Literatura

A PIEL ABIERTA



A PIEL ABIERTA - Literatura

A PIEL ABIERTA

Pieza inconclusa en V movimientos
 “Sólo el amor engendra melodías”. José Martí
 [I] Bastan tus alas

He aprendido que la espera trae, a veces, un soplo de felicidad a nuestras almas, compensando en cierto modo el tiempo transcurrido en vigilia tras el sueño. Las palabras, sin embargo, no siempre aparecen fácilmente. Cuánto quisiera poner en dulces voces aquellos besos, aquellas caricias perturbadoras, aquellos ojos que me miraban a través de unos ojos que he contemplado en silencio durante tantos años, ojos que he amado con una fuerza que nunca imaginé.

Quisiera dejar constancia de que el oasis del amor es posible encontrarlo allí donde menos lo imaginamos. Pero todo esto he apenas de sugerirlo, porque no me está dado pronunciar el nombre del objeto amado. Tengo negada la revelación, y esto hace más dulce aún mi intento pues nada nos es más querido que aquello que se nos está, de antemano, prohibido.

Doy vueltas alrededor de algo que nunca imaginé y que me ha dejado el corazón blandito, como el de un adolescente. Si me fijo bien no soy yo el que escribe estas confusas líneas sino el que era yo hace algunos años –tal vez cuatro o diez o más– alguien que sabía bien que en algún lugar del universo le estaría esperando la ternura, única cosa anhelada desde siempre.

He sido osado y de ello no me arrepiento, porque el corazón se me ha inflamado de ternura y mis noches ahora transcurren pacíficas mientras aguardo feliz cada amanecer. Soy soberbio porque me he empeñado en algo y he conseguido mucho más de lo que imaginaba, lo cual me hace sentir bien y reafirma en mi un sublime deseo de seguir vivo.

Soy un absoluto enamorado de la ternura. Unos cálidos labios que tiemblan dulcemente al acercarse a mi boca me son suficientes. No pido más, nunca he pedido más. Al juego del amor pocas veces he sido invitado, pero cuando una cama me ha sido propicia para la música de los cuerpos, he sabido corresponder con noble propósito al doble llamado de la ternura y la pasión.

No creo ser mejor o peor que cualquier otro. Esas manos febriles curvándose en la ruda piel que he acumulado en tantos años me han hecho escuchar la música del universo. Temblar ante la cercanía de otra piel no creo pueda ser un pecado, si ese temblor es noble y se nutre del afecto. No puede ser que unos ojos que sepan llorar –a escondidas la mayoría de las veces– puedan ser malos ojos. No se ve a través de ellos sino el alma trasparente de quien los habita. Tus ojos son buenos ojos, y en ellos he encontrado un consuelo silencioso que he aprendido a no nombrar desde que te conozco.

Basta un segundo para que el relámpago de tu sonrisa haga desaparecer de mí angustias y miserias. ¿Qué curiosos acontecimientos nos han traído a los dos hasta estos días –más confusos para mí, has de creerlo– y de qué manera sabia habremos de enfrentar los días por venir para que ningún fantasma venga a despertar en ti la duda, el desconcierto? No quiero ser yo quien llene de preocupaciones tus días. Has de seguir, como hasta ahora, adelantando el rumbo al que te llevan tus pasos, que por ser tuyos me son tan amados como los míos.

Notarás que te estoy hablando de un modo diferente al que acostumbré siempre. Y quiero que entiendas mi propósito. No quiero alojar en tu pensamiento la zozobra. Quiero que sigas viendo la vida con la lucidez con que lo has hecho hasta ahora –sin acordarte de mí, de ser preciso. Allí donde vayan tus sueños deberás ir con ellos. Donde creas encontrar el amor debes dirigir tus pasos, y yo estaré feliz aunque te alejes, porque te veré partir y «todas las quejas del viento, del mar, de las aves, de las estrellas, serán tu voz presente, tu voz ausente, tu voz tranquilizada».

