Sociedad

Alegato a propósito de la ignorancia

Alegato a propósito de la ignorancia - Sociedad

Al Juzgado de Anestesia Mental Estatal, número 1.

Como abogado del diablo y de causas perdidas, me persono aquí en este juicio de manera voluntaria. Sé que la algarabía intolerante en la que se ha convertido nuestra sociedad arrastrará cualquier atisbo de comprensión que de una argumentación racional pudiese derivarse de este texto. Aclarado esto y sin más preámbulos, prosigo con mi declaración.

Fiscales y jueces en los que se ha convertido cada ciudadano de este país. Cada día que pasa, el ignarómetro que tengo situado al lado del televisor, emite nuevos récords históricos. Nunca se había visto en este país tanta ignorancia pública suelta.

Algunos de ustedes aborrecen la palabra patriota por la vergüenza que sufren al recordar la historia de nuestro país. Otros por la política actual. Y otros porque patriota es una palabra que deriva de patria cuyo origen en latín es “Patrius” y, aunque entonces era una palabra femenina (familia), al referirse a ambos sexos con el término actualmente masculino “padres”,  pues vamos, que les provoca arcadas. En mi caso, tengo que reconocer que mi aversión a ser patriota deriva de la falta de identificación con mis compatriotas. Cada vez que enciendo la televisión, que a medida que pasa el tiempo son menos las veces, me avergüenzo de la facilidad con la que la ignorancia tiene un micrófono en la boca.

Y aquí les expongo los hechos por los que he creído oportuno realizar esta declaración:

  1. Política. Es impresionante ver como la falta de criterio individual les convierte en meras reses de periodistas, políticos y tertulianos que aprovechando su sufrimiento, dudas o dolor (del que no dudo), les lanzan mensajes alentadores con un elemento importante: un culpable de sus males que, por supuesto, no son ustedes. De esta manera, se unen a vociferar y manifestarse contra aquellos que son un obstáculo para los intereses de esos periodistas, políticos y tertulianos. Aunque ustedes, por supuesto, no han juzgado si en realidad son sus intereses. Eso conllevaría un esfuerzo cognitivo constante para valorar hechos y su opinión propia. Algo que lamentablemente es evidente que no están dispuestos a hacer.
  2. Este es un campo especialmente fértil para el abono de ignorantes. Y como si se hubiese encargado de él un verdadero maestro campesino, hay instalado un sistema de barbecho que provoca que no haya una temporada del año en el que no crezcan y se reproduzcan unos preciosos ignorantes. Esto no lo digo yo, señorías, lo dicen ustedes. Compatriotas que aprovechan un micrófono, un foro o las redes sociales para hacer valer su ignorancia sobre la de los demás. Ignorancia aliñada siempre con buenas dosis de intolerancia. A este aspecto me refiero sobretodo viendo que, cuando las resoluciones judiciales son de su gusto, les satisface y la justicia funciona. Pero cuando estas resoluciones, recordemos que basadas en la interpretación de un juez del código civil y penal aprobado por la mayoría, no son de su gusto, entonces la justicia está politizada, masculinizada y es un instrumento de tortura. En esas épocas es, sobre todo, cuando en este precioso campo florecen los idiotas. Y cada uno de ustedes se convierte en mejor juez de lo que sería cualquier magistrado con una carrera y experiencia a sus espaldas. Cuando su interpretación del código civil y penal (si es que alguna vez se les ha ocurrido abrir sus páginas) tiene preponderancia sobre la interpretación de quien ha basado su vida en el estudio y comprensión de las mismas.
  3. Educación. O más bien la abrumadora falta de ella. Aunque el gran culpable de esto, en mi opinión, es el sistema establecido, no les eximo a ustedes de culpa al considerar que tienen mucho margen para utilizar su libre albedrío y autoeducarse. Déjenme que les pregunte: ¿Quiénes son ustedes para considerarse mejor que cualquiera? ¿Con qué autoridad moral pueden criticar a quien miente en su currículum o envía mensajes obscenos y/o machistas por mensajería instantánea para el jolgorio de los colegas? ¿De verdad creen, ustedes, señorías, que sus derechos están por encima de sus responsabilidades y obligaciones? Les responderé yo. Si, se creen mejores, y se basan en un carácter de predominancia egocéntrica y consideran que todo lo que sea contrario a su juicio (principalmente basado en la emoción y no en la razón) es deleznable y digno de ser denostado públicamente. Mientras que para mí y para cada vez menos como yo, somos capaces de asumir una opinión contraria si esta contiene razón que rebata nuestra razón o exceda nuestros conocimientos abstrayéndonos de nuestras emociones. También se creen con autoridad moral para criticar pues el hecho es que ustedes cometen faltas, pero gozan de autojustificación, lo que les exime de toda consecuencia por su parte, sin embargo no pueden consentir que otros falten, pues es inmoral. Y yo les digo que soy consciente de que las mayores faltas que comete cualquiera de ustedes, son susceptibles de ser cometidas por mí y por la mayoría, pues somos humanos. Y no seré yo el que les tire una piedra cuando beneficien con su palabra o su acción a un amigo sobre los demás cometiéndose una injusticia, ni tampoco cuando omitan en su declaración de la renta aquellas plusvalías o cobros trasmano siendo esto, en sus palabras, robar a todo el pueblo. Y si, efectivamente, muchos de ustedes piensan que sus derechos son gratuitos porque se lo prometieron sus padres, los políticos o el sistema. Piensan que tienen derecho a una vivienda digna cuando no han demostrado ustedes ser dignos de ello. Piensan ustedes que tienen derecho a un sueldo digno cuando su productividad es irrisoria. Piensan ustedes que tienen derecho a la libertad de expresión aun cuando no son capaces de medir las consecuencias de lo que dicen. Mientras yo considero que los derechos sólo deberían ser válidos para quien se los gane pagando con la moneda de la responsabilidad.

Así, estimados jueces, fiscales y compatriotas, llego al final de mi alegato. No espero que me libren de un juicio injusto. Y la idea de mi absolución la abandoné el día que entré por la puerta de la razón. Sólo espero que algún día, entre los barrotes de la condena que me impongan, pueda insuflarles solo una pizca de dignidad con la que, en el futuro, se enfrenten a sus conciencias.

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Acerca del autor

Ismael Melville

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