Literatura

Alana

Alana - Literatura

Alana era extremadamente hermosa, sus rasgos eran tan angelicales y etéreos que podían confundirse con una falsa fragilidad, pero en realidad su belleza era proporcional a las increíbles capacidades que poseía y le desconcertaba que, por primera vez en su majestuosa existencia, se encontrase en apuros.

En su soberbia, desarrollada con tesón a lo largo de los siglos, jamás pensó que se hallaría en una disyuntiva como aquella, a medio camino entre su débil figura humana y su antagónica forma mitológica, sin poder decantarse por ninguna de ellas.

Si algo tenía claro, es que no sobreviviría mucho tiempo en esas circunstancias.

Examinó sus alas parcialmente desarrolladas y se convenció, una vez más, que no podrían aletear con la suficiente fuerza como para sacarla de allí y regresar a su plácido mundo. Trató de introducirlas nuevamente en su espalda, optando por la posibilidad de pasar por humana hasta que encontrase el modo de solucionarlo, pero aquellos dos pequeños bultos se negaban a desaparecer, desafiando sus órdenes una y otra vez.

Buscó con su mirada violácea un lugar en el que examinar su aspecto y sopesar el alcance de la tragedia, pero aquel inhóspito descampado solo contenía tierra y hierbajos, exponiéndola además a que cualquier humano pudiese descubrirla. Eso sería terrible. Sin su recién perdida capacidad para transformarse, estaría a merced de esos bárbaros sin escrúpulos que se autodenominaban hombres, y que siempre le habían resultado un conjunto de irritantes miserias recubiertas de vulnerable carne, presa de contradicciones y propensos a dañarse unos a otros, por ilógico que esto pudiese parecer.

Tan poco irrelevantes le parecían, que ni siquiera encontraba ya placer alguno en apartarles de su trágica existencia, llegando a pensar incluso que les hacía un favor mientras les arrancaba el último hálito de vida, permitiéndoles, a cambio, el contemplar su perfecta anatomía. Eso era un premio mucho mayor de lo que ninguno de ellos podría haber esperado de aquella anodina sucesión de días grises y monótonos, con los que habitualmente se castigaban los humanos.

 

Se levantó, frustrada, con la intención de probar una última vez si era capaz de volver al estado en el que se encontraba antes del accidente, cuando le vio. Caminaba hacia dónde ella se encontraba con paso firme, arrastrado por uno de esos animales que con tanta frecuencia había visto servirles. Esos bichos peludos eran extremadamente molestos. Mientras que sus amos eran torpes y rara vez detectaban su presencia, aquel amasijo de pelo siempre lo hacía, y parecía haberla olido a pesar de la enorme distancia que les separaba.

Buscó un lugar donde refugiarse, pero cambió rápidamente de idea mientras se convencía que no había ninguna otra forma de vida por allí. No, no había nadie más, así que no se molestaría en huir cuando podía librarse de ambos. Eso, al menos, calmaría la furia que sentía y no tendría que humillarse, escondiéndose de un simple hombre, al que sin duda podría aniquilar sin dificultad.

Suplicó que sus garras no se hubiesen visto afectadas por el impacto, sonriendo satisfecha al verlas aparecer brillantes y mortales, alargando sus extremidades superiores y otorgándole la seguridad de que no se encontraba totalmente indefensa. Se sintió mucho mejor.

Esperó en silencio a que se acercasen, sorprendiéndose de que aquel hombre no tratase de alejarse de ella al ver que le recibía con semejante porte, colocada para atacar con uno de sus brazos alzados y el otro extendido hacia él.

En cambio, continuaba avanzando sin la más mínima expresión de sorpresa en su cara. Apenas quedaban un par de metros de distancia entre ellos, cuando le vio detenerse en seco y comprobó que ni siquiera la miraba. ¿Qué estaba ocurriendo?

-Hola ¿Hay alguien ahí? -preguntó finalmente con una leve sonrisa en sus labios. Aquel era, sin duda, el más estúpido de los humanos que jamás se había cruzado. ¿Cómo se atrevía a hablar con ella? ¿Es que no le importaba morir? Su experiencia le había demostrado que todos ellos, a pesar de su penosa existencia, se aferraban con tesón a la vida- “Trancos” me suele llevar hacia otros caminantes, sabe que me gusta conversar –continuó. Se imaginó que aquel nombre pertenecía al animal que había vuelto la vista hacia ella, observando con la lengua fuera y sin la menor muestra de hostilidad.

