Literatura

Caballo regalado



Caballo regalado - Literatura

Ninguno de mis colegas conoce los verdaderos problemas que tengo con la bebida. Nunca parezco estar ebrio, pero los errores que perpetro los identifico bien, habrían podido producirse sin estar bebido; aunque esta afirmación no sirve de disculpa, en el fondo me doy cuenta de que el aborrecimiento contra mí mismo me incita a beber todavía más. Tanto alcohol me deja atolondrado y torpe en mis reacciones, todos mis amigos lo pueden ver, pero incluso así lo ignoran porque creen que es culpa mía, que no les incumbe los errores ajenos.

Aún con la boca amarga, decido examinar mi rostro en el espejo para confirmar mi identidad. Tengo ojeras, legañas y el pelo engrasadamente desordenado; pero a grandes rasgos puedo afirmar que tengo el mismo careto. Por mi reflejo, deduzco que estoy decaído, pero solícito de tentaciones que alumbren los últimos destellos de mi juventud. Sin embargo, ante la propia incredulidad, saco la lengua buscando quizás una reacción repulsiva. Palpo luego la papada de este animal amancebado por el tedio, lo hago como si de verdad estimara ese símbolo excelso de mi buena vida. Mi ojo con legañas guiña una complicidad a mi aparente felicidad. Para acabar el espectáculo, examino los dientes a la vez que entrecierro los párpados.

Mis músculos faciales son los de un caballo regalado que se encabrita para golpear mi insondable insignificancia. Todos sus gestos son meras presunciones, simples mascaras cotidianas que acuartelan las realidades verdaderas. Este ensayo esta desquiciado por la indiferencia del sujeto pensante, él le obliga a languidecer en su absurdo. No obstante, mi faz desprende, cínicamente, una última sonrisa, después de ser lavada y antes de que apague la luz del espejo.

De regreso a mi lugar de descanso, y a la vez de guerra, pongo un albornoz sobre mi cuerpo propio pero ajeno. También ajusto la correa del reloj que me regalo mi madre hace un par de cumpleaños. Protegido del frío y de la perdida de tiempo, superviso de nuevo el sueño de Lucía. Que sea real o fingido importa poco. Lo mejor es dejarla tranquila para evitar que se dispare la representación de la víctima, agravada en su caso por la ingenuidad y confianza en un ser tan deleznable. Además de en su inocencia, últimamente está asentada en la presunción de que todo lo que yo intente está condenado al fracaso. Que no valgo nada en definitiva.

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Acerca del autor

Juan Carlos Pazos

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