Literatura

AMORES PONTIFICIOS ( capítulo II )



AMORES PONTIFICIOS ( capítulo II ) - Literatura

Aparecimos en un patio interior lleno de malas hierbas, árboles medio secos y arbustos. Parecía una selva en miniatura. Ella me hizo una señal para que la siguiera. La puerta estaba abierta y entramos a la casa. Todo estaba muy sucio y destrozado, dando la sensación de que allí hubiera estallado otra guerra mundial. Nos dirigimos a una de las habitaciones de la planta de arriba, y al entrar apareció de la nada un pequeño perro cojeando que empezó a lamerle la mano y la cara a Amalia. Yo me agaché a saludarlo, y parece que también le gusté, por qué no paraba de darme lengüetazos. Amalia lo había encontrado hacía algunos días en la calle, con la pierna herida, y ante la imposibilidad de llevarlo con ella, decidió dejarlo en esa casa para curarlo y darle de comer. Por lo que me contó, le había hecho un vendaje para inmovilizarle la pierna, y cada día le traía algo para comer. La verdad es que al animal se le veía bien alimentado. Amalia le quitó el vendaje, y tras este, apareció una herida que le ocupaba la parte inferior de la pierna, aunque se le veía bastante bien. Estaba prácticamente curado. Dos o tres días más y podría volver a correr como antes.

Cuando esté curado lo llevaré a casa -dijo ella girando la cabeza hacia mí.- Creo que puedo convencer a mi padre.

No le dije nada en ese momento. Me la quedé mirando fijamente y empecé a verla de manera diferente, aunque la verdad es que no entendía bien lo que pasaba. Allí estaba ella, un pequeño ángel de cabellos rubios y ojos azules cuidando de un pobre perrito. Por unos segundos me imaginé dentro de veinte años junto a Amalia, viviendo mil y una aventuras, los dos solos contra el mundo. Si algo me pasaba, ella podría curarme. De pronto volví a la realidad.

– ¡Hey Jorge, contesta! – dijo ella con tono impaciente. – ¿Te has enterado de lo que te he dicho?

– ¿Qué? – dije haciéndome el despistado como si Amalia hubiera podido ver o escuchar lo que estaba pensando. – No te he escuchado perdona. ¿Qué estabas diciendo?

– ¿Decía que, qué nombre le podemos poner?

– ¿Es que no tiene nombre?

– ¡Pues claro que no! – replicó Amalia con enfado. – Estaba esperando que se lo pusiéramos los dos. ¿En qué piensas, que estás tan despistado de repente? – dijo ella, sorprendiéndome su repentino cambio de tema y actitud al hacer la pregunta.

– ¡En nada, en nada! – dije poniéndome nervioso y seguramente hasta rojo.

– Seguro que estás pensando en ir a jugar a fútbol. ¿Crees que no me he dado cuenta cómo te parabas a mirar cuando hemos pasado por el descampado? Si quieres ir puedes irte, ya le pondré yo sola el nombre – dijo Amalia con voz triste.

– ¡No, no, no, era sobre los deberes! – dije disimulando perfectamente. – Es que en el último ejercicio de matemáticas creo que me he equivocado. ¿Qué resultado te ha salido a ti? –dije disimulando de nuevo, ya que sabía que lo tenía bien porque me había dado tiempo a repasarlo.

– Creo que 7347.

– Pues me ha dado exactamente el mismo resultado.

– Bueno. Entonces deja de preocuparte y vamos a pensar un nombre para el perro – dijo Amalia con semblante sereno.- ¿Qué se te ocurre a ti?

– ¿Pero…, que es, macho o hembra?

– Pues…, No lo sé.

La contestación de Amalia me hizo reír a carcajadas. Me imaginaba que le poníamos un nombre de chica a un macho o un nombre de chico a una hembra. Al principio Amalia me miró perpleja, pero acto seguido se puso a reír contagiada por mi risa y mis ojos llorosos. Miré al perro después de tumbarlo en el suelo. Era un macho. Después de un buen rato riendo empezamos a pensar nombres para el pobre animal.

¿Qué te parece Rufo? Estaría bien -dijo Amalia esperando que su opción fuera consensuada por mí.

– También podríamos ponerle Pontoni, como el delantero de San Lorenzo -dije yo.