Alana se revolvió indignada, dudando entre responder o directamente rasgar aquellas cuerdas vocales para que se mantuviesen en silencio pero, nuevamente, su voz la detuvo.

-Me llamo Pedro, vivo cerca de aquí. Me gusta pasear a esta hora, pues siempre me encuentro a personas que necesitan algún tipo de ayuda. Es fácil perderse por estos campos, todo parece igual y nunca sabes si estás avanzando en la dirección correcta. Y me gusta tanto ayudar… No se imagina la satisfacción que eso me produce. Si además obtengo unos minutos de conversación, entonces puedo darme por satisfecho y regresar feliz, sabiendo que ha sido un día productivo.

¿Ayudar? ¿De qué estaba hablando? Jamás se había topado con un ejemplar como aquel. De hecho, estaba segura de que era la primera vez que escuchaba a una persona expresarse de aquel modo, sin alaridos o aullidos suplicando clemencia.

-Me llamo Alana y he tenido un accidente –respondió, de pronto, sin ser capaz de discernir el motivo que mantenía sus garras alejadas de él y dócilmente relajadas a ambos lados de su cuerpo.

-¿Se encuentra bien? -preguntó Pedro alargando la mano y entonces fue cuando se dio cuenta. Era ciego. Su brazo permanecía en el aire, pero aunque lo había orientado correctamente gracias a la voz de ella, su mirada no acompañaba este movimiento y parecía perdida en la inmensidad de aquel árido entorno. No pudo evitar compadecerse. Si aquella raza era imperfecta en sí misma, cuando carecía de algún sentido era casi una aberración.

-Estoy bien. -Musitó al fin-, solo necesitaría volver a casa…

-En el pueblo hay un autobús que sale cada hora, podría acompañarla hasta allí… -se ofreció, entornando una cálida sonrisa. Ella analizó la extraña curvatura que acababan de formar sus labios, tratando de comprender su significado.

-Creo que alguien vendrá a buscarme, solo necesito esperar… El… Autobús… No creo que pudiese llevarme dónde yo deseo ir –musitó, sintiéndose de pronto invadida por una extraña curiosidad. ¿Qué tenía de diferente aquel humano para que sus instintos depredadores hubiesen desaparecido por completo?

-Entonces, quizás le apetecería tomar una taza de té mientras espera. Mi casa no está demasiado lejos de aquí y podría llamar por teléfono si lo desea. -Había vuelto a tender su mano en el aire, con la palma extendida hacia arriba, y Alana pudo sentir el calor que desprendía aquel cuerpo, incluso escuchó como su frágil corazón bombeaba rítmicamente la sangre que iba recorriendo su cuerpo, sin olvidar ni un solo rincón. Nunca se había detenido para analizar este funcionamiento, tan diferente al suyo, pero le parecía inquietante. ¿Qué era lo que impulsaba aquél pequeño motor a bombear sin descanso? ¿Por qué utilizaban aquel mecanismo en lugar de la Esencia, como hacía ella?

-Acepto –respondió, sumida en una tremenda curiosidad por esa raza, que jamás antes había sentido.

 

A cada paso que daban en dirección a casa de Pedro, el paisaje se iba transformando de un modo casi mágico, pensó Alana, pasando del rojo seco que les rodeaba hacía tan solo unos instantes, a un tímido verde que iba ganando en intensidad a medida que avanzaban. Caminó junto a él indecisa, gratamente sorprendida por el cambio del entorno y rogando para no cruzarse con ninguna otra vida humana que pusiese fin, irremediablemente, a su aventura. En pocos minutos llegaron a una pequeña construcción de piedra que se escondía entre dos frondosos árboles.

Al entrar en la vivienda, un intenso olor a lavanda y pan recién hecho envolvió a Alana, rodeándola con una extraña paz que jamás antes había sentido, ni siquiera en los bellos y brillantes parajes que rodeaban su hogar. Aquella diminuta estancia, tenía algo que hacía que deseases quedarte en ella para siempre.

Observó a Pedro moverse con agilidad. Encendió la chimenea y sacó dos grandes tazas de la alacena. Le sorprendía que, a pesar del reducido espacio y los múltiples objetos que había en él, no tropezase o dudase de la colocación de las cosas, sin que su minusvalía pareciese suponer ningún problema.

