Humor

Capítulos 45 y 46 (Un cadáver exquisito)

Capítulos 45 y 46 (Un cadáver exquisito) - Humor

Capítulo 45.- Ron, ron, la botella de ron

 

La primera travesía que Andrea hizo en el carguero Shanghaitum fue una pesadilla. Él amaba el mar, pero para verlo no para ir dando botes dentro del O.F.N.I (Objeto Flotante No Identificado) que era ese barco. Además, le fueron encargadas las tareas más ingratas: dar de comer a los rottweiler del capitán que, del encabronamiento que tenían de estar siempre encerrados, solo pensaban en cómo zampárselo; ponerse en plena marejada en la proa con los brazos abiertos a hacer lo que después haría Di Caprio en «Titanic», porque al contramaestre le ponía tierno; engrasar las válvulas del motor cantando a lo Sara Montiel en «Los últimos de Filipinas», porque al jefe de máquinas, que era de Campos de Montiel le ponía «burro»; pelar en la cocina todas las patatas con la forma de la Catedral de Milán, porque el jefe de cocina estaba pensando atizarle con ella a algún primer ministro en el futuro… En definitiva, un auténtico rosario de excentricidades de las que sólo pudo librarse al simular que había cogido la sarna durante una parada en  Orán  (Argelia),  con  lo que consiguió que le dejasen abandonado a su suerte en Alejandría, donde hizo amistad con un tratante de alfombras persas al que le robó un mono tití en venganza por no pagarle la comisión en la venta de unos pastilleros que logró colocarles a unos turistas alemanes. Después pudo enrolarse en el barco de mercancías «Vesubio», donde eran todos más normales. Sólo tenían que, cuando los marineros bebían más ron de la cuenta, les daba por recitar a Dante de atrás para adelante.

 

 

Capítulo 46.- Sin escapatoria

 

Pero cuál no sería su sorpresa cuando -estando ya en plena travesía con el Vesubio- comprobó que ese barco también se dirigía a Shangai y llevaba más melones procedentes de la extraña plantación de Tomelloso, del terrateniente D. Jacinto Monteperales y su hijo Jacinto Monteperales Jr. Estaba condenado a trabajar siempre para los mismos amos y a estos, mientras él ayudase en las transacciones y en entretener a los chinos y a los aduaneros de los diferentes países para que no fisgasen demasiado, era suficiente. En su mente estaba conseguir una buena cantidad de dinero que le permitiera montar su propio negocio, una pizzería, y para ello necesitaba hacer méritos ante sus jefes.

 

La Fermi, mientras tanto, vivía en Madrid de las rentas de sus melonares y de su trabajo como sirvienta. Con el padre de su hijo, Jacinto Monteperales o Jacintillo (era casi de la misma edad) ya había desaparecido aquella complicidad de años atrás cuando se veían en el pueblo y él jugaba  a deshacerle los lazos de su vestido, entonces ella le perseguía y al final acaban abrazados… hasta que un día ese abrazó fue un poco más lejos. Pero Jacintillo no quería saber nada de compromisos y mucho menos con clases bajas, y además era muy voluble y tan pronto hubo catado el melón pensó que era tiempo de cambiar de menú.

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