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Canción triste del cabaret

Canción triste del cabaret - Sociedad

CANCIÓN TRISTE DEL CABARET

 

En los cabarets de todo el mundo comienza al espectáculo…

 

La gente ríe, bebe, aplaude,

se intoxica de una falsa alegría

que no proviene de ningún resquicio de alegría verdadera.

 

La alegría verdadera no existe en ninguna parte; es como una paloma negra con alas disecadas de la que todos hablan pero nadie ha visto. Y mucho menos en un cabaret en donde las palomas blancas y con alas grandes y hermosas tampoco pueden volar.

 

Es una euforia falsificada

y aumentada por la necesidad

de ser felices,

sin serlo.

 

En los cabarets,

se respira tristeza,

una tristeza profunda

que se refleja

en las miradas ausentes

de los propios artistas,

ocultos tras el color de la cara elegido para esa noche,

maquillados para no ser descubiertos

por las luces de colores

que subrayan su propia mentira.

 

Nada es verdad en el cabaret, excepto la tristeza infinita de las mesas y las sillas cuando se quedan a oscuras, cuando el espectáculo ha terminado y los ratones lo inundan todo con sus manchas de aceite y sus orillos desorientados por las luces recién apagadas.

 

En los camerinos se preparan los falsos felices

para componer su trampa. Es su trabajo y lo hacen bien.

 

El público olvida del mismo modo sus tristezas,

y su falsa alegría,

esa euforia impostada

por el alcohol

y la incertidumbre de la vida, acrecienta también el desconsuelo

que en el escenario asoma.

 

Los artistas lloran riendo en el escenario el drama de su propia insuficiencia. Nadie puede pagar el desconsuelo de los últimos días del mes. No hay prórrogas a la realidad de la que escapan.

 

Es un conjunto gris,

lleno de soledad

y muerte

y desesperanza.

 

Porque el verdadero amor

está fuera:

en la vida real.

Fuera del cabaret atroz

que a todos,

a la vez,

nos envenena.

 

Yo,

que no estoy ni arriba de la escena, ni en el patio de butacas,

ni en ese camerino con espejos

que reflejan miradas

que se ausentan,

pienso ahora en Buenos Aires,

en mi pobre madre enferma

en un triste hospital del extrarradio, en el amor de esa persona

que perdí sólo por mi culpa,

y soy una piedra sorda que no escucha la alegría falsa

de ese público que pagó una entrada,

ni esos aplausos vacíos,

como el aleteo de algunos pájaros enfermos,

y no adivina detrás de ningún maquillaje,

aunque la busque,

aunque en vano la busque,

la falsa alegría del artista,

sino su verdad profunda,

su amor verdadero,

su adiós definitivo,

su mirada sincera.

 

Tres, dos, uno… La función empieza y la paloma se esconde entre las alas carcomidas.

 

Otro día más. Otro día más… cuando el cabaret termina, público y artistas se dirigen a sus casas en filas abatidas y derrotadas. Nadie ganó una batalla contra la muerte, y nadie perdió ni un centímetro de desamparo.

 

 

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LUCRECIO

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