Literatura

Bibliotecas Para Salvar La Ciudad

Bibliotecas Para Salvar La Ciudad - Literatura

Si de algo me he convencido en esta vida, ha sido el aceptar de manera consciente y reflexiva que, de no haber sido por aquella bendita y melancólica biblioteca en la sala de mi infancia y el contenido propicio de sus elementales libros, que permanecían allí como mundos extraños esperando a ser descubiertos, definitivamente otro hubiera sido mi destino. Y es debido a aquel triste poema de amor que, una noche de esas, entre lámparas y mecheros, apesadumbrado leí recostado sobre mi almohada, para luego caer en un hondo y placentero sueño, en cuyos reflujos pervivían difusos, el cariño y la atención que con ansias yo buscaba.  Muchas veces, libros de ciencias, de historias o algunos poemas, fueron para mí en esas épocas de curioso aislamiento, oportuna compañía. De otra manera, no hubiera sobrevivido a tanta soledad.

Las raramente prestigiosas bibliotecas de la primaria y secundaria, fueron siempre para mí, espacios personales en cuya esencia atemporal de sus libros, me sumergía de inmediato y, como no podía retirar fácilmente los volúmenes, sin proponérmelo, inventé mi propio sistema visual para leer rápido, casi volando, desplazando la cabeza y los ojos con una eficiente disciplina mecánica. Así, febril y emocionado, lograba leer más historias en menos tiempo.

A lo largo de los años y en mi irrefrenable instinto de buscar libros, he visitado muchas bibliotecas y lugares de libros en general. La Biblioteca Nacional del Perú y la Biblioteca “Pedro Zulen” de la Universidad Mayor de San Marcos, nombrada así en honor al padre de Bibliotecología en el Perú, han sido las que más me han impresionado por su relevancia e historia, pero sobre todo por su tamaño. Imagino y caigo en éxtasis pensando que en todos esos libros está todo lo que necesito para vencer mi empedernida ignorancia. Pero también recuerdo con melancolía los viejos libreros con volúmenes a un nuevo sol del Centro de Lima, en cuyas torres de textos y revistas, podías hallar verdaderas joyas del conocimiento. Nunca tuve el suficiente cash como para comprar más de un libro en cada una de mis visitas. A veces me quedé sin poder comprar alguno. Así, cargando libros, terminé haciendo más pesado mi maletín o mochila en cada periplo. Mi vida entonces se asoció desde sus íntimas fibras a todas aquellas historias y poemas que, mal que bien, sin siquiera advertirlo, me estaban preparando para un mejor (o peor) momento.

El mote neocolonial de “Cuna de la cultura del oriente peruano”, que le han endilgado muy amablemente a Moyobamba, hoy no parece ser más que un anacrónico cliché que ha ido diluyéndose con los años, y que en muchas ocasiones en la que queremos destacar como notables del valle del Alto Mayo, nos sale de la boca sin remedio, para acto seguido, no saber si reír o llorar. Probablemente alguna vez fuimos liderados por visionarios prohombres que, de verdad trabajaron y se sacrificaron por la educación integral y la cultura de esta región, logrando labrarse un nombre y dejando para Moyobamba un legado importantísimo, hoy casi en el olvido. Esos prohombres, esos denodados sacrificios, hoy  son escasos.  Basta con darse una vuelta por las redes sociales para observar con vergüenza ajena, las constantes metidas de pata de la gente que se presume seria y con opiniones relevantes, y no queda otra que reconocer que hemos caído en el infame limbo de la desinformación de masas y el conformismo comunitario. Pero eso no es todo. Incluso habiéndose promovido, de forma pero audaz pero intermitente, eventos de cariz cultural en estos últimos años por parte de los gestores culturales de la ciudad, como las Ferias de Libro, Encuentros de artistas y escritores, la inauguración de una nueva Biblioteca para la ciudad, además de una variedad de celebraciones culturales inherentes a nuestra cuatricentenaria tradición colonial-amazónica, no ha sido suficiente. Además atendiendo a los últimos y positivos cometarios sobre el desarrollo literario de la región, por parte del reconocido consultor y escritor amazónico Roger Rumrill, enquistadas aún sobreviven factores que se oponen a aquella realidad ideal.  Este mes de noviembre en cuyo décimo día se celebró el “Día de la Biblioteca Escolar” tal y como lo indica nuestro calendario cívico, coincidí a la hora del almuerzo con una curtida y empeñosa maestra del colegio Ignacia Velásquez, a quien le pregunté curioso sobre si hubo alguna mención especial sobre ese día en general o por lo menos en las aulas. Mirándome con sorpresa y hasta con cierta incomodidad, me dijo: “En serio que no sabía nada, pero aunque lo hubiéramos sabido, hubiera sido un día como cualquiera”.

Desconozco la funcionalidad y utilidad que actualmente tienen las bibliotecas de los colegios moyobambinos (también institutos superiores y universidades), si aún funcionan como espacios privilegiados para la investigación y consulta de los alumnos (y profesores), o si solamente fungen como precarios almacenes de libros llenos de polvo y de olvido, donde solo van los alumnos rebeldes y proscritos a una suerte de calabozo provisional, y donde de paso, los encargados suelen agotados auxiliares de educación, sin capacitación alguna, en el país último en rankings educativos, que no han vuelto a leer un libro desde que fue obligatorio para ellos. En la época de la tecnología digital, los bibliotecarios y alumnos sí leen las apps más complejas en sus celulares, pero ni idea de libros y de autores.

Pero si menciono a las bibliotecas públicas en Moyobamba, mi dedo presiona otra llaga de donde sale más pus. Ambientes lúgubres, ausencia de luz propicia para la lectura, mobiliario con la resistencia de una galleta, sistemas de ventilación nulos o averiados, y lo más penoso, personal encargado de las bibliotecas que no saben guiar a los usuarios adecuadamente, abusando del maltrato, y quienes presos de desidia e indiferencia hace siglos que no le pasan un plumero de cariño a sus libros en custodia. En una de ellas se puede apreciar con estupor, rumas de libros regados en el piso a merced de la humedad, los ácaros y otros bichos, y en otra te encontrarás con un pseudobibliotecario a cada paso que des, constituyendo aquel un singular escenario donde en una biblioteca permanecen más trabadores asignados que lectores comprometidos.

¿Qué tan relevante es la educación de calidad y cultura en esta ciudad?, ¿Por qué la bibliotecas públicas han sido abandonadas por las autoridades encargadas?, ¿Acaso existirá algún plan de alto nivel para rescatar y revalorar estos centros de estudio, como la integración de la tecnología como elemento estratégico?, Tú amigo lector, que has leído atentamente cientos de posts y memes en Facebook, ¿Has leído algún libro útil este 2018 que ya termina?, ¿ Será que podemos hacer algo antes que estas bibliotecas también desaparezcan, como sucedió con la organizada, eficiente y desaparecida Biblioteca Edmundo Rice, que fue cambiada por tiendas de prendas de vestir de baja ralea? ¿Será nuestra generación capaz de hacer algo para que el término de Moyobamba cultural no solo sean palabras necias y vacías?. Hablemos del tema con fe y esperanzas, y solo el tiempo dirá si valió la pena tanto esfuerzo.

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Acerca del autor

Frank Donayre

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