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Viajes y ocio

Ayer Por Mí, Hoy Por Vos

Ayer Por Mí, Hoy Por Vos - Viajes y ocio

Cuando el meridiano del día te abraza sobre la banquina de una ruta, se van a descubrir varias cosas. Los sentimientos aflorarán como las rosas en primavera. La calidad de la imagen aumentará considerablemente. Es el momento donde se muestra una sonrisa intachable al que está por venir, que maneja inmutable hacia su destino.
En Tres Arroyos. O cerca de la ciudad. Más bien, en el peaje, estaba yo. Nunca pensé lo que se venía cuando le hice dedo a una Peugeot, cargada de cosas como pocas. En ese momento, el pulgar se volvió tímido y no se levantó con tanta voracidad como lo había hecho antes. Lo que no sabía era que el conductor portaba un alma viajera, porque a diferencia de todos los que habían pasado antes, él se detuvo al costado de la ruta.
—¿Vas para Bahía Blanca? —Le pregunté, cuando abrí la puerta antes de subir.
—Sí, acomodate como puedas. —Respondió y movió unos papeles que estaban a su lado.
Me abalancé sobre el asiento con la pesada mochila entre medio de los dos. Como si fuese un límite fronterizo. No buscaba posiciones cómodas, porque mi sentido común me decía que no iba mucho más lejos de la gran ciudad. Pero me sorprendió, cuando en cuestión de minutos, me retrucó que su destino final era Zapala. ¡Bingo!, mi viaje al sur, cerca, tan cerca como nunca antes.
Era el sueño que tuve antes de salir de casa. Viajaba con Fabián, el mismo nombre que mi viejo. En una camioneta idéntica a la que alguna vez supe manejar en el campo. Un contexto familiar, dentro de un escenario nuevo, porque no tenía registros fílmicos de aquellos lugares.
Vidrios bajos. Sin estéreo, solo las caricias del viento en las orejas. Unos puchos baratos arriba del tablero. El calor era extenuante sobre los asientos de cuero, una invitación para viajar sin remera, pero la idea era rápidamente desestimada cuando imaginaba el amor pegadizo entre la piel y el tapizado del siglo pasado En Morteros compramos para hacer unos sándwiches. Mayonesa, salame, paleta, queso, pan, y aún más cosas se esparcían por todos lados. Era el viaje. Era lo que vine a buscar, lo que tanto leí desde mi casa y ahora no había protagonistas ajenos, era yo, gracias a Fabián.
Cuando la noche nos miraba con ganas de entrar en el relato, nos detuvimos en Villa Regina. Luego de dar varias vueltas por la ciudad, encontramos un taller para reparar las luces de atrás que no funcionaban. El mecánico cuando le contamos la odisea, se interesó demasiado mientras nos miraba como dos bichos raros. Nos dio agua fresca y nos deseó un buen viaje.
En Arroyito, quedaban dos horas para llegar a Zapala, pero estábamos abatidos. El día había sido un plato de esos que saboreas, que le pasas el pan al plato hasta verlo blanco reluciente como lo era antes de la comida. Pero como todo buen plato, las ganas de seguir se quedan con las últimas migas. La rendición final se consumó con unas milanesas con papas y una Quilmes bien helada.
Salimos del paraje rutero y acampamos atrás de una estación de servicio. Fabián se mimetizó conmigo, fue un mochilero más.
—Vos frenaste para llevarme, en el momento donde los rayos golpeaban más fuerte en la frente y yo te estoy dando un un espacio de mi carpa, cuando cerras los ojos lejos de tu casa. Es como esa frase popular, pero al revés, sería un “Ayer por mi, hoy por vos”. — Le dije sonriendo cuando pusimos las estacas a a la carpa.
La luz asomó entre nubes ennegrecidas junto con un viento refrescante, el último tramo era un canto al placer. El sur estaba más cerca, sin dudas. La despedida fue en la rotonda de Zapala, él siguió para Chos Malal y yo para San Martín. Siempre me quedó pendiente una foto con él, no sé porque nunca se la pedí, quizás por la misma timidez que tuvo aquel dedo cuando se levantó al ver su camioneta cargada. Hoy me arrepiento, pero enseguida pienso que quedó algo más importante, que es el recuerdo y este relato que lo hice para él.

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BrunoKbe

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