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Alegría: la emoción que describe a la dueña de esta historia



Alegría: la emoción que describe a la dueña de esta historia - Sociedad

Imposible pasar desapercibida con esa melena “orgullosamente crespa” de tono rojizo, y si a eso le sumamos los vatios de energía que brotan de su cuerpo cuando entra en su piel de instructora de Zumba®, a cualquiera le costaría creer la razón por la que me quiso echar un par de cuentos para que se los dejara plasmados en una historia.
La conocí hace dos años cuando llegó a la Escuela Constructores buscando un lugar en el que Rodri diera sus primeros pasos en el fútbol -cuando apenas tenía dos años-, razón por la cual la primera faceta en la que la vi fue en la de madre: dedicada, amorosa, perfeccionista y a ratos hasta algo impaciente cuando se trata de que su pequeño “Coqui” alcance sus metas.
“Karlita”, es como muchos la llamamos de cariño.
La vida nos siguió uniendo en otros escenarios y fue así como conocí otras facetas de su vida. Pasaron los meses y nuestra relación traspasó las fronteras de la cancha. El día de la final del Mundial Rusia 2018 -por decisión de los hombres del grupo- fuimos a su casa a ver el partido y desde ese momento hasta ahora hacemos una reunión al mes en alguna de las casas de las familias que conforman el grupo -que ha ido creciendo con el tiempo- y aprovechamos para compartir comidas y cuentos, mientras nuestros pequeños -al igual que nosotros- se van haciendo amigos.
Si tuviera que resumir en una palabra su descripción esa sería: polifacética. Y será justamente por este camino que iré contando esta historia.
Nació en Maracaibo, Venezuela hace exactamente 33 años -yo estoy aprovechando que hoy es su cumpleaños para regalarle esta historia- en el seno de una familia de profesionales de la salud, padre veterinario y madre anestesiólogo, ocupa la tercera posición en una familia de 4 hermanos, tres niñas y un varón, y a diferencia de ellos fue la única que siguió los pasos de mamá y papá, pero en su caso en el área de la salud bucal.
Se hizo Odontólogo en la Universidad del Zulia y así mismo se destetó viniéndose sola a Bogotá a realizar una especialización en Endodoncia en la Pontificia Universidad Javeriana, profesión que también le permite ejercer la docencia -y que combina muy bien con su pasión por el baile a través de sus clases de Zumba®- al tiempo que es esposa, madre, hija, hermana, amiga, miembro de @unclandelectura y el montón de cosas que las mujeres podemos hacer al mismo tiempo.
La mayoría de las veces es el alma de la fiesta, y cuando no lo es se nota su ausencia -aunque esté ahí en cuerpo presente-, habla fuerte y a menudo deja brotar el regionalismo que caracteriza a los nacidos en la “Tierra del Sol Amada”, así como también su espiritualidad como fiel creyente en Dios y en la Chinita (la Virgen de Chiquinquirá, patrona del Zulia, de Colombia y de la ciudad de Caraz en Perú). Sin embargo, he podido notar que en el “uno a uno” le baja unos decibeles a su voz y la capa que aflora es la de una mujer un poco más introvertida.
Y es que de eso estamos hechos los seres humanos, de capas que no siempre mostramos a todos, e insisto, de esto se trata esta historia.
En nuestra conversación le pedí que me regalara una descripción de ella misma, lo hice como recurso para tener más contexto; lo mismo apliqué con algunos allegados, porque finalmente desde que nos sentamos a hablar comencé a imaginar el hilo conductual que tendría este cuento que no es cuento. Finalmente quería combinar percepciones (propias o ajenas) para poder llegar al resultado final.
Ella se describió como una persona alegre, divertida, familiar, trabajadora, cumplida y positiva, cualidades que su mamá ratificó -mediante una conversación que tuvimos vía digital- y agregó unas cuantas como: dicharachera, proactiva, asertiva, excelente hija, madre, esposa, hermana, amiga y hasta medio regañona (las madres y sus sinceridades, por eso son lo mejor del mundo), “tantas cosas hermosas que pudiera decir de mi tercer pedacito de corazón, es un ser hermoso, leal, sincero, preocupada por su familia y de sentimientos muy nobles, exigente consigo misma para dar lo mejor de sí en todos los aspectos, la vida no ha sido fácil desde que salió de su país -al que tanto ama- pero siempre decidida a luchar para salir adelante con dignidad, honradez y lealtad, para concluir: la amamos infinito y más allá”.
