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Arenas Movedizas



Arenas Movedizas - Literatura

Un día del año 1996, el novelista Alex Garland, publicó la novela The Beach. Un extenso libro que gira en torno a una isla escondida en Tailandia, donde el argumento de sus páginas, se basa en la figura de un joven británico que tiene la posibilidad de llegar a ese paraíso encantado.
En el 2000, Danny Boyle, retomó su relato para dirigir una película con el mismo nombre. No fue una más de tantas. Su repercusión provocó un éxito descomunal en las taquillas, tanto como lo había sido Trainspotting, el famoso film que había dirigido tan solo cuatro años antes.
La trama comenzó en un hostel tailandés, cuando un lunático llamado Daffy, le dio el mapa de un destino secreto a Richard, luego se suicidó y Richard, que es interpretado por Leonardo Di Caprio, fue a descubrir lo que se escondía detrás de la maltrecha hoja.
El principio y el fin de casi todo. Nadie se imaginaba que allí se comenzó a gestar el gran golpe a la naturaleza de la isla Phi Phi. La película terminó arruinando su propio escenario. Después de que el tsunami del 2004 se llevó los daños ocasionados por la producción, el turismo asfixió la playa hasta quitarle toda su virginidad. El lugar perdió el anonimato de años y sufrió la voracidad del ser humano, que todo lo quiere, todo lo arruina.
Los corales se murieron por el arribo de miles de embarcaciones con turistas en busca de selfies. El lugar, que fue un misterio, ahora es el modelo del mundo gracias a los incontables flashes que insisten en retratar lo que alguna vez vieron los ojos de Boyle.
A miles de kilómetros de distancia, el mismo día que se cumplió 18 años del estreno de la película, llegué a Coyhaique. En la plaza conocí a Eric y a su novia, ellos también buscaban un espacio tranquilo para armar una carpa dentro de una de las ciudades más ruidosas del sur de Chile. En el momento de más incertidumbre nos cruzamos con un argentino nacido en Mar del Plata, toda una hermosa coincidencia. Nos recomendó un lugar tan tranquilo como tenebroso, el cementerio. Él nos enseñó que detrás de donde duermen los muertos, también descansan los vivos, los que andan con poca plata o los que simplemente quieren mojarse los pies de adrenalina.
Con el río de la ciudad como testigo, les expliqué que tenía ganas de llegar hasta la Isla de Chiloé, al escuchar mi deseo, Eric, que tenía un acento de varias partes del continente, me retrucó que debía llenarme los ojos en la playa de Cole-Cole. Era la perla de la isla, la más bonita y la menos conocida. Nunca lo olvidé. El día que nos despedimos le prometí que iba a comprobar su belleza, aunque realmente no estaba tan seguro.
Unos días más tarde, en Chonchi, mientras comía unos fideos faltos de sabor escuché a una chica indicarle a su amigo donde quedaba el lugar con su dedo índice sobre un mapa arrugado por el agua. En ese momento, mis ojos se posaron en el plato, pero mis oídos en sus palabras para intentar fantasear con las sensaciones que ella describía. Cuando terminó la larga explicación no le entregó el mapa.
La localidad de Cucao fue la última parada antes de saber si iba a Cole-Cole. Mis pensamientos me susurraban que debía aprovechar las cartas que me tiraba la ruta. Estaba a montón de pasos de convertirme en un prototipo barato del Di Caprio hollywoodense, para poder aventurarme a lo desconocido donde las garras del mundo todavía no han llegado…por ahora.

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BrunoKbe

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