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Afiliado a Vox te cuenta: por qué el odio y el miedo nos esclavizan



Afiliado a Vox te cuenta: por qué el odio y el miedo nos esclavizan - Política

Nec odio nec timore: el odio y el miedo son buenos, nos los da la Madre Naturaleza para que nos defendamos de lo que nos puede hacer daño. Sin embargo, como las demás emociones, son muy fácilmente excitadas, manipuladas y usadas por agentes malévolos que quieren someter nuestra voluntad

“Necesitamos una revolución gigantesca. Ni siquiera la rusa nos sirve. Queremos llamaradas que enrojezcan los cielos y mares de sangre que inunden el planeta”

― Margarita Nelken, feminista española diputada en la II República.

«¡El odio es el elemento central de nuestra lucha! El odio tan violento que impulsa al ser humano más allá de sus limitaciones naturales, convirtiéndolo en una máquina de matar violenta y de sangre fría. Nuestros soldados tienen que ser así».   -Ché Guevara, revolucionario

Los bárbaros que todo lo confían a la fuerza y a la violencia, nada construyen, porque sus simientes son de odio.

» José Martí  (1853-1895) Político y escritor cubano

Hoy en día nuestras almas son el mercado principal de las empresas de mercadotecnia y macrodata: estas empresas convierten nuestras emociones en votos, compras, opiniones y toda clase de comportamientos útiles a los partidos, corporaciones, ONGs siniestras como Open Arms y emanaciones infernales varias.

Este odio manufacturado va ocupando el espacio psíquico donde debería haber ideas y preguntas. Anclando entonces este odio en torno a la figura simbólica de los chivos expiatorios, se puede usar como «de forma remota» a una persona para que su odio y su miedo, y pronto otros muchos recursos, se traduzcan en acciones útiles para una determinada odiología.

Por otra parte, el odio que no podemos gestionar, constituye una acumulación de tensión mental o energía que también puede ser usada por mecanismos internos anómalos. En la mente de cada cual aparecen procesos a veces que no se resuelven, y crecen a costa de nuestra glucosa. Para que la glucosa llegue, se activan emociones como el odio, el miedo y la culpa, verdaderas furias de nuestra psique.

Entre los demonios internos como conflictos enquistados en nuestra memoria, y los demonios aún más formidables que articulan los tecno-movimientos sociales, no sólo nuestro odio, sino todas nuestras emociones se hayan en peligro de ser parasitadas en lugar de servir positivamente a nuestro ego.

Las emociones sirven para coordinar nuestro cuerpo-mente y dirigirlo a conductas automáticas, basadas en protocolos afinados por millones de años de evolución. Nos permiten reaccionar cuando no hay tiempo para pensar, como cuando somos atacados o alguien trata de escapar de un incendio.

Las emociones no sólo coordinan nuestro microcosmos, sino que también vehiculan acciones en el macrocosmos. Por ejemplo, convierten un agregado de personas diferentes en una sola entidad colectiva, capaz por ejemplo de abrir una ruta de escapada en una emboscada, o de superar una noche de aislamiento en la tormenta.

El odio en particular es una emoción tendente a la destrucción; es bueno para realizar un linchamiento, o para enfrentarnos a un adversario igual o más fuerte.

El miedo nos lleva a inhibirnos cuando es excesivo o difuso (cuando el león está demasiado cerca o está oscuro y no vemos al atacante). Entonces, quedarse inmóvil puede ser la opción más adaptativa. El miedo también nos lleva a reaccionar; por eso puede convertirse en ira, o en una respuesta de huída.

La culpa viene cuando nuestra autopercepción muestra (de forma realista o equivocada) que nuestras acciones no se ajustan a nuestro concepto de nosotros mismos; sobreviene un malestar que busca que intentemos restablecer una coherencia. Por ejemplo, podemos pensar que el cambio climático es culpa nuestra. Para resolver esta alarma que pone en peligro una parte nuclear de nuestra identidad -la auto-percepción como ser moral- buscaremos acciones que la resuelvan: tirar basura a los contenedores de colores, votar a un partido supuestamente ecologista, o creer a los negacionistas.

La culpa, como podemos deducir, se puede transformar fácilmente en odio (designación de chivos expiatorios: Trump tiene la culpa del cambio climático) o en miedo (¡Trump quiere matarnos a todos!).

La culpa, el miedo y el odio son por tanto una triada que funciona muy bien para zombificar las personas, aunque sólo sirve para comportamientos destructivos y autodestructivos, y de evitación (como evitar escuchar a las personas odiadas) o inhibición. No sirven para «levantar el país» o resolver problemas personales.

El odio, y sus amigos el odio y la culpa, no son malos, ni prescindibles, sino adaptativos y sanos. Existen como mecanismos de supervivencia. Pero es importante que su gestión, sus bridas, sean llevadas enteramente por nosotros y no por otras personas. También es importante que su energía nerviosa no se acumule en estructuras a resolver o extinguir en nuestra mente, sino que se encaucen en lo posible a lo que tenemos que hacer o evitar en nuestra vida real y concreta. Que medien realmente entre nuestros intereses vitales y la realidad incierta o inhóspita.

El empoderamiento famoso no es que un grupo de personas (siempre es un Colectivo, nunca una persona individual) adquiera «derechos» que no tiene el resto, sin que se correspondan con deberes asociados. Eso no es empoderamiento; sino privilegios de una casta chupóptera.

El empoderamiento de verdad, de verdad de la buena es esto; el dominio de las propias emociones, y la capacidad de dirigirlas en nuestro beneficio o transmutarlas en emociones más útiles.

En conclusión: el odio es positivo (y a veces divertido), así como la ira, el miedo o la culpa. Pero son emociones muy fáciles de manipular, o de convertirse en problemas internos. Por eso hay que comprender que el odio, el miedo y la culpa son sólo energía; energía que el cuerpo-mente pone a disposición nuestra para resolver situaciones de la vida. Si aceptamos esa energía, podemos usar la consciencia y la razón para dirigirla donde mejor nos ayude a vivir y contribuir a la sociedad. Para lograr esto, es preciso entender la naturaleza verdadera de los estímulos que desencadenan estos protocolos energéticos, y discernir si son genuinos o falsos, adaptativos o contraproducentes. Además, hay que aprender el noble arte de transmutar alquímicamente emociones.

Nos quedamos sin saber cómo se hace esto, pero así tenemos para otro artículo.

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DiegoT

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