«Me quedaré sólo como los veleros en los puertos silenciosos, pero te poseeré más que ninguno porque fui el gran amigo de la noche, porque puse mi rostro en el rostro de la noche y traje hasta mí tu misteriosa esencia».

Mi vida es un compendio de silencios, bien que lo sabes. Y tú sabes también, como ninguna otra persona, las muchas penas que aquejan mi sustancia. Te he abierto mi corazón a paso lento, te he dejado entrar convencido como estoy de la nobleza de tu corazón y porque creo, además, que no harías nunca nada que me lastimara. Del mismo modo jamás saldrá de mí acción innoble o cosa que te ofenda, porque sólo legaré para ti lo que de noble he sabido acumular en tantos años, en tanta vida recorrida. Si soy torpe, te pido perdón con humildad y afecto. Espero tu comprensión y te extiendo mi mano franca en señal de amistad que no exige ni pide nada a cambio.

Si me pides que anteponga el olvido, lo haría sólo por ti, porque nadie podrá borrar de mi memoria este panal «que por primera vez se llena de abejas buenas». Seré respetuoso –creo que siempre lo he sido– pero no podré borrar de mí cada segundo y cada fracción de segundo de lo vivido, entre otras cosas porque creo, como Borges, que sólo una cosa no existe, y esta es el olvido.

Ya ves, las palabras no aparecen así, tan simplemente, aunque sea la más noble intención quien las convoque al conjuro de esta hora en la que veo cómo una luz que se encendió de pronto debe acabar acaso extinguida irremediablemente en favor de la amistad.

Digo amistad porque pienso que esta palabra –eminentemente martiana al punto que se me antoja que fue aquel tierno cubano quien la inventó– reúne en su interior los más nobles sentimientos, el amor entre ellos. No me sonrojo si te reafirmo lo mucho que te he amado, con discreción de ángel guardián, durante tanto tiempo. Quiero que conserves intacto en tu memoria –dondequiera que yo vaya, donde quiera que te encuentres– el vocablo amor, puesto que a partir de hoy –de ello estoy convencido– éste se ha redimensionado, tanto para ti como para mí.

Es difícil la elocuencia cuando el sentimiento obstaculiza la razón. Sólo logramos expresarnos de modo apasionado y confuso. No importa, sin embargo. Estas son mis palabras, las únicas que he logrado extraer del torpe nudo en que se enredan mis pensamientos. Si son buenas, sabrán llevar hasta ti el mensaje que va cifrado en ellas, sino, acaso confundan. No aspiro más que a tu sonrisa comprensiva, esa que me ha hecho reír incluso estando triste. Si mañana se apagara esa luz que brilla entre tu risa y mi esperanza, sería seguramente el más solitario y triste de los mortales.

Me despido y digo, como Neruda: «Para mi corazón, basta tu pecho; para tu libertad, bastan mis alas…»

 

[II] La ternura

La noche aparece como una cosa redonda y oscura que nos anima el corazón, y es propicia al vuelo de las palabras. Esta noche tiene de especial, como siempre, la complicidad de la memoria en la que resurge, clara y limpia, tu presencia encantada, tu candidez infantil y ese aroma que exhalas desde el recuerdo, un aroma de madera antigua, un perfume exótico que llega y cobra vida en algún lugar del sentimiento.

Esta noche mis manos recordaron –al menos por un momento– que una vez se unieron en un solo roce clandestino con tus manos. Y sentí deseos de hablarte, de contarte cómo son esos amaneceres en los que el sabor de tus labios se me rueda hasta la almohada, escapado del sueño, y se me queda palpitando luego en el silencio; hablarte de las tantas noches de imaginarte otra vez tendido sobre mi cama, adosado a mi piel, temblando en el vértigo doble del alcohol y la música.

La vida me juega una mala pasada contigo. Te quiero tanto y sin embargo debo contemplar impasible cómo cada paso tuyo te aleja de mí grandes distancias.

