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Capítulos 11 y 12 (Un cadáver exquisito)

Capítulos 11 y 12 (Un cadáver exquisito) - Humor

Capítulo 11.- El Mantecas no tiene quién le escriba

 

Violeta estaba pasmada, y eso era raro en ella. Era una mujer de carácter, de fuerte carácter. Una López de la Manteca de toda la vida. Heredera de un mal genio que se remontaba al descubrimiento del río Amazonas, cuando Orellana nombró capitán a López, a secas… que por su crueldad en rebañar todo ser vivo que se le ponía delante de su espada, consiguió el apodo de El Mantecas.

Violeta era una mujer que hacía lo que quería, pero «dentro de un orden». Y eso no contemplaba perder a sus criaturas por el inútil de su marido. Le engañaba, sí. Se lo tenía bien empleado. Y con su jefe. El colmo.

 

 

Capítulo 12.- Aquí tengo…

 

“La pizza risueña”  era  llamada  así  porque  sobre todas las pizzas dibujaban con salsa de tomate unos ojitos y una sonrisa. Sin embargo, en la cuatro estaciones que había traído de regreso David parecía como si se hubiese producido un descarrilamiento con centenares de muertos. Como ahora era su jefe quien lo llamaba y no quería más broncas como la que le había dado el encargado, entregó ese amasijo a los niños y entró de nuevo al local, y así Pía dejó de piarlas y se puso a comer a dos carrillos igual que Edu.

 

Mientras tanto, Jacinto y Violeta no estaban para muchas “florituras”. Jacinto le informó que el chalet de Pedro estaba ardiendo; Violeta le dijo que no sabía dónde estaban los niños; él le dijo que  no sabía qué poner en el Sporting-Osasuna; ella le dijo que no sabía hacer calceta; él le dijo que no sabía afeitao esa mañana; ella le dijo que no sabía quién fue el primer escalador del Aconcagua… y así estuvieron más de dos segundos sin saber qué hacer hasta que Jacinto sacó un llavero que representaba una maceta con flores y le dijo:

– Aquí tengo las llaves del coche.

Entonces ella abrió su bolso y dijo:

– Aquí tengo un pintalabios.

– Aquí tengo un bolígrafo -dijo él.

– Aquí tengo una aspirina –añadió ella en su turno.

Y después de más de dos segundos, cuando hubieron vaciado su bolso y sus bolsillos, respectivamente, se dijeron mutuamente:

– ¿Y qué hacemos aquí? ¡Vámonos!

Y salieron a toda velocidad.

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