¡Que hermoso! y gratificante es escuchar -o en este caso leer- las palabras de una madre.
Y así siguieron llegando las descripciones, en esta oportunidad de su amiga y colega Verónica Rodríguez, con quien algunos días trabaja en equipo: “Karlita es una persona que irradia mucha alegría, es carismática, súper buena amiga y entregada. Es una de esas personas especiales con la que puedes compartir desde un helado hasta una pena. Está pendiente de esos detalles para que siempre te sientas querida y atendida. Una persona que le gusta ayudar y reflejar todo lo bueno que hay en ella. Da lo mejor y por eso siempre recibe el cariño de todos”.
Su compañero de vida, ese caraqueño que vino a conocer en Bogotá -durante un desayuno al que los invitó una amiga en común- mientras hacía su especialización, del que se enamoró, con el que se casó y que fue su complemento para convertirse en la madre de Rodrigo, la describe como: “Una mujer que me impresionó por la seguridad con la caminaba, con su aire de mujer venezolana que le gusta andar bonita y muy bien arreglada, pero sin excesos.
Todavía recuerdo, que llegó envuelta en una bufanda que dejaba entrever que el frío la atormentaba -y hoy, años después lo sigo comprobando-. Apenas escuché su voz supe que tenía frente a mí a una mujer con una identidad muy marcada y una personalidad muy fuerte, sin dejar de lado la eterna sonrisa que la acompañaba y lo gestual que es.
A ratos peinaba su frondosa cabellera pelirroja de un lado a otro como coqueteando, pero sin dejar de ser recatada -como realmente es-.
El toque final que aderezó mi interés por ella fue cuando comenzamos a hablar, ahí noté que a todos esos atributos podía sumarle el que era buena conversadora y que le encanta escuchar historias y seguirlas muy detalladamente para exprimirles cada detalle.
Hablaba de sus temas de trabajo como una experta y una mezcla de inteligencia, sagacidad y humor que me hacía pensar que debió haber sido una de esas niñas inteligentes pero que eran una pesadilla para los profesores del colegio -tal como me enteré más tarde-.
Para resumir, mi esposa es una mujer luchadora (porque lo aprendió de su madre), siente un profundo respeto y arraigo por su país, solidaria y protectora (porque así también fue con su padre), que no le gusta sentirse encerrada, ni sola, que necesita el calor de la familia (porque eso mueve su forma de ser), que no le resulta fácil dar pasos para atreverse a algo nuevo, pero que se deja llevar hasta que ella misma logra ser la mejor en lo que se proponga. En esas pocas horas de nuestro primer desayuno pude ver lo que es: un libro maravilloso, cuyas páginas están llenas de color y alegría, con capítulos de temores y malos días como las páginas de todos, pero a la larga, un libro que yo quería y quiero seguir leyendo hasta el fin de nuestras vidas”.
Wao, wao, wao y más wao, el párrafo descriptivo que me compartió Carlos da para un cuento que no es cuento. Confieso que este ya estaba escrito y mi intención era que me dijera algunas palabras clave que pudiera colocar entre párrafos, de hecho, cuando me dijo que había tardado en pasármelo porque no podía describirla en 5 líneas le dije “no te preocupes yo te lo mocho” (en la más pura jerga periodística del trabajo que hacen los editores).
Ya estaba acostada cuando vi la luz titilando que anuncia que tengo un nuevo mensaje de WhatsApp, tome el celular y lo leí, me dieron ganas de llorar de la emoción por tan lindas palabras, comprobé que tenía razón en sus primeras líneas “Me costó empezar porque no quería caer en la descripción sencilla y sin salsa, en los lugares comunes y mucho menos en unas líneas aburridas precisamente porque nada de eso le haría honor a mi esposa”. Y yo de nuevo wao, wao, wao.
Finalmente, no me atreví a quitar una palabra del texto que me envió, tan solo a parafrasear en algunos casos y al más puro estilo de meme hoy digo: “Quédate con el que te describa como Carlos describe a Karla”.
