Humor

¡Ay, hombre de poca fe!

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¡Ay, hombre de poca fe! - Humor

Esta historia trata sobre  un cura tradicional, ya viejuno, de  sotana y alzacuellos, delgaducho, de abundante pelo blanco cubierto por una boina –de las de rabito-, estirado en las formas, muy correcto en el trato, con un ligero problema en la pierna derecha que le provocaba una leve cojera –se apoyaba en un bastón- y estaba un poco «teniente» del oído derecho. Le gustaba frecuentar a la hora del desayuno –más bien el almuerzo, entre las 11 y las 12 del mediodía- el bar que mi amadísima y yo regentábamos hace unos años.

 

Cuando llegaba al establecimiento y antes de saludar ni decir buenos días, dirigía sus pasos, cortitos, hacia la esquina de la barra donde se encontraba un expositor refrigerado con varias bandejas de suculentas tapitas. Una vez apoyado en el mostrador de mármol, saludaba:

 

– Buenos días, esbozaba con una voz débil, una medio sonrisa y en un tono amable y muy bajito.

– Buenos días, Páter, ¿qué le apetece desayunar hoy?, yo le contestaba.

 

Echaba un somero vistazo a todos los manjares con los ojos muy abiertos y la boca salivando, entonces,  encargaba su pedido. Una cerveza sin alcohol o un café con leche o un vasito de vino, según los días, y luego su tapa… oreja, callos, revuelto de setas o gulas, choricillos a la sidra, tortilla de patata –con cebolla-, ensaladilla rusa… variaba según su apetencia. Hecho esto, se dirigía a una mesa, donde depositaba su bastón y su boina –de rabito-, dejando al aire su blanca pelambrera. Mientras llegaba su almuerzo, visita al lavabo, una meadita y lavado de manos, volvía a mesa puesta y daba buena cuenta de su pitanza, como era habitual en él, sin pan y con un apetito inusitado en un tipo tan delgado. Una vez finiquitado, se levantaba de la mesa, recogía sus bártulos y se acercaba a pagar a la barra. Tenía por costumbre dejar unos céntimos de propina. Era siempre igual, una auténtica liturgia.

 

Pero hete aquí, apareció el Páter un día por la puerta y dirigiose al expositor, que en ese momento se encontraba vacío por algún motivo que no llego a recordar.

 

– Buenos días, Páter, ¿qué le apetece para almorzar hoy?, le pregunté.

 

Descolocado e indeciso por la falta de viandas en la vitrina, se fue a mirar el mostrador de la bollería que estaba al otro lado de la barra.

 

Un café con leche y un cruasán, me pidió.

 

Pero Páter, le repliqué, – ¿No le apetece una tapita de las que toma usted habitualmente?

 

– Si, pero como no las veo, he creído que no había.

 

– Pues si que estamos «apañaos», llevan ustedes más de dos mil años vendiéndonos la idea de creer en cosas como la resurrección, la Santísima Trinidad, la reencarnación o la mismísima existencia de Dios…  que no lo vea, no significa que no exista, esa es la idea o como lo dirían ustedes «haga un acto de fe» y pregúntele al pastor (camarero), que soy yo. Es más fácil que yo le prepare su tapa que ver a Cristo.

 

Un parroquiano allí presente tuvo que volver la cabeza y mi amadísima correr a esconderse en la cocina a reírse de forma totalmente descontrolada, incluso se le escapó un pis, mientras, el Páter, me tiraba una mirada que de ser mortal, no estaría yo aquí para escribir esto.

 

Pero para cabezón, él y por sus «santos webos»  terminó desayunando su café con leche con cruasán.

 

Aún hoy recordamos esta conversación y nos reímos  juntos, reconoce que pensó, -¡Qué cabrón!, como me ha pillado.

-Con la Iglesia hemos topado,  fue lo que pensé yo.

 

AntxonMari (mayo 2018)

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