– No. Nada de nombres de jugadores de fútbol. Pongámosle un nombre más original.

Estuvimos unos minutos en silencio pensando un nombre para el perro, que ahora estaba tumbado encima de Amalia con los ojos cerrados. No nos salía ningún nombre que nos gustara a los dos.

– Tengo una idea- dijo Amalia de repente. – Lo haremos a suerte. Si ganas tú eliges el nombre, y si lo hago yo escojo el que más me guste.

Elijo Rufo– dije sin pensar.

– ¿De verdad? – dijo Amalia sorprendida. – Pues si ese nombre lo había escogido yo.

– Te dejo que lo escojas tú el nombre -dije sonriendo.

– ¡Muchas gracias Jorge! – dijo mientras se lanzaba a darme un abrazo- Eres mi mejor amigo.

Después me dio un beso en la mejilla y gritó:

– ¡A partir de ahora te llamarás Rufo!

Al perro pareció gustarle, porqué al ver a Amalia de pie gritando su nuevo nombre, se puso a ladrar y a dar saltos como loco. Nos pusimos a reír viendo los malabarismos que hacía el perro. Luego, pasado un buen rato llegó la hora de irse a casa antes de que oscureciera. Como la casa de Amalia quedaba antes que la mía, nos despedimos allí mismo hasta el día siguiente en la escuela. Cuando llegué a casa no le dije nada a mis padres del perro, ya que Amalia me había prometido guardar el secreto hasta que Rufo no estuviera bien del todo. Cené con mi padre y mis tres hermanos pequeños. Mamá tenía que comer por dos, ya que estábamos esperando otro miembro en la familia. Como mis hermanos eran más pequeños y no entendían mucho de fútbol estuve hablando un poco con papá de cómo se presentaba el partido de esa semana. El Rival era complicado ya que se enfrentaban a Boca Junior en campo rival. A pesar de eso, todas las esperanzas estaban puestas en nuestro delantero estrella, que para aquel partido llegaba en plena forma. Después de cenar me lavé los dientes, recé mis oraciones y me metí en la cama. Aunque me notaba cansado no podía dormirme. Algo no dejaba de darme vueltas en la cabeza; Amalia. Allí, en la casa abandonada mientras le revisaba el vendaje a aquel perro, una nueva sensación me invadió el cuerpo. Era como si por primera vez no hubiera visto a Amalia como una simple amiga. Ya no la veía como a Diego, Felipe, Eduardo, o los demás chicos del barrio, así como tampoco veía a las otras chicas tan interesantes y guapas como Amalia. El abrazo y el beso que me había dado hacía apenas unas pocas horas habían removido algo en mi interior. Cada vez que pensaba en ella me ponía nervioso, a pesar de no tenerla delante. ¿Cómo actuaría al verla por la mañana en el colegio? ¿Lo notaría ella? ¿Se sentiría ella así? Después de un buen rato dando vueltas a mi cabecilla nerviosa, caí rendido a los brazos de Morfeo.

– ¡Venga Jorge despierta que llegarás tarde a clase! – dijo mi madre estirando la sabana para que no me metiera debajo de ella. – Tus hermanos ya han salido hace rato.

Me levanté como el rayo. Me vestí y me dirigí a toda prisa a la cocina. Tomé un vaso de leche de un trago y cogí un pedazo de pan y una onza de chocolate para comérmela durante el camino. La verdad es que tenía el colegio a menos de doscientos metros en dirección contraria a donde se encontraba el descampado, y el tiempo suficiente para llegar a la hora al inicio de la clase, así que me comí el pan con chocolate tranquilamente mientras caminaba.

Al llegar al colegio estaba Amalia esperando en la puerta.

– Acuérdate de lo de esta tarde. Rufo nos espera después de clase. Quedamos en el descampado a las cinco en punto– y acto seguido se dio la vuelta y se fue corriendo hacia su clase.

Era viernes y las horas pasaban eternas esperando el fin de semana. Yo me sentaba al lado de Leo, un muchacho rubio y regordete muy simpático. Su padre era muy amigo del mío, y muchas veces habíamos coincidido en reuniones y en el campo de fútbol. Alguna que otra vez, se había venido conmigo a jugar a fútbol al descampado, aunque lo que más le gustaba eran los aviones. Siempre decía que de grande sería piloto, pero no sé si lo consiguió, ya que hace muchos años que le perdí la pista. Me pasé todo el viernes pensando en todo el rato que pasaríamos a solas Amalia y yo. Por fin sonó el timbre y la hora de finalizar las clases, y lo mejor de todo era que el maestro ese día no nos puso deberes. Lo único que pidió fue que repasáramos todo lo que habíamos hecho hasta ahora.

