Humor

Capítulos 35 y 36 (Un cadáver exquisito)



Capítulos 35 y 36 (Un cadáver exquisito) - Humor

Capítulo 35.- Adiós bocadillo, adiós

 

Lo que no podía sospechar Violeta era que, a fin de proporcionar a Toribio una muerte fulgurante, también le había vertido en el cóctel el contenido de un frasquito de Gramoxone (paraquat) que le había dado un amigo que tenía un amigo jardinero que era amigo del dueño de un vivero. Violeta pensaba utilizar ese herbicida para secar los hierbajos que crecían en el canalón del desagüe del tejado del chalet y que podrían obstruirlo. La etiqueta del Gramoxone lo decía bien claro: “seca cualquier hierba, en cualquier momento y en cualquier lugar” por lo que era ideal para esa labor de retoque que tanto gusta a los jardineros, y por supuesto, también para “secar” a ese guarda entrometido.

Pero lo que tampoco sabía Violeta era lo que decía la etiqueta del Gramoxone, un error común en todos los humanos que sólo acudimos al manual de instrucciones cuando llevamos dos o tres horas sin conseguir que funcione lo que hemos comprado. Pues bien, el principio activo de este herbicida, paraquat, al que con razón se ha llamado “el veneno sin antídoto”, contiene en su formulación un emético para que si alguien se lo bebe accidentalmente, vomite y así salga de su cuerpo ese líquido mortal. Eso fue lo que sucedió: el Gramoxone ingerido le provocó un vómito que hizo que saliese no sólo el  líquido  herbicida  sino también  todo  lo  demás, una trouppe de venenos a cual más mortal pero obstruidos todos por un tapón de pan y mortadela que se le había situado a la entrada del estómago.

Fue justo entonces cuando ella lo supo de boca del sargento Miñambres. Este la miró muy fijamente y le mostró un papel (sin dejar leérselo) al tiempo que decía:

– Ha tenido usted mucha suerte. No sabemus por qué –aún tardará en llegar el análisis toxicológicu- pero el guarda de la urbanización, el tal Toribio, no ha muertu. Está en cuidados intensivos y es posible que salga con vida de esta, aunque con el lavado de estómagu que le han hecho en la sala de urgencias, es posible que tenga que decir adiós a los peazu bocadillus de mortadela que se endilgaba tos los días.

 

 

Capítulo 36.- Una mujer de peso

 

David se dijo a sí mismo que tenía suerte de tener un jefe como el Sr. Canoli. No sólo no había entregado los dos últimos pedidos -pedidos fallidos- sino que además su media de reparto era con mucho la peor de todos los repartidores. Pese a todo, su jefe le mantenía en el puesto. A veces incluso, le hablaba con tono benévolo, explicándole la importancia de entregar los pedidos a tiempo porque la mozzarella fría se vuelve gomosa y no resulta agradable de masticar. En el fondo a David le recordaba al padre que nunca tuvo.

Y es que David se había criado huérfano de padre y, a pesar de los cuidados de su madre, tenía clavada esa espinita. Fermina Ruiz-Valdepeñas, más conocida como la Fermi en el pueblo, no siempre había sido una mujer amargada como ahora. Cuando era joven y trabajaba en la parcela vecina a la del Arrugao, la Fermi se esforzaba porque los melones de su abuelo, el Chepa, crecieran hermosos. Hermosos como ella, que a sus 18 añitos rondaba los 80 kg. muy bien puestos. Pero como dicen en La Mancha «la mujer, el melón y el queso, al peso»;  pues eso,  ella  valía  lo  que pesaba.   Quizá  por ese  exceso de peso, no se le notó el embarazo  los  primeros  meses.  «Estás

poniéndote redonda, chica», le decía el Chepa, pellizcándola cariñosamente.

Como no era capaz de darle ese disgusto a su abuelo, a partir del quinto mes se marchó a servir a Madrid, a casa de unos señores que les había recomendado la hermana del cuñado de una prima, así que el parentesco quedaba lejano para que en el pueblo se enteraran de nada. La Fermi nunca le dijo nada al padre del niño. Aquel chico, tan impulsivo como emprendedor, quería irse a los Estados Unidos a labrarse un futuro y ella no le retuvo. Era una mujer de honor y de principios, y consideraba que quien se casara con ella sería porque la amara de verdad, que para eso valía lo que pesaba, no porque estuviera embarazada y tuviera una obligación contraída. Un revolcón que tuvo consecuencias inesperadas, aunque Jacinto Monteperales nunca llegó a saberlo.

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