Literatura

Aquella Mujer

Aquella Mujer - Literatura

La vida estaba fuera de aquellos cristales: Franco comenzaba su agonía, mi familia quedaba allá a lo lejos, y la universidad era solo una matrícula y una voz al teléfono que me anunciaba exámenes a los que casi nunca podía acudir. Ese espacio claustrofóbico era una furgoneta de cómicos. En su interior yo me abstraía del paisaje, de mis propios compañeros de aventura, y me enfrascaba en la lectura de mis queridos libros, en el pozo de mis propios recuerdos. En ese viaje a ninguna parte, como digo, la vida y las relaciones humanas sucedían, como en algunos hospitales, detrás de un muro de vidrio infranqueable.

La compañía llegó a Ávila una noche de hace una eternidad. Reparto rutinario de habitaciones, y otra vez la soledad como compañera. El hotel, situado en el centro de la ciudad, era cómodo y, en algún sentido, aristocrático. Una dependencia repleta de sofás y de sillones desvencijados estaba presidida por una chimenea que recuerdo encendida y confortable después del frío y la oscuridad de los caminos recién transitados. Al poco rato mis compañeros estaban descansando y el hambre, aliado con el aburrimiento, condujeron mis pasos hacia un comedor de blancos manteles y una sola persona cenando: una mujer de espaldas, con una melena rubia que se desvanecía armónicamente por su espalda.

“Buenas noches”, me dijo volviéndose, sonriéndome con una enorme e inesperada dulzura. Tuve la sensación de que me estaba esperando y recuerdo que tuve algo así como un sentimiento de miedo a la muerte. «Creo que el comedor ya ha cerrado, pero intentaré mover mis influencias”, bromeó. 

“No sabe usted lo que se lo agradezco. Tengo un apetito inmenso”, mentí. 

Era una mujer muy mayor pero bellísima, con una extraordinaria elegancia natural. Su acento delató desde el primer momento su procedencia. “Argentina es un país hermoso, pero en el que no es nada fácil vivir. ¿La vida de actor interesante? ¿No se cansa usted de viajar tanto? ¿Cómo se encuentra el teatro en este país?”. Preguntas que me hizo mucho más tarde de que hubiera arreglado lo de mi cena y que me hubiera invitado a compartir su propia mesa. Eran unas natillas excelentes que en cierta medida compensaban los anteriores componentes de una cena apresurada y cocinada demasiado rápido por personas que querían retirarse a descansar. Aquella hermosa mujer hablaba y hablaba. Yo la escuchaba embobado, saboreaba sus silencios, sus miradas interiores. En el pequeño ambiente de nuestra recién iniciada relación se había cargado de una sensualidad tan evidente como condenada al fracaso. Jamás me he enamorado de alguien mayor que yo. Quiero decir que esa fue la única vez en mi vida que me ocurrió.

Nos despedimos: “Buenas noches, Roberto. Mañana iré a verte al teatro”.

No volví a verla nunca. Se desvaneció de la misma manera con que había aparecido. Pregunté por ella en recepción. ¿”Una mujer argentina? No hemos tenido recientemente ninguna huésped argentina, señor ”. 

“No es posible”, le contesté y me dije a mí mismo. Las bromas de mis compañeros me sonaron esta vez como una pesada carga que ya no estaba dispuesto a soportar más. Al poco dejé la compañía y abandoné el teatro como actor profesional. Franco se murió sin grandeza alguna, terminé la carrera y tuve una relación sentimental que me absorbió por completo. Sin embargo, la turbadora imagen de aquella enigmática mujer sé que me acompañará mientras viva. 

Ocurrió más o menos así.

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LUCRECIO

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