Me fui corriendo a casa. Todavía quedaba una hora antes de las cinco. Mi padre estaba en el trabajo, y mi madre estaba haciendo las tareas del hogar, así que le dije a mamá que me iba a jugar un rato a fútbol. Llegué al descampado y ya había algunos chicos jugando, y entre ellos Felipe, que pasaba más rato en el descampado jugando al fútbol que en su propia casa. Cuando Amalia llegara ya me vería.

¡¡¡Heeeeyyy Jorgeee!!!¡Ya he llegaaadooo! -gritó con todas sus fuerzas Amalia para que la escuchara en medio del griterío que se formaba cuando todos a la vez pedíamos que nos pasaran el balón.

Me despedí de los muchachos y me dirigí a donde estaba Amalia. Algunos chicos un poco más grandes que yo empezaron a reírse, y a decir no sé qué sobre Amalia. Más tarde me di cuenta de lo que estaban hablando. Llegué a donde estaba ella.

– ¿Que hacías jugando al fútbol? – dijo ella un poco enfadada.

– No quería llegar tarde y he venido una hora antes, así que mientras esperaba a que vinieras me he puesto a jugar con Felipe y los demás.

Aceptó sin rechistar mi contestación, y nos dirigimos a la casa abandonada a darle de comer a Rufo. Yo había guardado en una bolsa que tenía escondida en la mochila, todas las sobras de carne de la comida del comedor del colegio, y Amalia le había traído unos trozos de salami y restos de pollo y conejo. Entramos a la casa, y al vernos venir, Rufo nos saludó llenándonos de babas. Nos miramos y nos echamos a reír como hacíamos de costumbre. Rufo también parecía reír.

Estuvimos un buen rato con el perro. Cojeaba menos que el día anterior. Mientras Amalia daba de comer a Rufo volví a quedarme embobado mirándola. Sentía la misma extraña sensación que el día anterior, algo que sobrepasaba la amistad tal y como la había contemplado hasta hacía unos días. Su cuerpo se estaba transformando, entendiendo las risas de los chicos más mayores unos minutos antes. Se estaba convirtiendo en una mujercita, a pesar de que todavía éramos unos niños. Ella también me miraba con otros ojos, o eso era lo que yo intuía. Desde hacía unas cuantas semanas, ya no pasaba tanto tiempo con sus amigas prefiriendo pasarlo conmigo. A mí me pasaba exactamente igual, y hasta había dejado de jugar al fútbol con los demás muchachos por pasar más tiempo junto a ella. Al principio, ni el uno ni el otro sabíamos el porqué, aunque con el paso de los meses empezamos a darnos cuenta.

Después de dos días más, Rufo tenía la pierna en perfectas condiciones, y tras largas negociaciones con sus padres, Amalia los había convencido para poder quedárselo, con la condición de que tendría que dormir en el patio. Amalia aceptó, ya que su padre le prometió construirle en un par o tres de días una casita para que no pasara frio ni se mojara cuando lloviese. Así pasaron los meses en nuestro barrio, y Amalia y yo cada vez pasábamos más tiempo juntos. Prácticamente solo nos separábamos a la hora de hacer clase, ya que no íbamos a la misma. Todos los días después de clase nos íbamos al descampado a jugar con Rufo. Le tirábamos palos y piedras para que las fuese a buscar, y aunque la mayoría de veces nos las traía para que se la volviéramos a lanzar, cuando estaba muy cansado se apartaba de nosotros y se tumbaba mordisqueando lo que le habíamos lanzado.

Dos años pasaron desde que Amalia descubrió a Rufo y decidió contármelo. Dos años desde ese día en que descubrí que Amalia era más que una amiga, que era alguien especial en mi vida. Más de una vez me había imaginado como sería pasar el resto de mi vida junto a ella, y a medida que me hacía más mayor, entendía cada vez mejor todos esos nuevos sentimientos que iban aflorando en mi interior.

CONTINUARÁ ………….

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miquelangelo

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