Cuando se ama de esa forma desmedida en que sabemos amar ciertos mortales –que es como nos lo dicta la piel– no se toman en cuenta los obstáculos. Tengo por cierto que este amor mío es un amor condenado al silencio, un amor ya muerto aún antes de nacer y que a pesar de ello se agita torpemente a la orilla de un abismo innombrable, que me pierde y me anula. No se amarte, pues, de otro modo, ni podría. Me gusta quererte así, me gusta desearte a escondidas, en secreto, me gusta amar tu presencia por sobre todas las cosas, percibir de lejos tu perfumada piel de aristas encrespadas, regocijarme en la tranquila contemplación de una boca cuyos besos mis besos reclaman silenciosamente.

De niño sabía que en alguna parte del camino el amor me estaría aguardando,  y que en su presencia ocurriría el milagro de las pieles que se juntan. La vida no hemos de beberla en un sorbo, como quien apura un vaso de vino, sino despacio, como se da un beso o como nos salen las palabras cuando a la orilla de nuestra cama el amor aguarda.

Mi vida se ha ido llenando de tristezas, de vacíos, de palabras no dichas, de soledades acumuladas, de besos nunca puestos en otras bocas, de caricias contenidas, de ganas como aves que nunca llegan a levantar el vuelo.

Sin apenas darnos cuenta terminamos convirtiéndonos en mendigos del amor y de la ternura, mientras vemos como la vida avanza y se nos escapa a grandes saltos. Entonces intentamos engañarla, atajarle el juego, y empezamos a apurar también los pasos hasta que, desesperados, buscamos aligerar la vida, adelantar los días, y amamos velozmente, en cualquier lugar, en todos los rincones… Enfermos, nos vamos separando de la vida. Intentamos alcanzar la felicidad y, en tanto, vemos al destino sonreírnos caprichosamente a nuestro paso.

La soledad es una prisión. Nadie mejor que tú sabe tan bien cuánta soledad me nubla el paso de los días. Aún rodeado de gente estoy solo porque mi destino es la tragedia del abandono. Antes de saltar a la vida ya estaba solo. Antes de aprender amar ya sabía que el amor me iba a ser esquivo. Antes de besar por primera vez supe que ningún beso se me iba a dar y que todas las bocas se cerrarían a mi paso.

Tus besos no son los únicos besos que he recibido en vida pero son los únicos que se han convertido para mí en una necesidad. Tu boca tibia temblando junto a mi boca, esa carne trémula abriéndose para recibir mis labios es para mí como una bendición pero es también el riesgo y la proximidad de la muerte.

Nunca antes supe lo que era precisar de una caricia, de una frase tierna que reavivara en mí el deseo de estar vivo. Sin embargo ahora siento no saber qué hacer al observar cómo te vas alejando cada vez más de mí y de mis ganas de poner en ti las pocas cosas buenas que a mis años he logrado acumular, la ternura y el amor.

Soy un niño. Sigo siendo un niño después de todo y me aferro a las cosas con una mezcla de angustia y esperanza. Por las tardes te recuerdo y eres para mí como aquel juguete que me faltó en la infancia y que imaginaba sería alguna vez un obsequio oportuno de la vida.

La vida no se equivoca, organiza los destinos por la ruta conveniente. Estaba escrito que yo debía encontrarme contigo, estaba escrito que mi piel llegara hasta tu piel y que nuestros cuerpos se unieran en uno sólo. Pero igualmente ha de haber estado escrito que ese placer sólo podía ser de un momento y que, como elixir divino, sólo podía beberse una vez y después desaparecería. Ha de haber estado escrito en alguna parte que nunca más mis ojos se recrearían en tus ojos, que jamás mi boca bebería en tu boca el almibarado fluir de tu saliva, esa cosa dulce que de tu boca escapa para turbarle a uno los sentidos.

Tienes la redondez infantil de la ternura. Tus ojos son buenos ojos y saben hablar con silencioso lenguaje. Cuando por las tardes bebíamos juntos una copa de vino –al amparo cómplice de músicas y canciones–, me dejaba arrastrar por la innombrable marea de tu risa, entonces llegaba de nuevo hasta tus ojos, y volvía a decirme que son tiernos, y te escuchaba decir esas cosas simples que se van acumulando con los días y reía a la par con tu ternura y me dejaba adormecer con tus palabras y entendía la bondad que se te agita adentro.

