Humor

Capítulos 37 y 38 (Un cadáver exquisito)

Capítulos 37 y 38 (Un cadáver exquisito) - Humor

Capítulo 37.- En la cena de empresa siempre sirven algo caliente

 

Pero, aunque Toribio no estaba fiambre (nunca mejor dicho), la situación en el cuartelillo se estaba complicando para la pareja. No la de guardias civiles que también estaban discutiendo dentro de un calabozo, su nidito de amor, si irían este año de vacaciones a Marina D’Or (opción elegida por Manuela) o a hacer un trekking extreme hard total destroyer a las montañas del Atlas marroquí (opción de Enrique, claramente perdedora, sin más).

 

A los que se les estaba poniendo la cosa rara-rara eran Violeta y Jacinto. Éste no salía de su asombro, porque por una vez en su vida, él no era culpable del todo. Había sido un simple comentario en tono de broma lo de cargarse al vigilante. Jamás hubiera  pensado  que  Violeta  fuera  capaz  de  intentar matar a alguien exprofeso. Era una mujer de carácter, sí; malo, también;

mandona, a rabiar; pero sexy y pasional, como ninguna mujer que hubiera o hubiese tenido en sus brazos.

Es increíble como actúa el cerebro humano permitiendo evadirse de una realidad cochambrosa (la realidad era la sala de espera del cuartelillo, habitualmente guarrindonga), y transportarse a un pasado feliz. El día que Violeta y Jacinto se liaron, hacía de eso cinco años, fue en la fiesta de presentación de la nueva dirección del laboratorio Future Farma. Además coincidió en Navidad y celebraron de paso la cena de empresa. «A cótel in de ofis», como decía Sacarino, naturalmente el botones.

Violeta tenía 40 años (de carnet; en público 35), y estaba estupenda. La genética de los López de la Manteca siempre había sido agraciada con los suyos, pero con Violeta las curvas femeninas tenían carácter de vértigo. Llevaba 15 años casada con Pedro Bareta y hacía ya tiempo que había sacado la conclusión que se había equivocado. Era un panoli. No era el ganador que ella había querido. Un vendedor de laxantes, con éxito, pero de laxantes. Y además roncaba como un cachalote en celo. Impresionante. Pero el que sí tenía una áurea de “winner is” era Jacinto Monteperales. Cuando se lo presentó Pedro, casi en un acto de sumisión patético, sus miradas cruzaron destellos eléctricos.

Después de una conversación banal tipo cóctel, Pedro se disculpó diciendo que tenía que ausentarse para poder saludar y reverenciar al Dr. Teófilo Astilla, jefe de servicio de Medicina Interna del Hospital de Móstoles-Empanadilla, hospital de referencia en trastornos del cagar y otros menesteres análogos y proctológicos. Fue el momento que Jacinto aprovechó para mostrar a Violeta la nueva área de fabricación de Future Farma; una joya tecnológica e industrial con un ambiente de esterilidad total. Y en ese momento… solitaria.

A Violeta se le iba a salir el corazón del pecho. Era difícil, dadas las dimensiones mamarias. Dijo que sí, que naturalmente, encantada, que Pedro nunca le contaba nada del trabajo y que ella era un espíritu inquieto. Sí, sí… inquieto… Al llegar a la entrada Jacinto le contó pícaramente que tendrían que desnudarse para ponerse unas batas especiales para mantener la asepsia. Que no era necesario quitarse la ropa interior. Y Violeta entró en el vestuario y salió como si saliese del mismo “Lluvia de estrellas” (solo faltaba el humo), con un bata semitransparente que permitía contemplar perfectamente un conjunto de La Perla en raso negro, medias argentinas de rejilla sujetadas por ligueros, rematándolo con unos zapatos de tacón imposible Manolo Blanhik a juego. Y qué juego, señores… Cuando Jacinto vio ese portento solo pudo decir:

– Vamos a empezar viendo la centrifugadora…

– Vaya… ¿tienes una pistola en el bolsillo o es que te alegras de verme? –respondió Violeta.

Esta frase la había aprendido de una película de Mae West. Para estas cosas sirve la memoria selectiva.

 

 

Capítulo 38.- Nunca digas…

 

Violeta vio lo que vio… y ¡eta! pasó lo que tenía que pasar, eso sí, en un marco de completa esterilidad como era la sala de envasado de inyectables, tanta esterilidad que ni siquiera fue necesario usar preservativo.

 

Pero volviendo al momento actual, David el pizzero, que siempre llevaba en la oreja un lapicero aunque no era carpintero, sentía un gran afecto hacia su jefe, Andrea Canoli, el dueño de “La pizza risueña” y notaba que ese buen rollo era recíproco a pesar de que él nunca se distinguió por ser un buen empleado (pizzas que se estrellaban contra el suelo, retrasos innumerables, bajas por enfermedad por cualquier grano que le saliera, etc.).

Sin embargo sabía llevar a su jefe a pesar de las manías que tenía, como poner los envases de ingredientes por orden alfabético y con las etiquetas perfectamente alineadas o rascarse la barbilla cuando pensaba en algo.  Pero más extraño le resultaba que cada vez que abría su billetero se quedaba mirando su interior durante un largo tiempo y después de eso permanecía pensativo y silencioso durante muchos minutos.

Tanta era la curiosidad que eso le despertaba, que aquél día decidió aprovechar un descuido para investigar. Andrea, como todos los hombres, tenía la costumbre de llevarse el periódico al váter cuando iba a cagar. Como era un gran aficionado a la Fórmula 1 y Alonso había hecho una gran carrera, estaba seguro que la cagada de ese día se prolongaría todo lo que durase la lectura de las páginas deportivas. Así que aprovechó el momento y tan pronto se metió en el váter fue sigilosamente a coger su billetero, procurando que nadie lo descubriese puesto que podrían pensar que iba a robarle y nada más lejos de su imaginación.

Lo abrió y lo único que le llamó la atención fue una foto en blanco y negro de una chica. Siguió mirando y allí sólo había unos pocos billetes, un papel en el que ponía “Milgo E, etirimol, C11H19N3O” (lo cual le sonaba a chino y no era de extrañar porque al reverso se veía algo escrito en chino), unos recibos de haber pagado algo con tarjeta, unas tarjetas de crédito… y entonces David no dio crédito a lo que se le vino encima. Sintió un tremendo escalofrío por todo el cuerpo y un sudor helado comenzó a chorrearle por el rostro mientras volvía a mirar la foto ¡No podía ser! ¡No tenía sentido! Pero, cuanto más miraba la foto más se convencía de que aquella chica era su madre de joven, Fermina “La Reina de los Melones” como la llamaban en el pueblo aunque a ella no le hacía ninguna gracia. ¿Qué diantre hacía una foto de su madre en la billetera del jefe?

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