Como dije hace unas líneas este cuento ya estaba listo esperando por el párrafo de Carlos y como ya lo agregué en el espacio que tenía dedicado para él, al igual que en el show, el cuento debe continuar…
Y ustedes se seguirán preguntando ¿cuál es la historia que me pidió que contara? Obviamente no es esta, se vería un poco egocéntrico que se haya sentado a tomarse ese café conmigo para que le hiciera una biografía (aunque hubiera sido completamente válido porque también las hago), esa la estoy haciendo yo para regalársela de cumpleaños y porque es la que me va ayudar a darle sazón a las dos anécdotas que me contó.
Y yo aprovecho para preguntarte (a ti, no a Karla) ¿qué tanto le temes a la muerte? ¿algún día has vivido algún ataque de ansiedad o pánico? ¿padeces algún tipo de fobia? ¿o simplemente cuál es tu mayor miedo?
Los seres humanos somos “emociones andantes”, que cada uno administra como mejor puede. Durante mi paso por el estudio de las Teorías de la Imagen y el Poder que conocí de la mano de su creador el Dr. Roberto de Vries -quien ya no está en esta Tierra y que espero que Dios tenga en su gloria-, aprendí que existen 4 emociones predominantes: la alegría, la ira, la tristeza y el miedo; que todos en algún momento las sentiremos, y que la clave está en “positivizarlas”.
Acabo de notar que “positiva” es uno de los adjetivos que Karla se dio a sí misma y esto comienza a cobrar sentido.
Y es que “negativizarlas” siempre nos traerá peores resultados. Hagamos un ejercicio con cada una de las emociones que acabo de mencionar y entenderemos un poco mejor esta situación.

  • La alegría desde lo positivo se convierte en motivación, pero desde lo negativo puede hacerlo en euforia.
  • La ira desde lo positivo, al igual que la alegría nos empuja a la motivación, pero desde el lado contrario nos puede llevar a la destrucción.
  • La tristeza nos puede causar depresión, pero si le damos un carácter positivo nos puede llevar a la reflexión.
  • Y finalizamos con el miedo, ese que nos paraliza, pero que si le damos la vuelta nos puede llevar a ser más organizados y preventivos.

Voy a dejar el tema de la Imagen y el Poder hasta acá porque desmenuzar estas teorías da para escribir un montón de libros. Y solo me quedaré con una de sus combinaciones: “vivir a dos emociones” y es así como vive la protagonista de hoy, entre la alegría y el miedo. Si algún día quieren saber lo que resulta de la combinación de las emociones desde el punto de vista de las teorías de la imagen y el poder, me avisan y se los cuento.
Como lo que está a la vista no necesita anteojos, si conoces a Karla habrás notado que su emoción predominante es la primera que mencioné (la alegría), esa le brota por los poros cuando habla, cuando baila y cuando la vemos en sus historias de Instagram cantando en su carro mientras va al trabajo.
La segunda no la comparte con muchos, y fue la que me quiso contar. Algo completamente normal porque no es que a uno le encante gritar a los cuatro vientos sus vulnerabilidades, o lo que se traduce en un vocabulario más común sus “inseguridades”.
A Karla no solo le encanta la vida, sino que la disfruta y la goza. Quizá esa sea la razón por la que le teme tanto a la muerte. Y como a la vida le encanta ponernos enfrente las cosas que más nos incomodan (quizá para que aprendamos algo de ello y lo “positivicemos”), el primer encuentro que Karla tuvo con ella (con la muerte) fue durante unas vacaciones del mes de julio en Maracaibo (porque ya vivía en Bogotá).
Antes de contar el episodio me tomé la tarea de investigar si había alguna causa raíz de su miedo y aunque no logré llegar al punto exacto, pude comprobar que no es algo nuevo, “desde pequeñita ha sido un poco nerviosa, pero al mismo tiempo decidida a enfrentarse a situaciones adversas. Cuando su papá se tardaba en llegar a casa, ella lo esperaba paradita junto al ventanal de la sala hasta verlo llegar y cuando entraba al apartamento le reclamaba el por qué había llegado tarde”, cuenta la mujer que más la conoce y la admira a montones: su mamá. Mientras tanto a su papá -el primer hombre al que amó en su vida- no le quedó otra que complacer su petición de comenzar a llegar más temprano.
