Literatura

Aquellos años



Aquellos años - Literatura

La primera vez que vi una, supe que era eso lo que quería. Cada noche antes de dormir imaginaba que la poseía hasta que el sueño me vencía dejándome con una sonrisa en los labios. En una ocasión la dibujé de memoria, en un papel sucio que había encontrado en la calle y con un trozo de carbón que recogí por la mañana de las cenizas de la estufa de casa. Lo puse con mucho orgullo en la pared de mi pequeño cuartucho sobre el cabecero destartalado de mi pequeña cama. Y allí continuó mucho tiempo arrasado por la melancolía del vendaval de mis deseos.
Anduve desde entonces por calles y parques después de clase, cuando el sol lucía alegre en el cielo como un infante juguetón entre nubes blancas que lo mimaban jugando con él al escondite; era tan hermoso caminar buscándola. ¿A dónde podría decir hoy que no llegué en mi anhelo por verla? Carreteras, caminos, senderos y veredas recorrí y la pintaba sobre la tierra con una varita como evocándola, para creer más allá de los sueños en la locura de tenerla.
Miraba las postales en los escaparates de las librerías, caminaba entre edificios desconocidos al otro lado de la ciudad, atravesaba pequeñas callejas en sombra; lugares mágicos que antes nunca había visto.
Todo el verano lo pasé persiguiéndola, intentando verla una vez más. Perdí mi sonrisa en su persecución, y lloré muchas tardes de tormenta mirando por la ventana y viendo cómo el agua caía arruinando mi ilusión. Leía libros donde hablaban de ella, donde la describían tal como yo la recordaba. Donde otros disfrutaban de tan grato momento al poder tocarla, usarla, viajar con ella. Yo volaba desde el tercer piso de mi casa, sin alas, sin globos ni cometas; recorría las calles de mi pueblo, las calles de mi país las calles del mundo entero, mientras la acariciaba con amor y adoración. Aunque todo esto no fuera más allá de las cuatro esquinas de mi habitación.
Jamás olvidaré aquellos días, en alguna ocasión se desprendieron de sus ruedas, pero siempre volvían para vestirme de niño otra vez y a la hora exacta de mi primer recuerdo. No sé cuántas horas perdí pedaleando kilómetros vacíos, en noches oscuras, ni cuántas lunas dejé atrás a la carrera en un intento desesperado por recorrer un metro más. Llamé a la puerta de la felicidad sólo para salir corriendo, porque era un juego, porque no era real. Y cuando aquel papel con su dibujo en carbón negro cayó en mis manos años más tarde, vi mi inocencia absurda y tonta, y las ansias y la sed y mis lágrimas sinceras. Porque todo eso había sido la única realidad entonces.
Cómo dolió en ese momento llorar por lo que un recuerdo traía a mi memoria, por la candidez y simpleza del candor de un niño pequeño, por el silencio que la noche filtraba por mi ventana, por aquellos veranos que desde las ramas de los árboles me susurraban momentos mágicos que yo disfrutaba como nunca más después he podido hacerlo. Enloquecí de placer ante la fantasía a la que daba vida, aquella que significó probar alegrías sólo por crecer montado siempre en aquella soñada bicicleta. Hoy lo revivo aquí, con mi elegante coche de alta gama aparcado frente a mi impresionante casa. Hoy, que quizás lloro por lo que perdí y no podré recuperar a pesar de mi dinero. La infancia.

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Aicrag

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