Literatura

Borges y el nombre de la rosa



Borges y el nombre de la rosa - Literatura

Umberto Eco se inspiró en Jorge Luis Borges para crear uno de sus personajes de la novela El nombre de la rosa: el bibliotecario ciego Jorge. Borges, a su vez, fue un buscador del nombre de la rosa en su literatura. El gran escritor argentino se inició como ultraísta. Él mismo definió el movimiento, inspirado en el creacionismo de Vicente Huidobro, como: “tachadura de las frases medianeras, los nexos y adjetivos que consideran inútiles”. Esto llevó a que los poemas se construyeran como sucesión de metáforas llamativas o puras. Ejemplos son los conocidos poemas rojos, sobre la revolución rusa, como este:

La trinchera avanzada es en la estepa un barco al abordaje
con gallardetes de hurras
mediodías estallan en los ojos
Bajo estandartes de silencio pasan las muchedumbres
y el sol crucificado en los ponientes
se pluraliza en la vocinglería
de las torres del Kremlin.
El mar vendrá nadando a esos ejércitos
que envolverán sus torsos
en todas las praderas del continente.
En el cuerno salvaje de un arco iris
clamarán su gesta bayonetas
que portan en la punta las mañanas.
 
Una sucesión de metáforas no es apta para expresar pensamientos ni filosofar. Por eso volvió a la poesía tradicional con rima y métrica. Dijo que lo hizo porque se estaba quedando ciego y la rima le facilitaba recordar. Pasó el mismo proceso que describió el poeta mexicano Enrique González Martínez en su magnífico soneto: Mañana los poetas:
 
Mañana los poetas cantarán un divino
verso que no logramos entonar los de hoy;
nuevas constelaciones darán otro destino
a sus almas inquietas con un nuevo temblor.
Mañana los poetas seguirán su camino
absortos en ignota y extraña floración,
y al oír nuestro canto, con desdén repentino
echarán a los vientos nuestra vieja ilusión.
Y todo será inútil, y todo será en vano;
será el afán de siempre y el idéntico arcano
y la misma tiniebla dentro del corazón.
Y ante la eterna sombra que surge y se retira,
recogerán del polvo la abandonada lira
y cantarán con ella nuestra misma canción.
 
Uno de los poemas más filosóficos de Borges es El Golem, donde alude al diálogo de Platón, Cratilo. En las letras de rosa está la rosa. Es una vieja idea que hallamos en Shakespeare y en la que se inspira Umberto Eco para El nombre de la rosa. Esto dice Julieta a Romeo: “Acaso no eres tú mi enemigo. Es el nombre de Montesco, que llevas. ¿Y qué quiere decir Montesco? No es pie, ni mano, ni brazo, ni rostro, ni fragmento de la naturaleza humana. ¿Por qué no tomas otro nombre? La rosa no dejaría de ser rosa, tampoco dejaría de esparcir su aroma, aunque se llamara de otra manera. Asimismo mi adorado Romeo, pese a que tuviera otro nombre, conservaría todas las buenas cualidades de su alma, que no las tiene por herencia. Deja tu nombre, Romeo, y a cambio de tu nombre que no es cosa esencial, toma toda mi alma”. Para la heroína de Shakespeare, el nombre no tiene importancia, es arbitrario. En cambio, para Platón, si los nombres no expresan la esencia de las cosas, los juicios no expresan verdad alguna. Los cabalistas sostuvieron que los idiomas, nacidos de la confusión de lenguas de Babel, no expresan la verdad de las cosas, pero sí hubo un lenguaje perdido que las expresó, por eso se dedicaron a buscarlo. Esa búsqueda queda resumida magistralmente en El Golem, de Borges:
Si (como el griego afirma en el Cratilo) El nombre es arquetipo de la cosa, En las letras de rosa está la rosa y todo el Nilo en la palabra Nilo. Y, hecho de consonantes y vocales, habrá un terrible Nombre, que la esencia cifre de Dios y que la Omnipotencia guarde en letras y sílabas cabales. Adán y las estrellas lo supieron en el Jardín. La herrumbre del pecado (Dicen los cabalistas) lo ha borrado Y las generaciones lo perdieron. Los artificios y el candor del hombre no tienen fin. Sabemos que hubo un día en que el pueblo de Dios buscaba el Nombre en las vigilias de la judería. No a la manera de otras que una vaga Sombra insinúan en la vaga historia, Aún está verde y viva la memoria de Judá Leon, que era rabino en Praga. Sediento de saber lo que Dios sabe, Judá León se dio a permutaciones de letras y a complejas variaciones Y al fin pronunció el Nombre que es la Clave. La Puerta, el Eco, el Huésped y el Palacio, sobre un muñeco que con torpes manos labró, para enseñarle los arcanos de las Letras, del Tiempo y del Espacio…
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Acerca del autor

Luis Alberto Solórzano Sojo

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