Has nacido sin duda para la ternura. Un cachorro de león jamás podría resumir de mejor modo la energía feliz que te acompaña y la ternura infantil con que le iluminas a uno esos instantes en que te das a la amistad como a la mar se entregan los marinos.

¿De dónde te habrá venido esa nobleza tenaz que te acompaña? Yo sólo sé que nunca he sido tan feliz queriendo, aunque igualmente tampoco fui nunca tan pobremente correspondido. ¿Cómo decirte que, en cierto modo, te has convertido sin saberlo en mi apoyo y en mi esperanza cuando la desolación viene a invadirme los instantes?

Son demasiadas cosas juntas. A veces pienso que probablemente habría sido mejor para los dos no conocernos en el alboroto de la carne o, en fin, no habernos conocido simplemente. Pero entonces vuelvo a entender que de ello no es posible tener culpa, que de hecho no se trata de culpabilidades sino de sombras, de dudas y fantasmas, de diferencias y distancias, de formas de amar, de formas de entender el amor, de maneras distintas de mirar a un mismo horizonte. Entiendo también que es una cuestión de timbres, de sonoridades distintas, aunque los dos orquestemos juntos una música idéntica, la amistad.

Tantas palabras vacías. Tanto decir sin decir nada amparado en el deseo de ponerle voces a algo que no puede ser más que silencio. Tanto amor fluyéndome por las venas y sin tener donde dejarlo. Tanto miedo. Tanta confusión. Tanta ternura. Tantas ganas y sin embargo cuán poca esperanza. Ya antes te dije ¿qué ruta he de seguir para encontrarte? Ha pasado el tiempo y todavía no encuentro el camino que me conduzca hasta tu cuerpo. ¿Qué hacer entonces? ¿Cómo impedir que esta piel tiemble de deseo en tu presencia y en tu recuerdo? ¿Cómo negar algo que se me está viendo hasta en el silencio?

Ah, muchacho, cuántas cosas más te han de estar deparando los días y cuánto lamento no estar allí para servirte, con humildad y afecto, de compañero y guía. Alguna vez te veré partir, y no sabes cuánto será triste entonces para mí aquel momento. Tal vez yo mismo sea quien deba alejarme, y voy a hacerlo –tengo que hacerlo– pero mientras pueda seguir tus pasos, mientras pueda contemplarte y andar contigo aunque sea una parte del trayecto, lo haré. Soy feliz haciéndolo; y digo soy feliz aunque no estoy muy seguro de qué cosa es la felicidad, pero imagino debe parecerse mucho a lo que siento cuando la ternura se te dibuja en el rostro y es como una cascada o como un velero a la deriva iluminado por el sol de la tarde, mientras yo me quedo quieto, observándote, como un vigía de tu risa.

 

[III] La espera

Por qué creo esto que estoy creyendo: que no vendrás. En algún reloj son las cinco pero en mi corazón el tiempo se ha detenido y espero. Atisbo en los rincones de mí mismo. Como un médico ausculto cada porción, cada fibra, cada nervio, buscando donde empezó este mal, en qué momento mi alma giró y empecé a derrumbarme, a despeñarme por este abismo. Algo, como un miedo tibio, empieza a crecerme, a proliferarme raudo, instalándoseme finalmente en la garganta. No puedo dejar de pensar en esto y en el silencio tiemblo con una furia extraña y contenida.

Tantas cosas vividas y eres tú precisamente, a quien amo por encima de mis fuerzas, quien viene a poner en desorden este corazón mío tan fuerte, robustecido de experiencias, neutralizado en el miedo; frío y duro como piedra lunar. Por lo menos así lo creía hasta hace apenas unos momentos. Tan sobrado yo. Tan tenaz en esto del amor. Tan capaz de abrir tantas puertas a un mismo tiempo sin apenas detenerse en ninguna de ellas y ahora cayendo víctima de su propio juego.

