Literatura

Aulo De Libermontium.

Aulo De Libermontium. - Literatura

La primera envestida tronó en la tierra tan fuerte, que temblaron hasta los cimientos del palacio de los dioses. Los enemigos combatían con descomunal fuerza, pero nosotros también lo hacíamos. A mi lado, Perce, blandía su enorme espada con magistral destreza, mientras yo, intentaba derribar a los enemigos que salían a mi encuentro. Perce, el veterano pero fornido guerrero, me lo había enseñado todo desde que me adoptó como hijo propio, después de que mis padres fueran asesinados por las hordas Golkars, las cuales ahora combatíamos. Comandados por el príncipe Erick, resistíamos las envestidas una y otra vez. Los sanguinarios Golkars eran más, pero el deber de defender nuestra patria y nuestra mejor formación militar nos hacía tan eficaces como diez de esas bestias sin cabeza. Nuestros hogares, nuestras mujeres, hijos, familia, así como todas las gentes de Libermontium estaban en juego.
La batalla no tenía un claro vencedor. Los Golkars parecían multiplicarse, y los cadáveres de esos monstruos sedientos de sangre se sobreponían unos a otros en el terreno polvoriento, dificultando de esa manera el avance de cualquiera de las dos formaciones. El príncipe Erick luchaba en primera línea, demostrando su valentía e infundiéndonos valor para continuar combatiendo sin ningún temor. Si nuestro líder combatía con la fuerza de los dioses, nosotros, bravos guerreros de Libermontium, lo seguiríamos hasta la victoria o la muerte. Los Golkars comenzaron a recular. Perce rebanó la cabeza a un enemigo con un poderoso mandoble, mientras yo clavaba mi espada en el pecho de otro, ensartándolo como un pincho de pollo. Perce seguía acabando con sus oponentes, amontonando cadáveres a su alrededor, mientras yo me defendía lo mejor que podía, peleando con toda mi furia. De repente, un cuerno de guerra Golkar llamaba a la retirada. Las bestias Golkars huían. ¡Habíamos vencido!

En ese momento, un escalofrió recorrió mi columna, dejándome inmóvil por unos segundos. Perce se había girado hacia mí. Su rostro mostraba una sonrisa de satisfacción, mientras sus ojos estaban a punto de estallar en unas lágrimas que no llegarían. Una herida preocupantemente profunda le recorría todo el lado izquierdo de su cuerpo, emergiendo su sangre a través de la junta de su peto metálico. A duras penas podía mantenerse en pie. Corrí rápidamente hacia él, lográndole sujetar antes de que cayera al suelo.

-¡Hemos ganado amigo!-dijo Perce con gesto tranquilo; aunque se estaba esforzando terriblemente por mantenerse erguido, su rostro no reflejaba ninguna mueca de dolor. – Libermontium está a salvo.

– Sí. Hemos ganado maestro- le contesté aguantando las lágrimas.- Volveremos a casa y te pondrás bien. Ya lo verás Perce.

– No hijo. Mi tiempo acaba aquí. Dentro de poco me reuniré con mi mujer y con mi hija. Cuando vea a tus padres les contaré que te has convertido en todo un hombre. Un valiente guerrero digno de las hazañas más increíbles. Recuerda una cosa Aulo; Nunca olvides quien eres.

Estas fueron sus últimas palabras. Luego, se desvaneció en mis brazos con el gesto sereno y sonriente. Nos fundimos en un último abrazo. “Perce tendrá un funeral como se merece un gran guerrero. Recibirá todos los honores”, pensaba mientras abrazaba el cadáver de mi padre adoptivo, amigo y maestro. El príncipe Erick, que había presenciado toda la escena se encontraba detrás de mí. Yo no me percaté de su presencia hasta que no me puso la mano en el hombro derecho y habló:

-Perce era un valiente y gran guerrero. Leal desde hace años a mi padre y a todo el reino de Libermontium. Su espíritu descansa ahora en el palacio de los dioses, bebiendo y festejando con legendarios guerreros, y hermosas ninfas. Además, seguro que en estos momentos está feliz de volverse a encontrar con su familia y viejos amigos perdidos desde hacía años. Tus padres por ejemplo. Aunque nosotros no los veamos, estoy convencido que estarán muy orgullosos de su valiente hijo, el audaz Aulo.

El príncipe Erick se despidió para organizar la recogida de nuestros hombres caídos y socorrer a los heridos, pero no sin antes hacerme un gesto fraternal. En ese instante me levanté, me sequé las lágrimas y contemplé la pavorosa escena que se habría ante mis ojos, y en la cual se había convertido el campo de batalla. El sonido del silencio resonó dulcemente en mi corazón; todo era bello, a pesar del amargo hedor que había dejado la muerte a su paso.

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miquelangelo

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