Un día cualquiera en 2013 (unos cuantos años más tarde de aquellos tiempos en los que esperaba a papá en el ventanal) su mamá le pidió el favor de que bajara a abrirle la puerta a una amiga que acababa de llegar a visitarla. Para los que no son de Venezuela, allá lo más común es que esa tarea (la de abrir la puerta) quede en manos de cada quien. No todos los edificios tienen vigilantes o celadores (como prefieran llamarlo) y en los que los hay, están prácticamente de adorno porque tienen prohibido portar armas. Si a esto le sumamos el ingrediente del desperfecto en los intercomunicadores o citófonos (como prefieran llamarlo) las bajadas a abrir a los visitantes se convierten en una bomba de tiempo para tu seguridad personal.
Fue así como atendiendo la petición de su mamá, puso su celular sobre la mesa, salió del apartamento y bajó las escaleras (no es asidua a usar el ascensor). Al llegar a la planta baja o primer piso (como prefieran llamarlo) abrió la primera puerta del edificio -para llegar al destino final y abrirle a la señora aún le faltaba una reja- y desde ese punto notó que algo raro sucedía, por una parte, la amiga de la mamá estaba tras la segunda reja (aún afuera del edificio) casi petrificada; por otra, el vigilante se encontraba pegado de la pared (como quien se está escondiendo) que estaba justo al lado de esa reja.
Siguió caminando hasta que vio entre los barrotes el cañón de una pistola que desde su perspectiva el orificio tenía las dimensiones del “gran agujero azul de Belice”.
Eso es lo que la mente puede hacer con nosotros ante una situación que nos produce pánico. Por suerte, todavía no conozco al primero que no le tema morir a manos de un delincuente. Y por supuesto que mucho menos a ella que disfruta tanto de su vida y que le encanta bailar.
Quedó paralizada mientras el malandro gritaba: “me lanzas la llave o te mato” y ella que tenía la dicha de no haber pasado por una situación similar con anterioridad y que siempre decía que el día que llegaran a atracarla lo iba a entregar todo, “hasta los zarcillos me los quito y se los lanzo así el malandro no se haya dado cuenta que son de oro”, me dijo.
Pero en esa oportunidad lo que lanzó fue el manojo de llaves que tenía en sus manos y salió corriendo hacia un pasillo que estaba a su mano izquierda sin saber si en ese lugar se salvaría o quedaría atrapada, porque no daba hacia ninguna salida del edificio sino al cuarto de breakers de la luz.
Mientras corría lo único que sentía era como la sangre que recorría su cuerpo en ese momento la iba quemando y su respiración se iba acelerando -síntomas de activación del mecanismo supervivencia -, así llegó al final del pasillo y comenzó a trepar una pared que la llevaría al techo del salón de fiesta o salón comunal (como prefieran llamarlo).
No fue la mejor decisión porque no pudo terminar de trepar la pared, al contrario, lo único que logró fue que le cayeran unos ladrillos encima y terminar con las rodillas rotas.
En medio del manojo de nervios en el que se había convertido escuchó de nuevo al malandro decir: “se escapó” y es que obviamente el “amigo de lo ajeno” lo que quería era que le abrieran la puerta para entrar al edificio y muy probablemente subir a su apartamento para cargar con todo lo que pudiera.
Y fue gracias a ese miedo -convertido hacia lo positivo en instinto de supervivencia- el que le dio la fuerza para escapar y hacerle creer al ladrón que no lograría su objetivo y ¡lo logró!, porque el hombre terminó yéndose.
Un rato más tarde cuando el silencio aturdía, salió del pasillo y golpeó la puerta (la única que había atravesado cuando bajó a abrirle a la señora) y un vecino que estaba por salir le abrió. Subió las escaleras (de nuevo no utilizó el ascensor) corriendo para contarle a su mamá lo que le había pasado.
Al llegar arriba notó que la pobre señora -la amiga de la mamá- se había quedado abajo porque ella finalmente nunca le abrió, además sin nada, porque a ella el ladrón si le había quitado todo mientras esperaba que le abrieran (antes del episodio de Karla y el cañón gigante).
Su mamá y su hermana menor terminaron bajando a abrirle la puerta para que finalmente la señora realizara la visita.
Los días sucesivos al episodio vinieron con la paranoia correspondiente del que vive una situación así, mientras que a Karla le tocó seguir con su vida normal y le quedó como aprendizaje no olvidar más nunca su celular, porque está convencida que de haberlo bajado habría podido usarlo para llamar a la policía o a su casa.
El segundo episodio que me contó también dio sus primeros asomos unos años atrás, como el de esperar a papá en el ventanal.
