Humor

Capítulos 1 y 2 (Un cadáver exquisito)

Capítulos 1 y 2 (Un cadáver exquisito) - Humor
Capítulo 1.- ¡Glup!

 

Aquella tarde de verano en su chalet de Collado Mediano (un pueblo llamado así por no ser más grande), Pedro había estado viendo una antigua película, “Las verdes praderas” de José Luis Garci. Mitad despierto, mitad dormido (vencido por los gases del cocido), pudo ver el final, cuando la protagonista prende fuego al chalet –algo que le hubiera gustado hacer a su marido pero éste no se atrevía- al comprobar que la felicidad no estaba allí. El afán de triunfar, de ser un ejecutivo de éxito, llevó aparejado comprar ese chalet y aguantar todos los fines de semana al jefe, al compañero pelota de turno, a la suegra, al cuñado… no era esa la vida que habían soñado. “Igual que mi vida”, pensó Pedro, por eso tomó la decisión de hacer lo mismo que en la película, cortar por lo sano y quemar también ese chalet para sentirse libre. Su mujer había regresado antes con los niños en el otro coche, así que sólo quedaba él.

 

Antes de abandonar la urbanización pudo contemplar las primeras columnas de humo que salían por la ventana del salón. Entonces sonó el móvil.

– Hola, cariño, ya he recogido todo y salgo para casa. ¿Qué tal habéis llegado vosotros? -le dijo Pedro.

– ¿Cómo que ‘vosotros’? ¡Si yo he venido sola, los niños volvían contigo! -respondió Violeta, su mujer.

“Glup!” (se oyó tragar saliva a Pedro mientras se le encogía el estómago….).

 

 

Capítulo 2.- Gritar es un placer sensual

– Violeta… Violeta… como decía Jack el destripador, vayamos por partes.  ¡Por Dios!  ¿Me  estás  contando,  que  los niños no están contigooooo? ¡Seguro que los has vuelto a encerrar en la bodeguita del sótano, enganchados a la pleiesteision, como ya hiciste el 1 de mayo, para largarte al bingo con las pécoras de tus amigas del coro rociero! Pero… ¿no me habías jurado por la túnica morada del Cristo de Medinaceli, que no volverías a jugarte los pocos cuartos que nos quedan de la herencia del lelo de tu padre y que si lo volvías a hacer… que le cayera una bola de magma incandescente a la víbora de tu madre?

A estas alturas de la conversación, más bien monólogo, Pedro estaba alterado; muy alterado. Y cuando Pedro se alteraba, gritaba. Fuerte. Muy fuerte. Conseguía que el techo de su monovolumen familiar, retumbara más que el altavoz de una discoteca de tecno en un polígono de Valencia. Tan fuerte, que Toribio, el vigilante de la urbanización, que se encontraba a escasos metros del coche, en su garita de olor inclasificable, del susto del primer grito, se tragó de golpe casi la mitad del bocadillo de chopped que se estaba apretando en la merienda.

 

En los estertores y convulsiones producidos por la asfixia choppediana, pulsó el botón de emergencias del 112:

– 112. Dígame. ¿En que podemos ayudarle? -respondieron desde la centralita.

(Continuará…)

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