Literatura

5 Pequeñas Grandes Historias De Amor

LA FUERZA MÁS PODEROSA DEL MUNDO.

La primera vez que Heimdal contempló a Saskia, se quedó sin palabras, aturdido, perdido en un aroma de sensaciones que jamás había conocido. Él, el guerrero más fuerte del poblado, se convirtió de repente en un ser débil, acongojado ante tanta belleza. No sabía que le pasaba. Las piernas le temblaban, el corazón le latía con tanta fuerza y a tal velocidad que parecía que se le iba a salir del pecho, no podía articular palabra, y sus ojos morían cada vez que ella se apartaba de su vista. La chica, una simple campesina, con una vida ardua y complicada, también sentía lo mismo cada vez que se cruzaba con el joven y apuesto guerrero. Heimdal no sabía que le ocurría, ya que había yacido con decenas de mujeres, y tras su inútil búsqueda de respuestas fue a ver a la hechicera del poblado.

– Disculpe, sabia hechicera -dijo el apuesto guerrero al entrar a la cabaña de la vieja Ilse.- Desde hace unos meses me siento extraño, no consigo conciliar el sueño, no puedo pensar en nada más que en esa campesina de profundos ojos pardos, y su continua presencia no me deja concentrarme en el combate. ¿Qué me pasa sabia Ilse? ¿Quizá me ha hechizado algún poder oscuro?

– Joven Heimdal –contestó la hechicera en un tono pausado. – Has estado con decenas de mujeres, has conquistado tierras para tu señor, has combatido contra terribles bestias, pero nunca has conocido el verdadero poder, la fuerza más pura que jamás ha conocido el hombre.

– ¿Entonces? ¿Qué me ocurre? ¿Por qué este extraño mal me afecta cada vez que veo o recuerdo a esa mujer?

– Simplemente estás enamorado.

 

BAJO LA PIEL DE ANDREA.

Vestida únicamente con su desnudez, apareció Andrea en la habitación. Mario la observaba seducido por el halo de belleza que desprendía su femenina figura a cada paso que daba hacia él. Sus firmes pechos, sus sinuosas caderas y sus largas piernas parecían cincelados por el más versado de los menestrales, mientras que su celestial rostro era iluminado por unos grandes ojos color verdemar que se clavaban más y más en el alma del muchacho. Andrea abrazó el vigoroso a la vez que tímido cuerpo de Mario, y con una suave caricia serenó al muchacho. Los apetitosos labios color carmesí de la joven recorrieron el cuello de Mario hasta unirse a los suyos en un apasionante beso, que detuvo el tiempo en esa estancia. El cuerpo de los dos jóvenes se fundió en una incandescente llama de amor y sexo que rezumaba erotismo en cada parte de su ser. Andrea y Mario se amaron toda la noche bajo la eterna mirada de la Luna.

 

ROMEOS SIN JULIETAS Y JULIETAS SIN ROMEOS.