Otro día cualquiera estaba en su casa con unos compañeros del colegio, por alguna razón salieron y por supuesto que bajaron por el ascensor, el cual se detuvo por unos segundos (como pasa en muchos edificios), en cuanto el aparato se abrió, al más “chistosito” del grupo le dio por impedirle la salida a Karla, quien ante el desespero de verse atrapada en ese lugar su instinto de supervivencia le hizo darle un puño en la cara a su compañero. “Así descubrimos que sufría de claustrofobia”, me contó su mamá.
La misma claustrofobia que sintió el día del segundo cuento que me echó.
Un día cualquiera (insisto, en estos casos no importa la fecha), iba en un vuelo de Bogotá a Miami a pasar unas vacaciones con su esposo cuando aún no había nacido Rodri. Me cuenta que no es muy asidua a ir al baño en el avión porque ya su claustrofobia es un tema que tiene bien internalizado. Sin embargo, la necesidad fisiológica terminó siendo más fuerte que su miedo a entrar al baño y quedarse encerrada.
El vuelo demoró más de las 3 horas y media previstas; por exceso de tráfico en el aeropuerto de Miami no pudieron aterrizar y tuvieron que irse al aeropuerto más cercano. Una vez normalizada la situación el avión volvió a despegar retomando su rumbo inicial.
Los que temen a los aviones o al encierro, saben que este episodio ya era más que suficiente para que los nervios comenzaran a aflorar. Fue en ese momento, ya rumbo al aeropuerto de Miami que a Karla no le quedó otra opción que hacer lo que había dicho que no haría: ir al baño del avión.
Entró y pasó el seguro, algo normal para la mayoría de las personas, pero no para ella. En medio de la diligencia que había ido a hacer al baño comenzó una turbulencia, ella terminó con el número 1 (en realidad no le pregunté qué fue a hacer al baño porque es algo muy personal), subió su pantalón y se dispuso a abrir la puerta, lo cual no logró.
Con el segundo intento (de abrir la puerta) nuevamente la emoción del miedo se apoderó de ella, pero esta vez se fue hacia el lado negativo porque la paralizó, no fue capaz de abrir la puerta y en medio del vuelo, atrapada en el baño, comenzó a pedir auxilio a gritos, llamado que enseguida uno de los sobrecargos atendió.
Fue en ese momento, cuando el hombre intentaba abrir la puerta desde la parte de afuera y no pudo, que ella notó que la puerta tenía el seguro pasado y esa era la razón por la cual ni ella ni nadie más podría abrirla.
Quitó el seguro, abrió la puerta, salió y comenzó a caminar por el pasillo robándose las miradas de los pasajeros que habían escuchado los gritos que daba desde el baño y como en el episodio del robo la vida continuó y con ella las vacaciones.
Esas fueron las anécdotas que Karlita me contó esa tarde de lunes mientras Jorge hacia Escuela en Casa con Rodri y Santi. Y yo, que no le tengo miedo a los aviones, ni a los ascensores, pero sí a los ladrones, la entiendo perfectamente porque viví varios episodios de ataques de pánico mientras manejaba mi carrito japonés por las calles de Caracas, justamente después de haber visto un par de robos en la autopista en una misma semana y ¡ojo! no me dieron en ese preciso momento sino tiempo después, porque cualquier suceso traumático queda vagando en la mente el tiempo que le provoque.
Confieso que no hay peor sensación que sentir que vas a morir, porque aunque muchos crean que solo está en la mente, los impulsos que ella emite (la mente) se convierten en síntomas físicos como la taquicardia, la asfixia y la sudoración fría, por mencionar los más comunes.
Y la vida -esa que temes perder- te pasa por la cabeza en fracciones de segundos y aunque aún no te hayas ido -y en el 99.9% de las veces no te irás- comienzas a extrañar a los tuyos y a pensar qué será de sus vidas cuando tú ya no estés.
Así está hecha Karla (a dos o más emociones), así estamos hechas muchas mujeres que no vivimos solo por nosotras sino por nuestras familias y las personas que amamos. Estamos llenas de capas, amando desde las vísceras, costándonos entender eso de las tintas medias y sobre todo sorteando los miedos porque muy a pesar de ellos, seguimos intentando “comernos el mundo cada día”.
¡Feliz cumpleaños Karlita! ¡Que sigas irradiando alegría a todos los que rodeas y disfrutando la vida!
 

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Acerca del autor

Vanessa Elena Zambrano Moreno

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