No me jodas, niño. Yo tan valiente y vos haciéndome sufrir como un mocoso. ¿Sabe qué? Es que estas cosas no se inventan, no se improvisan, la vida te las da o te las niega y a mí la muy desgraciada como que está empeñada en negármelas siempre. Entonces, ¿uno qué dice en estos casos? ¿A quién le reclama? Pues a nadie, parcerito, a sufrir y a ahogarse en tristezas. La vida sigue, paisano, y el amor de hoy, si sobrevive y cualquier día de estos no amanece convertido en rabia, se nos convierte en nostalgia.

Así es la vida, y así somos. Quién nos mandó a querer. De dónde nos vino esa idea estúpida de amasar esperanzas. Nos equivocamos viviendo, amando, deseando. Pero nuestro error más grave no está sin embargo en aquello que deseamos sino en el modo de desear. Deseamos mal. Creemos que la felicidad la podemos encontrar fuera y la felicidad, si existe, sólo puede estar dentro de nosotros. Si no deténgase un momento, parcero, y míreme. Soy infeliz. Muestro una cara de infelicidad desnuda y maloliente que remueve ecos a los cuatro vientos. Soy torpe y necio y simple, y tanto que he imaginado por un momento que la felicidad podía venirme de afuera. La hice depender de un factor exterior, la supuse vinculada a tu presencia. Pero no es cierto. He estado equivocado tal vez toda la vida. Seguramente soy capaz de morirme y ni aprendo. Qué vaina, tanto dolor y usted no viene.

Las cinco y quince. A mí la idiotez me puede durar quince minutos, incluso más, pero ni por el diablo me dura toda la vida. Y créame, que se lo está diciendo un paisano que es perro viejo y con el corazón endurecido como piedra volcánica.

Un vacío, como un silencio de siglos empieza a crecerme desde el miedo, y el miedo es una niebla espesa en la que se me mueve el corazón como tiemblan, en la ingravidez de la escafandra, los pensamientos distantes del astronauta. No puedo sentir nada distinto a este miedo. La angustia me acorrala como a un niño.

Me asusta la sola idea de dejar rodar la mirada sobre el reloj de algún paseante. Tengo las cinco y media detenidas en la garganta. Me pesan como cadenas, me asustan más allá de mis fuerzas. Qué vaina, muchacho, que usted venga a entristecerme las horas de este modo. No hay caso. Usted me deja sin argumentos, me desarma, me anula. Usted se olvida y yo lo espero. Usted me evita a contratodo y yo ya no sé cómo ensancharme el corazón para guardar esta ternura que me crece a diario por usted, y a pesar de usted.

Una cosa es cierta: en el amor siempre habrá quien quiera y quien se deje querer cuando le da la gana. Usted me ha sabido querer discretamente y en cambio yo he ejercido un magisterio de amor desmedido, precipitado, puro nervio y furia y por lo mismo, muerte.

No vas a venir. Estaba escrito. Debí leerlo en tu mirada cuando nos despedimos. Pero uno ama y entonces es ciego. Y yo, que soy siempre ciego, lo soy mucho más cuando te amo.

Cuánto dolor. Cuántas ganas de decirle que no me importan nada ni su silencio ni su falta de interés, pero que no puedo soportar su ausencia. Cuánta tristeza me cuelga en la mirada y cuántas ganas de verlo iluminar la vida otra vez con su presencia redondeada en la ternura. No hay caso. Usted, que sólo sabe ser pájaro, no puede verme sino como su carcelero. Usted no atisba, más allá de esta voluntad desmedida de tenerlo, la naturaleza de un alma que lo quiere aunque usted sea como es, aunque se esconda, aunque se evada aniquilándome la sonrisa aún antes de que esta pueda ver luz sobre mi rostro.

Me resultan odiosos los relojes, ellos me anuncian la infamia y desatan en mi alma la tristeza. Siento vergüenza de estar aquí sin esperanza. Todos los ojos me acusan, todos los relojes me interrogan y todas las miradas desatan el miedo en que me agito.

