Humor

Capítulos 33 y 34 (Un cadáver exquisito)

Capítulos 33 y 34 (Un cadáver exquisito) - Humor

Capítulo 33.- Del “arrugao” a la “plancha”

 

Eduvigis se había mostrado siempre superorgullosa de su sobrino favorito, Jacintillo, a quien colmaba de regalos desde su más tierna infancia y le consentía todos los caprichos sin que su marido, a quien todos conocían como el Arrugao dijese ni “mu”. Quizás por eso se había quedado con el mote del Arrugao, porque siempre se achantaba y obedecía ciegamente todo lo que decía (más bien ordenaba) Eduvigis. Eso sí, parecían una pareja feliz y siempre iban de la mano, incluso cuando se bañaban en la playa de Gandía. A la gente le sorprendía que el Arrugao se metiese siempre en el agua con un snorkel en la boca, aunque cuando el agua le había cubierto ya toda la cabeza y a Eduvigis aún le llegaba por el sobaco, comprendían el por qué. Cuestión de supervivencia.

Al cabo de unos años, el Arrugao murió todo liso cuando un camión de 16 toneladas que transportaba un cargamento de yunques le pasó por encima. Al ser tan bajito, al Arrugao  nunca  se le  caían las  cosas  sino  que  estas  saltaban hacia arriba y tenía que subirse a algún sitio para cogerlas. En esas estaba cuando el botón que se le había caído (o subido, según se mire) rodó hacia la carretera y allí corrió él sin que nadie percibiese nada (“creí que era un gato” diría después el conductor) y lo dejó tan planchado que no tuvieron ni que amortajarlo; simplemente le compraron un nuevo modelo de ataúd extraplano que algún loco diseñó y no había forma humana de venderlo (ese sí que fue un gran día para la funeraria).

La tía Eduvigis le dejó a Jacinto una habitación para que hiciese sus primeros negocios y después, cuando ella murió, le dejó todo en herencia, lo que cabreó sobremanera a sus otros primos que sólo recibieron un recordatorio mientras que el Enchufao –como llamaban a Jacinto en público (en privado lo llamaban de otras formas que por decoro no vamos a reproducir aquí)- se hizo con toda la herencia.

 

 

Capítulo 34.- Las cartas boca arriba

 

Violeta estaba acorralada, lo sabía, pero también sabía que si moría, moriría matando y eso quería decir, llevándose a Jacinto por delante. Cuando estuvo en la ambulancia con Jacinto, y le dio a Toribio el vaso con lo que se suponía era gaseosa -que luego resultó no serlo- se encargó de aderezarlo a su gusto. Como ella no sabía que el mejunje llevaba una mezcla de éxtasis y anís, le incluyó una dosis de estricnina que llevaba en el bolso para Mourinha, la gata de la vecina que estaba en celo y les estaba dando unas noches toledanas con tantos gatos como atraía y tantos maullidos.

Aquello fue lo que le provocó el fallo multiorgánico a Toribio dejándolo en estado vegetativo. Cierto que ella no era culpable del todo, puesto que presumiblemente, el infeliz la habría diñado igualmente con el lingotazo que se metió de aquel bebedizo, pero esto no lo sabía.  Toribio estaba pidiendo justicia a gritos desde el más allá -o el más acá- y a ella le estaban reventando los oídos. Eso sí, si la detenían, Jacinto pagaría con ella, no en vano había sido el «autor intelectual» de la operación. Toribio llevaba tiempo chantajeándoles y amenazaba con contar su romance en la intranet de la empresa con la ayuda de su sobrino, un hacker de primera fila, en un gesto claro de mala leche, encaminado únicamente a destrozar sus vidas. Y eso no lo podían consentir. Ninguno de ellos iba a aguantar las exigencias de una cucaracha como Toribio, así que como tal, la mataron.

¿Te ha gustado el artículo? ¡Valóralo!

0.00 - 0 votos
Cuanto más alta sea la valoración más visible será el artículo en portada.
¡Compártelo en las redes sociales!

Acerca del autor

Palabras Inefables

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.