en los videntes. Todas las historias paranormales me parecen ridículas. Pero lo que ocurrió aquella noche, me cambió para siempre. Era un 23 de agosto de 2010, unos amigos y yo habíamos quedado para hacer senderismo y disfrutar de un día de campo. Nuestro buen humor se veía reflejado porque no parábamos de cantar y lanzarnos chistes malos. Sobre las tres, comimos cerca de la laguna grande, Gredos me pareció un lugar maravilloso. Sobre las ocho de la tarde es cuando escuchamos el primer grito, muy lejos, tal vez una mujer pidiendo ayuda. Todos nos levantamos y miramos hacia el horizonte. Algunos de mis amigos hicieron intención de correr hacía allí, pero los frenamos por miedo a que les ocurriera algo.
Diez minutos después un segundo grito, eran dos chicos pidiendo auxilio, uno de ellos llegó a asomar la cabeza por la colina, nos vio y grito: ¡¡correr todo lo que podáis!!
Sin pensar cogimos las mochilas y comenzamos a correr, un nuevo grito y la cabeza del chico desapareció, como si una bestia lo hubiera arrastrado de nuevo detrás de la colina.
Un aullido nos puso más histéricos de lo que estábamos, la idea de que hubiera lobos en Gredos comenzó a formarse en nuestras mentes y nuestros instintos nos hicieron recoger grandes piedras y palos. Mas adelante descubriríamos que esas defensas no nos servirían ante lo que nos enfrentábamos.
Como cualquier momento de tensión la imaginación coge las riendas ante la razón, mientras corríamos desesperados, las palabras zombis y muertos vivientes se colaban entre jadeos y resoplidos. Mi mente paralizada prefería anular cualquier suposición, llegado el momento y si finalmente nos enfrentábamos a algo realmente malo, tomaría las decisiones sabiendo a que me enfrentaba.
Llegamos a los coches y lanzamos las mochilas dentro, algunos de mis amigos ni siquiera se las quitaron. Aunque habíamos llegado hasta allí seguíamos con la horrible sensación de que algo nos perseguía.
Llegamos a Madrid y nos pusimos de acuerdo en llamarnos cuando estuviéramos en casa. No dormimos, nos wasapeábamos cada cinco minutos para corroborar que seguíamos todos vivos.
A la mañana siguiente no fue mejor, en el telediario daban la noticia de que más de doscientos senderistas habían aparecido en estado vegetativo esparcidos por las montañas, solo uno de ellos alcanzaba a murmurar una palabra: espíritus…
Por supuesto la policía descartó que aquello fuera un fenómeno paranormal y lo atribuyó a algún tipo de gas que debido a la humedad quedó atrapado en la atmosfera cerca del suelo.
Aun puedo ver una figura grisácea mitad viento mitad niebla antes de que la cabeza del chico desapareciera tras la colina. No he vuelto a ser la misma y sí: creo en fantasmas.

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Miriamdejuana

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