Me marcho. Ahora usted sabe que aquí estuve y que por un momento albergué la torpe idea de que usted vendría. Yo todavía estoy creyendo que usted vendrá alguna vez –no hoy, es evidente, sino algún día– pero no es cierto. Usted no va a volver nunca más y yo ya no voy a esperarlo. ¿O usted qué cree? Hoy ya estoy muerto, y eso es algo que no puedo cambiar, pero mañana seguramente renacerán mis esperanzas y entonces empezaré a sobrevivir otro día alimentado por una energía nueva, distinta, tal vez con otro nombre o con ninguno. Y entonces volveré a ser feliz, por un momento, sólo por un momento, y seguiré así, dando tumbos entre la angustia de esperar sin saber qué y unas ganas enormes de darle otra oportunidad a la sorpresa, de darle un chance al amor, de darme un chance. Usted sabe…, de vivir.

 

[IV] Para saber de amor…

“Sólo una cosa no hay, es el olvido”. Cuando hemos vivido, cuando hemos intentado al menos una vez ser amigos de alguien, nos queda siempre la nostalgia del recuerdo temblándonos como una brizna de lluvia sobre las hojas del jardín. No sabemos olvidar. Yo no sé olvidar y cuando he decidido querer no puedo volver atrás.

El sentimiento no es una cosa única de principio a fin, cambia, se modifica con el tiempo, crece, se hace más maduro o más intenso, se hace más libre o nos hace más esclavos. Entonces, o nos decidimos a crecer con él, junto a él, o nos resignamos a experimentar a diario a esa cosa simple y cotidiana que viven los demás, aquellos que no saben amar, o mejor, los que no saben que amar es ese algo a un mismo tiempo complicado y dulce que en ocasiones nos aturde y confunde y otras nos ilumina la existencia, un algo que a menudo se nos muestra inalcanzable pero que no es sin embargo imposible de lograr.

Amar pone en evidencia nuestra naturaleza humana y es por ello que nos volvemos tan vulnerables en presencia del amor, es por ello que a veces nos hace muy felices y otras nos ocasiona dolor y sufrimiento sin tasa ni medida. Es de adultos entenderlo y enfrentarlo. La solución más fácil sería andar por la vida diciendo adiós a todas aquellas relaciones que en un momento determinado demuestran no ser tan simples como las imaginábamos o como, equivocadamente, las suponíamos en un comienzo.

Querer no es cosa fácil, y afortunadamente es así. Todas las cosas que vivimos, en tanto arrastran una porción considerable de sustancia humana, son complicadas en su esencia pero por ello mismo fértiles e interesantes. Nada hay más aburrido que una relación en la que no pasa nada, en la que nada ocurre. Los conflictos nos obligan a crecer y nos permiten repensarnos como personas, como amigos, como amantes. Yo sé que nada de lo que hagamos nos va a ser fácil y doy gracias eternas a la vida por ello.

Qué aburridas aquellas relaciones que se han dejado llevar hasta un punto en que nada acontece. Nada hay más despreciable que la pasividad, entendida como falta de voluntad para emprender nuevas formas de pensar, de ser, de interaccionar con la gente, de crecer como humanos  inteligentes y sensibles, de superarnos como personas y también como profesionales. Doy por cierto que es mucho más valioso llevar una vida de conflictos que una vida carente de ellos. Los conflictos nos obligan a pensar y a resolver. La tranquilidad de saberse perfectamente instalado en la comodidad de una relación de reglas fijas donde ya no hay nada en que aventurarse me produce un rechazo mayúsculo y natural.

Tal vez todo esto sean solo argumentos fraguados con una intención: poner en claro que no es fácil hacer cambiar a alguien por largo tiempo dedicado a reflexionar sobre las relaciones interpersonales, alguien que, por encima de cualquier cosa respeta y quiere para sí como un derecho irrenunciable el de ser libre, el de poder andar por la vida sin atarse a nada y sin que nada lo ate.

