Humor

Capítulos 25 y 26 (Un cadáver exquisito)

Capítulos 25 y 26 (Un cadáver exquisito) - Humor

Capítulo 25.- El melón secreto

 

Los bomberos ya habían terminado su trabajo y le pidieron sus datos a Pedro –que se había quedado junto a ellos para entorpecer todo lo posible las tareas de extinción- pero los bomberos eran hábiles y consiguieron su objetivo. Ya antes de marcharse, lo interrogaron sutilmente para posteriores investigaciones:

–  ¿Cómo se llama? -preguntó un bombero.

– Bareta -respondió Pedro secamente (quería ser todo lo seco posible ya que eso favorece el fuego).

– Nombre de pila -le espetó el bombero.

– Duracell -citó Pedro.

– Oiga, que no estamos aquí de broma -se enfadó el bombero.

Y como Pedro vio que estaban de malos humos, dejó la ironía y contestó a sus preguntas.

 

Una vez se marcharon se dedicó a pasear por el jardín de Jacinto. Allí había restos de la tele de plasma y de algunos muebles que habían volado por los aires hasta aterrizar en el césped, ahora todo cubierto de ceniza. En esto su pie pisó un objeto rectangular, se agachó para recogerlo y vio que se trataba de un pequeño libro o agenda. A pesar de la suciedad reinante se veía en la portada la pegatina de unos melones. ¿Tendría eso algo que ver con la historia de Jacinto? Alguna vez le había escuchado historias sobre los melones y las extraordinarias cualidades del funguicida “Milgo E” fabricado por Zéneca Agro (ahora Syngenta) para combatir el oidio de un gran número de cucurbitáceas. Pedro no tenía oidio, pero sí odio hacia Jacinto, sin saber muy bien por qué, quizás por su prepotencia, o por esa manía de quitarle a Pedro una caspa imaginaria de su hombro cada vez que se encontraban.

Abrió con cuidado esa especie de agenda y cuál no sería su sorpresa al comprobar que toda ella estaba escrita. Había allí números muy largos, algo así como números de cuentas corrientes, resúmenes bancarios, teléfonos, nombres, datos de citas… tendría que investigar a fondo ese material, abrir ese “melón”, quizás allí encontrase algo que utilizar contra él…

Capítulo 26.- Todo a 100

 

Mientras Pedro empezaba a escudriñar “la libreta secreta” de Jacinto, David el repartidor de pizzas conducía su Vespino de cabeza a lo que sería seguramente “la madre de todas las broncas” con Andrea. Y la verdad, David estaba para aguantar poco.  Su  corazón  latía  como  una patata frita por los huesitos de Pía.

 

Andrea Canoli, el dueño de “La Pizza risueña”, era un auténtico superviviente. Su currículum laboral, más que risa, daba pena: legionario en Ceuta (encargado de la limpieza de la cabra mascota), vendedor a domicilio de la gran obra cumbre de la medicina natural “A la salud por el ajo y el limón”, camarero ocasional de bodas, bautizos y comuniones en los salones “Lady Chonchi”, temporero en la recogida de melones y sandías en algunas fincas manchegas, recauchutador de neumáticos de camión en Despeñaperros, bruja en “El tren de la bruja” en las ferias andaluzas, sparring del boxeador Poli Diaz… y pinche de cocina del carguero mercante de bandera italiana “Vesubio”, que hacía la ruta Shangai-Valencia, transportando los cientos de contenedores de artículos inauditos que llenan las tiendas de los chinos “Todo a 100”.

En este trabajo tuvo como jefe al cocinero Paolo Caronte, un viejo lobo de mar, que le enseño los secretos de la cocina italiana de clasificación gastronómica de 5 estrellas de la Mahou. Tres años pasó Andrea en el “Vesubio” donde, de tanto moverse por el trajín del oleaje, se le trastornó el hipotálamo, que le producía una mezcla de hormonas más parecidas a los restos de una sangría de fiesta de pueblo que a algo que pudiera generar el cuerpo humano.

 

Cuando le daba “el ataque”, Andrea se lanzaba a un contenedor chino y se dedicaba a leer las instrucciones de los productos, redactadas en ese idioma que los chinos creen que es español, hasta que dos marineros polacos de tamaño “armario de tres puertas con maletero”, podían reducirle y confinarle en el infecto cubículo que era su camarote compartido con un libanés albino, un ruso poeta, un hindú guarro donde los haya y un mono tití que había robado en una de las escalas en Alejandría.

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