-¿Cómo es posible que no tropieces si careces de vista? -preguntó al fin, al ver cómo esquivaba a Trancos, que se había tumbado plácidamente en medio del salón.

-Hay muchos modos de ver. –Le dijo, alargándole una humeante taza-. Verás que bien te sienta el té.

Nada más dar el primer sorbo, se sintió relajada, reclinándose en el enorme butacón al tiempo que las protuberancias de su espalda, que hacía menos de una hora se habían resistido obstinadas a tomar un camino u otro, desaparecían con suavidad. Sentía una enorme e inesperada curiosidad por hacer mil preguntas a Pedro. Jamás se había interesado por los humanos, pero él era diferente. Le analizó con cuidado sin ser capaz de calcular cuántos años llevaba de existencia, pero no debían de ser muchos, puesto que carecía de esos horribles pliegues que había encontrado en muchos de ellos.

-¿Vives aquí solo? -le interrogó, sintiendo que en aquel momento, no había nada que pudiese preocuparle más que saber todo sobre aquella persona que permanecía sentada frente a ella.

-Con Trancos -respondió alargando la mano y recibiendo, agradecido, un lametazo del animal-. ¿No quieres utilizar el teléfono?

-No. Ellos ya saben dónde estoy. Vendrán a buscarme tarde o temprano. -Murmuró, hipnotizada con el comportamiento del perro, que se había colocado junto a él y frotaba su cabeza contra su pierna, reclamando su atención-. ¿Siempre fuiste…?

-¿…Ciego? -completó él la frase. Alana asintió con la cabeza, dándose cuenta al instante de lo absurdo que había resultado ese gesto. Pedro, sin embargo, pareció comprender al instante-. No. Hace tiempo podía ver, pero te diré que es el mayor regalo que he recibido…

-¿Regalo? ¿Carecer de vista te parece un regalo?

-Así es. Gracias a eso, puedo ver muchas cosas que la mayoría no ve. Ven conmigo, te lo mostraré.

Cogió su mano con suavidad y tiró ella. Alana sintió una intensa calidez recorriendo todo su cuerpo al sentir aquel contacto y se dejó conducir a la parte posterior de la casa.

Pedro abrió un enorme ventanal y la empujó suavemente para que se asomase, situándose detrás.

El paisaje que vio frente a ella la dejó sin respiración por unos instantes. Jamás había visto nada tan hermoso, ni siquiera podía compararse al áureo entorno al que estaba acostumbrada. En donde ella vivía, todo era simétrico y bañado siempre de aquel dorado semejante al sol: cada avenida, cada colina, cada edificio y cada fuente, tenía su motivo y su lugar concreto, diseñados concienzudamente para que cumpliesen sus rígidos cánones de medidas perfectas y proporciones adecuadas.

Pero lo que en aquel momento tenía ante sus ojos, era bello siendo completamente opuesto. Todo parecía estar distribuido al azar, y la infinita paleta de colores se mezclaban caprichosamente unos con otros, aportando tanta luz y vida, que le resultaba complicado delimitar dónde terminaba una flor y nacía la tierra. No estaba acostumbrada a una imperfección tan perfecta.

A unos treinta metros, un chispeante arroyo parecía nacer de la nada, recorriendo piedras y formando diminutas cascadas a su paso, dejándose adornar a ambos lados por bellas flores que se amontonaban unas junto a otras, como si buscasen su cercanía. Deseó bañarse en aquellas aguas cristalinas, dejarse mecer por aquella brisa suave que parecía murmurar secretos, acariciar aquella tierra húmeda y fértil, que parecía esperar con anhelo sus pies descalzos.

 

-Cierra los ojos –le pidió. Alana obedeció sintiéndose completamente hipnotizada-. ¿Lo notas? -la voz de Pedro a su espalda la arrulló, dejando que sus palabras revoloteasen en sus oídos como aquellos pájaros que veía jugar sobre un nido cercano-. Aún si ver, yo siento toda la belleza que hay aquí… Y lo siento de un modo especial, como si formase parte de cada una de esas flores, del arroyo, de la brisa… Lo veo todo aquí. -Se señaló el pecho y ella le miró sin comprender. ¿Qué había en esa parte de su cuerpo que le otorgaba la capacidad de ver? ¿Poseían los humanos de otro sentido que ella desconocía?-. Y las cosas que se ven desde aquí, son las más importantes… Concluyó Pedro tomando la mano de Alana y dejándola reposar sobre su corazón. Ella pudo sentir sus latidos con intensidad, pero no podía comprender qué relación tenía ese órgano con lo que él le estaba contando.