Todo esto, sin embargo, no me impide ser amigo de una manera amplia y transparente. Disfruto queriendo y sé querer, si no mejor que otros, al menos de maneras más originales y diversas. Me gusta decir que he tratado siempre de crecer enriqueciendo mis afectos. Querer de una manera amplia y definitiva a quienes están a mi lado, especialmente a mis amigos, amigos de vida y amigos de piel. Es inevitable, sin embargo, que a veces hagamos daño –nos hagamos daño. Sería mejor que no fuera así, pero no nacemos adiestrados en el arte de amar, este lo aprendemos a lo largo de la vida, pero sólo si nos lo proponemos efectivamente, pues, si no, pasamos por la vida creyendo que hemos amado y lo único que hemos hecho es conocer las más simples reglas del juego y ponerlas en práctica en un proceso limitante y pobre, que no nos impide ver más allá de nuestras narices.

No podemos ser conformistas y amar, como ya he dicho antes, no es cosa fácil, pero bien vale el reto, el esfuerzo; al final la luz siempre va a brillar de forma esplendorosa para quienes han hecho del amor y del amar una forma de vida. Pero, si después de todo al final quedamos solos, esto tampoco deberá importar, podremos reconfortarnos en la convicción de que lo importante fue vivir amando, o al menos habiéndolo intentado.

Decimos aún, como Jaime Gil de Biedma, «para saber de amor, para aprenderlo, haber estado solo es necesario; y es necesario en cuatrocientas noches, con cuatrocientos cuerpos diferentes, haber hecho el amor, que sus misterios, como dijo el poeta, son del alma, pero un cuerpo es el libro en que se leen».

 

[V] Dulces mordeduras

Dame tu boca en dulces mordeduras, la caricia trémula de tus labios, el abrupto relámpago de tus besos, el tibio manantial de tu saliva. Que tu cuerpo renazca entre mis manos y que sean una sola tu piel junto a mi piel, esta piel que crepita y tiembla y se dobla de ternura en tu presencia. Que nunca más tus manos disueltas en caricias se posen sobre otros cuerpos; que tu aliento sólo sirva de aliento a quien te quiera, a quien sea capaz de demostrar quererte bien, que es como sabemos querer los que vamos por la vida desnudos de intenciones y con el alma siempre dispuesta a darse entera.

Regálame el milagro de tu risa cada mañana, para que empiece siempre el nuevo día iluminado por la luz de tu mirada. Responde a mis locuras atropelladas con silencios. Retribuye mi pobre elocuencia con ese guiño repentino de sonrisas que te sabes acomodar tan bien sobre el semblante. Devuelve no más que dos o tres suspiros cada vez que de mi boca, atropelladas, irrumpan en discursos necios un millón de palabras.

No te afanes en promesas que tal vez no llegues a cumplir, seamos sólo como sabemos ser, como se debe ser cuando de reinventar el milagro de la amistad se trata. Inauguremos distancias, arrullados por el silencio partamos una vez y otra vez y otra vez más hasta donde no nos alcancen las torpes miradas de la rutina, pero inventándonos siempre un buen pretexto para el retorno.

Yo he de volver, quizá, a esos lugares que recorrimos juntos aquella tarde, y sin saberlo apenas tus pasos desandarán conmigo esas distancias, y yo seré feliz por un instante cuando, enredada en el tedio de aquel jardín de asfalto y concreto, los muros y las calles me devuelvan, como una caricia, el cristalino sonido de tu risa.

No importará si no regresas, si no vuelves todo seguirá siendo como antes, mejor que antes, pues desde entonces y para siempre mi vida ha sido bendecida con la magia de tu recuerdo. Voy a seguir por la vida evocando esos instantes sin amargarme en la espera, agradeciéndole a la vida, a diario, el maravilloso regalo que fue haberte conocido. (Diciembre, 1995 – Marzo 2005)

 

Elkin J. Calle Cortés

Ejercicios en prosa, escritos entre 1995 y 2005

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