La primera vez que la vi, sentí algo que jamás había experimentado. Una sensación ajena a mí; era como si no pudiera controlar mi propio pensamiento. Pasó por mi lado levantando una suave brisa perfumada del más dulce aroma. Se sentó justó detrás de mi pupitre, al lado de Ester. Parecía un ángel, y desde ese mismo instante no pude quitármela de la cabeza. En clase estábamos empezando a leer a Shakespeare, y más concretamente a Romeo y Julieta, y la atmosfera embriagadora de la obra comenzaba a proyectarse en mi cabeza. ¡Oh Julieta! ¡Mi Julieta! Pensaba torciendo disimuladamente la cabeza hacia atrás para contemplar su divino rostro. Pasaron los días, pero no me atrevía a hablar con ella. A las pocas semanas Ester nos presentó, ya que ella sospechaba algo, pues me conocía muy bien, ya que nuestros padres eran vecinos de toda la vida, y ella y yo nos habíamos criado prácticamente como hermanos. Se llamaba Valeria. Era fácil perderse en sus verdes ojos, que reflejaban la inmensidad de los mágicos océanos de hierba de las tierras mitológicas del Este. Su mirada era hipnótica, al menos para mí. Sus cabellos dorados resplandecían como el Sol estival, y su rostro parecía esculpido con una perfección milimétrica. Todo en ella era sensualidad y elegancia.
Continuaron las clases, y día tras día la relación con Valeria fue a más. Al principio mantenía las distancias, pero gracias a Ester nuestra amistad fue en aumento. En pocos meses los tres nos hicimos inseparables. Todo parecía ir bien, hasta el día en que me declaré. Yo confiaba en Ester, a la cual le contaba todo lo que sentía por Valeria, y ella parecía entenderme, aunque solo lo aparentaba. Ese día, salimos los tres al Stikers Bar, local donde nos juntábamos la mayoría de estudiantes y jóvenes de la zona. Buen ambiente, buena música y mejores precios. Mike y Daniel, mis dos mejores amigos frecuentaban el local, ya que el garito era propiedad del tío de Mike, y cada semana ayudaban a limpiar después de cerrar a cambio de un pequeño sueldo. Nos saludaron y se sentaron con nosotros. Ellos sabían lo que sentía por Valeria, así que intentaban alagarme con cumplidos, que de otra manera jamás me hubieran dicho. Pasado un rato le dije a Valeria que quería hablar tranquilamente con ella. Salimos fuera. Allí le confesé lo que sentía, y su expresión cambió completamente. Parecía no entender nada. ¿Y todo lo que me decía Ester? ¿Acaso no ha hablado con ella? Mi cabeza se quedó helada. Valeria me explicó que Ester estaba enamorada de mí, y entonces todo mi mundo dio un vuelco. ¿Quién lo iba a decir? ¿Ester enamorada de mi? Nunca lo hubiese imaginado.
Fue en ese preciso momento cuando una inoportuna llamada interrumpió la conversación. Era Ismael, el desconocido novio de Valeria. Un tipo cinco años mayor que nosotros. Esa noche llegaba de viaje, y Valeria quería presentárnoslo. Fue entonces cuando decidimos hacer como si esto no hubiera pasado y seguir adelante. La noche no fue como esperaba. Después de esto, mi relación con Valeria y Ester fue poco a poco desgastándose. Ya no éramos ese inseparable trío que hacía todo junto. Al año siguiente nos marchamos a la universidad sin coincidir ninguno. Valeria se fue al Norte, cerca de Ismael, Ester se quedó en la ciudad, gracias a una buena beca, y yo marché a Europa. Necesitaba un cambio de aires. Años después encontré la obra de Romeo y Julieta en unas cajas que guardaba en mi apartamento de Verona, ciudad llena de encanto, y en la que resido desde hace años gracias a mi trabajo como guía turístico. Todavía hoy, me siento delante del balcón de Julieta, atestado de turistas disparando con sus cámaras fotográficas rememorando aquel primer instante en que vi aparecer a Valeria.

 

A SOLAS TE SIENTO.

Anoche volví a encontrármela. Estaba tan bella. A pesar de la distancia podía notar su fragancia, delicada y elegante como su naturaleza. Me acerqué despacio, cincelando en la retina cada rincón de su divino cuerpo, oasis para mis gozosos ojos. Su seductora piel, suave y firme a la vez, hacía vibrar mi corazón cada vez que la rozaban mis dedos. Su larga melena áurea iluminaba todo el lugar, y en su brillante mirada no existía ni el tiempo ni el dolor. Nos fundimos en un pasional beso, sin importarnos nada ni nadie; en ese instante solo éramos dos almas unidas por el destino. Después, nos miramos, y ella me dijo que tenía que marcharme. Yo no quería dejarla, pero ella me acarició dulcemente la mejilla y me dijo que volveríamos a vernos, que cada noche estaríamos juntos en este lugar. Luego, desapareció en la lejanía.
Fue entonces cuando desperté y la busqué a mi lado, pero ella no estaba allí. Desde entonces, cada noche ansío volver a verla, sentir cada caricia, cada beso, el aroma de su piel….; y aunque sé que solo es un sueño, parece tan real.

 

CADA VEZ QUE LA VEO PASAR.

Cada día la veo pasar delante de la cristalera de mi oficina. ¡Es tan hermosa! Sus sensuales pasos y sus delicadas curvas rivalizan con las de la mismísima Afrodita. Sus cabellos dorados meciéndose en el viento son como hilos del más fino oro, y sus azules ojos te transportan a un eterno viaje por la bóveda celestial. Ella está envuelta por un halo de reluciente luz, como si el Sol únicamente iluminara su belleza, como si solamente importara su existencia en la Tierra. Cada vez que la veo pasar mi corazón se aviva, pero a la vez se entristece por no poder sentir su piel rozando mi cuerpo, mis manos tocando el oro de sus cabellos, o mis labios besando sus suaves labios. Todo se convierte en una contradicción, ya que vivo por verla, pero a la vez, muero por no poder tenerla.

 

 

 

 

 

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miquelangelo

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