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Canciones De Escocia.

Canciones De Escocia. - Literatura

El día, amanecía invadido por una tensa e inquietante calma que se respiraba ahogante en su atmosfera, en toda la llanura de Bannockburn, al sur de Stirling, en Escocia. A pesar de que Robert de Bruce (Robert I), rey de todos los escoceses, y su homólogo, Eduardo II de Inglaterra habían acordado la firma de un tratado de paz en aquel bello paraje, la disposición de un gran ejército de más de veinte mil hombres por parte de los ingleses, hacía pensar lo contrario. Escocia disponía de apenas diez mil hombres, aunque esa inferioridad de dos a uno, no iba a hacer que se inclinaran ante el tirano rey inglés. Mientras los soldados de disponian para presenciar la farsa firma del tratado, preparaban todo lo necesario para un combate que se percibía ineludible, ya que ninguno de esos rudos y valientes hombres, se fiaba de las palabras del monarca inglés.
Robert, mandó llamar a sus generales, para que juntos, pudieran organizar el plan de batalla ante la inminente y nueva traición del rey de Inglaterra. Algunos de los nobles jefes de los clanes escoceses habían apoyado la rebelión desde el principio, otros, incorporados en el último instante, habían visto una oportunidad de mejoras en su estatus social tras la muerte del despiadado Eduardo I «el zanquilargo», padre del nuevo monarca. Eduardo II, era un incapaz estratega y un colérico cobarde en el campo de batalla, dejando toda la responsabilidad a sus generales; Todo lo contrario de lo que fue su padre.

El rey escocés, mucho más diestro en el arte militar que su adversario, disponía de buenos estrategas y curtidos guerreros entre sus generales, destacando por encima de todos dos de ellos. El primero, Hamish Campbell, un bonachón y corpulento guerrero, era el jefe de las milicias. Había servido junto a William Wallace, héroe y estandarte de la rebelión desde el principio. En 1305, tras la captura y ejecución de Wallace, se había puesto al mando de las milicias escocesas, uniéndose, junto a sus veteranos, de manera oficial a las tropas del rey Robert. El segundo de sus sobresalientes generales no era escocés, ni tan siquiera había nacido en las islas británicas. Se trataba de un extranjero, Pierre D’Aumont, un templario francés, huido del continente tras la persecución de la orden por parte del Papa Clemente V y del rey francés (Felipe IV) a principios de 1314. Después de la muerte del último gran maestre, Jacques de Molay, en marzo de ese mismo año, pidió refugio en la corte del rey escocés. Este, aceptó de buen grado su experiencia en tantas batallas, y D’Aumont, junto a ocho compañeros de la orden del temple, se unieron al rey Robert jurándole lealtad.

Tras la realización de un cuidadoso y detallado plan de batalla, los escoceses estaban listos para el choque. Ahora, solo quedaba esperar a la señal, y esta sería la inminente traición inglesa.
El calendario marcaba el 23 de junio del año 1314, y tras dos días de batallas, los aguerridos escoceses, derrotaron a las tropas inglesas, haciéndoles huir del campo de batalla. El rey Eduardo, al galope, huyó hacia el castillo de Dumbar (East Lothian), en la costa, y sobre las tres de la tarde del día 24, tomó un barco de regreso a Inglaterra.

Los escoceses estaban exultantes de alegría. Gritaban y se abrazaban en aquel campo cubierto de roja muerte. Algunos de aquellos guerreros, que minutos antes luchaban poseídos por el espíritu salvaje del dios de la guerra, lloraban como niños. No les importaba, pues por fin, y tras tanto sufrimiento, podían tocar con sus manos el suave y reconfortante calor que ofrece la libertad.

A pesar de la aplastante y humillante derrota del monarca inglés, Eduardo jamás lo reconoció en vida. Sería su propio hijo y sucesor al trono de Inglaterra, Eduardo III, en su primer año como rey, quien reconocería oficialmente los derechos de independencia de Escocia en 1328, haciendo un enorme esfuerzo de diplomacia tras las continuas demandas de los escoceses y del panorama político internacional del momento.
Ese día, todos los participantes en la batalla de Bannockburn que continuaban con vida, celebraron la noticia del reconocimiento oficial por parte de Inglaterra de la independencia de Escocia. Otra derrota de los ingleses por parte de las aguerridas gentes de Escocia. Hombres, mujeres y niños, salieron a la calle a celebrarlo, con grandes banquetes y grandes cantidades de cerveza y todo tipo de licores. Por todos los rincones de Escocia, se cantaron himnos de amor a la tierra y se rindieron grandes homenajes a los caídos en las batallas que habían llevado a esa gran jornada.

Robert de Bruce, a sus 53 años, enfermo y débil, recibió la noticia con alegría, pues ese reconocimiento era su deseo y su legado al pueblo escocés antes de morir. Algunos de sus sirvientes, años después, relataron, que esa misma noche, se le apareció en sueños el espíritu de William Wallace. El rey y el héroe escocés mantuvieron una larga conversación, dándole las gracias este último por haber conseguido la tan ansiada libertad para el pueblo de Escocia. A la mañana siguiente, entre lágrimas, el rey relató a sus más allegados la conversación mantenida con Wallace. Fue la segunda vez que vieron llorar al monarca escocés en público; la primera, fue tras la gran victoria en Bannockburn.

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miquelangelo

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