Literatura

Anthony – Segunda Parte

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Anthony – Segunda Parte - Literatura

Las horas habían transcurrido con Anthony allí, acostado en una dura camilla e invadido por una manguera que excretaba sus líquidos hacia una bolsa, sin que disminuyera el edema en su cuerpo. Su padre lo acompañó hasta que estuvo dormido y se retiró  a casa para cuidar sus otros hijos.

Después de escuchar los argumentos de mi compañero, traté de calmarme y poner en orden mis ideas para empezar a redactar la historia médica. Volví a la sala y vi al muchacho sentado, recién bañado, comiendo sonriente un plato de sopa que le habían llevado las enfermeras. Lo saludé para iniciar una conversación con él y sus respuestas eran como las de un niño emocionado que come su plato de comida favorita: Dotora dame más sopa, quiero sopa, dotora. Le mandamos a pedir otro plato de comida a la cocina para complacerlo y ayudarlo.

Le entregaron una taza con avena – comida de hospital público – y la comía con emoción mientras yo empezaba a redactar un borrador para la historia clínica con la poca información que tenía. De pronto, se abrió por la puerta y apareció un hombre mayor, de unos sesenta años tal vez, tenía una apariencia tan tosca y descuidada que molestaba un poco a la vista. El hombre se acercó a Anthony con total indiferencia, sosteniendo en sus manos un envase transparente que dejaba ver un líquido oscuro con unos cuantos granos y vegetales en su interior, nadando en el fluido como peces desconcertados, se lo entregó y obtuvo del inocente muchacho una sonrisa tremenda.

  • ¡Papiiii, me trajiste caraooota!

Fue tanta su emoción que hizo a un lado el plato de avena y empezó a comer con alegría lo que le había entregado su padre. En ese momento sentí pena por todas las veces que me he quejado de lo que tengo, cuando hay quienes son felices con un caldo de caraotas. Vi la sonrisa en el rostro de una enfermera, ella me devolvió la mirada: hay muchos tipos de amores, me dijo. Y pensé: es cierto.

Me acerqué al padre de Anthony para obtener la información que debía vaciar en el formato de la historia médica y me sorprendí más de cuán dura puede ser la vida con algunas personas. Podría parecer absurdo, se sabe que existen todas estas situaciones y que es algo real, pero toca más las fibras tener contacto directo con un caso asi.

Hacían tres meses la madre del joven había fallecido, por algo que ellos entendía. La habían llevado a un centro médico para tratar de ayudarla, tenía poco más de siete días sin poder evacuar y su abdomen era tan distendido y duro como el de un sapo, tanto que su piel parecía haberse adelgazado dejando ver la red venosa a través de ella. Se asustaron cuando empezó a vomitar, era tan nauseabundo el olor y la apariencia, que parecía que las heces habían olvidado el camino para salir del cuerpo y habían decidido que la boca era una buena puerta para ello. Al llegar al hospital les pidieron catéteres, macrogoteros, compresas, jeringas, analgésicos, antibióticos: una lista de mercado inalcanzable para ellos.

Servicio Social asumió el caso y contactaron al hospital de referencia para que la paciente fuera intervenida, canalizaron la ambulancia para el traslado, pero fue en vano. En el camino, la camilla de la ambulancia se convirtió en la Mesa de Morgagni.

Algunos meses después de la muerte de su madre el padre empezó a notar que Anthony había perdido mucho peso, pero que luego su cara había empezado a verse más redonda, su cuello, sus tobillos, y perdió cuidado. Se preocupó nuevamente cuando vio que en la zona baja de la espalda y a ambos lados de la cadera le habían aparecido úlceras, pensando en lo que había sufrido su esposa, empezó a curarlas con plantas “medicinales” y en vista de no obtener resultados después de tanto tiempo, se decidió por llevarlo al hospital.

En Venezuela, una forma coloquial de llamar a la comida en general es “papa”, expresiones como ¡Quiero papiar! o ¿Está lista la papa? son comunes en las zonas más rurales de nuestro país. Es por eso que para el diagnóstico de este “niño grande” no hacen falta muchos términos técnicos, él simplemente sufría de “Hipopapemia”.  Así como muchas personas se ven afectadas por una situación económica difícil, él era una de ellas, y esto ya estaba haciendo estragos en su salud.

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Acerca del autor

Francheska Herrera Marvez

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