Literatura

Apuntes de un escritor perturbado 2



Apuntes de un escritor perturbado 2 - Literatura

Que otra persona haya ganado el concurso literario en el que participé me provoca una punzada maligna. ¿Quién es el tipo que me arrebató el premio? Tanta preparación, tanto esfuerzo para que se desvanezca en un segundo. Mi lado oscuro me dice que el concurso estaba arreglado. Y la tarde, al menos la tarde se pavonea agradable, me hace sentir un poco menos enojado, a pesar de que hay una tormenta en mi hígado.

Bernabé hace una pausa, retira la vista del cuaderno y mira por la ventana, como si deseara asir las palabras que vendrán. En cambio, se distrae con el edificio de al lado y mira la parte descarapelada, roída, donde se asoman ladrillos y escurren marcas de moho: el mismo sitio, la misma unidad habitacional de hace años, la misma panorámica que es todo en su vida pero es nada respecto a sus deseos. Sabe que el tiempo avanza, que la vida se va y, sin embargo, es el mismo instante siempre, repetitivo, eterno, semejante a un parpadeo mundano. Y no hace nada para cambiarlo.

Vuelve al cuaderno. Escribe.

Nunca he ganado un maldito concurso. He participado más de veinte veces y todo acaba con un frío agradecimiento por mi participación. Y lo peor, he leído el trabajo de los ganadores y la mayoría de las veces considero que mis escritos son mejores. Tal vez hay una gran verdad en este secreto a voces: es mejor estar relacionado que tener talento. Y vaya que me faltan relaciones, soy un ermitaño sin remedio. Y también tengo mucho orgullo, ¿por qué he de lamer suelas?

Saca un cigarrillo sin desearlo. Lo enciende. Otra acción repetitiva, como si quisiera llenar el vacío de sus días. Escribe otra vez.

Desde hace años estoy resignado a no vivir de la literatura. Es una herida que ha cicatrizado lenta, dolorosamente. No es fácil que las alas de la juventud se caigan a pedazos. Y no solo en mis anhelos literarios, también en otros aspectos me he ido desmoronando sin remedio: como en el amor, por ejemplo. El camino tortuoso de las relaciones de pareja me ha orillado a buscar trayectos más fáciles: como pagar por el placer.

Bocanada de humo. Dedos tamborileando sobre la mesa. Otra mirada al edificio contiguo: los ladrillos, el moho. Esta vez Bernabé recorre la vista hacia abajo: el pequeño parque, los columpios gastados, las porterías oxidadas.

Recuerdos, ideas, palabras.

Vuelve al cuaderno.

Por cierto, empecé estas líneas con el único afán de desahogar el enojo, la impotencia y la frustración de no haber ganado el concurso. Bueno, ni siquiera de haber sido seleccionado entre los mejores veinte. No sé qué pasará el día que vea esa antología en los estantes de las librerías. Seguramente todas las emociones negativas aparecerán igual que hoy, acaso más punzantes. Y la voz, la voz de mi otro yo me dirá “ahí tenías que estar tú, pero te robaron… otra vez”. Y mi primer yo me dirá que me falta talento, esfuerzo, aprendizaje, que me falta humildad y debo aceptar la derrota. Empecé estas líneas, decía, porque desde hace mucho tiempo la psicóloga me sugirió este método para depurar mis emociones. “Depurar”, esa palabra que tanto usa. Y cada vez que lo siento necesario, depuro; después, quemo todo. Es una actividad que con el paso del tiempo se me antoja un ritual místico. Sin embargo, hoy las palabras han rebasado la extensión común. Es demasiado lo que tengo entre la espada y la pared: ese pecho, esa garganta, ese yo entero en el que palpita tanta podredumbre. ¿Por qué la vida es a veces (casi siempre) tan difícil? ¿O seré yo quien ve todo negro?

Bernabé se denomina escritor en toda la extensión de la palabra, pero en el fondo, se sabe una bestia lastimada por su primera madre: la vida. Sus andanzas están colmadas de frustraciones, miedos y postergaciones. Siempre responde con euforia a la primera idea que quiere realizar, luego la abandona. Piensa que no es tan brillante como en un principio lo pensó. Y cuando mira hacia el pasado, el panorama es lastimoso. Huellas vacías, huecos inamovibles, un sendero más oscuro por exceso de letargo que por falta de luz.

(Continuará)

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