-Explícame como funciona vuestro cuerpo. -Pidió, pero al instante rectifico-. El cuerpo, quiero decir… -le observó pensando que la petición tal vez le resultase extraña, pero si era así, no lo demostró en absoluto.

-¿Qué es exactamente lo que deseas saber? ¿Por qué no utilizamos la Esencia como vosotros?

Le miró completamente desconcertada, sintiendo como su respiración se agitaba y su preciado fluido, la Esencia que Pedro acaba de nombrar, se revolucionaba por su cuerpo advirtiendo del peligro que suponía que su secreto fuese desvelado.

-Tranquila, tu secreto está a salvo conmigo.

-¿Quieres decir que hubo un traidor que te contó de qué estamos hechos? No puedo creer que ninguno de mis semejantes hiciese tal cosa, poniéndonos en peligro de esa manera –se quejó, furiosa, olvidando toda precaución y considerando si debía informar de lo que estaba sucediendo ahí abajo, cuando regresase a su hogar.

-No, claro que no. Nadie me ha contado nada. Pero volvamos a la sala y sentémonos delante del fuego, comienza a hacer frío…

Alana hizo lo que le pedía, tratando de contener su impaciencia mientras le observaba sus pausados movimientos, recostándose en el butacón mientras la invitaba a situarse frente a él.

-Conozco vuestro secreto porque hace mucho, muchísimo tiempo, también fue el mío –comenzó. Ella le miró extrañada, pensando que estaba desvariando, pero decidió que le escucharía hasta el final-. Yo también viví en la dorada ciudad a la que ahora no sabes cómo regresar, me caí, no sé muy bien cómo y esperé pacientemente a que alguien bajase a buscarme. Al igual que tú. Pasé tres largas noches y tres largos días vagando, hasta que llegué a este lugar. A medida que descubría una flor, el sonido del arroyo, el aroma de la tierra mojada, mi antigua forma comenzaba a desaparecer, aunque en aquel momento yo desconocía que sería para siempre. Pensaba que en cuanto bajasen a por mí, recuperaría mi capacidad para transformarme. Pero eso jamás sucedió.

-¡Estás mintiendo! Tú no eres en absoluto como yo…

-Antes lo era…  Pero comencé a sentir y ya no me permitieron regresar…

Se sintió levemente mareada al escuchar aquello. ¿Habría más como él? No pudo más que preguntárselo.

-Todos los que ahora consideras humanos, fueron una vez como tú, solo que la mayoría no lo recuerdan porque olvidar es mucho más fácil -respondió Pedro-. Algunos llevan generaciones y generaciones en este lugar, pero puedes estar segura que en algún momento surcaron los cielos como tú los surcas ahora…

Alana recapacitó, tratando de encontrarle un sentido a todo lo que le estaba diciendo porque, de un modo extraño, sentía en lo más profundo de su ser que era cierto. Todo el odio que siempre habían sentido los de su raza hacia los hombres, solo era un modo de ocultar el temor que tenían de convertirse en uno de ellos, algo que tarde o temprano, acabaría sucediendo.

Por primera vez en su existencia, lo comprendió todo y unas gotas saladas comenzaron a surcar sus ojos. Aquello debía de ser lo que los hombres llamaban lágrimas. Con la mirada turbia y aquel insistente temblor que la anunciaba que ella tampoco regresaría jamás a su origen, se acurrucó contra Pedro y le hizo una última pregunta:

-¿Y por qué eres ciego?

-Los humanos solo pueden tener cinco sentidos. Y yo preferí renunciar a ese, pero quedarme con el único importante que tenía antes de transformarme: el ser capaz de no olvidar nunca ni de dejar de reconocer a los que son como un día yo lo fui… Y ha merecido la pena. Pero tú, Alana, puedes escoger olvidar y conservar la vista. Y yo te recordaré, cada día, el maravilloso lugar del que provienes…

 

Ella cerró los ojos sintiéndose reconfortada por estas palabras. Pedro cuidaría de ella, no dejaría que olvidase. Sus lágrimas cesaron y un ruido nuevo y vibrante comenzó a acompañarla. Era monótono, pero fascinante; rítmico, pausado y otorgaba a su pecho una calidez que jamás antes había sentido. Por fin tenía corazón.

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Acerca del autor

Cristinace2018

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