Humor

Capítulos 53 y 54 (Un cadáver exquisito)

Capítulos 53 y 54 (Un cadáver exquisito) - Humor

Capítulo 53.- Donde cabe uno, caben dos

 

En el cuartelillo de Collado Mediano, también se estaba haciendo tarde. Ya había entrado la noche hacía unas cuantas horas. Violeta y Jacinto dormían apoyados el uno en el otro, espalda con espalda, en el incómodo banco de la sala de espera. Una de esas ocasiones en la que uno no sabe cómo ponerse, ahora con este lado del culo, ahora del otro, ahora estiro las piernas, qué pinchazo en los riñones, ahora se me ha dormido este pie, esto no hay dios que lo aguante, yo me quiero ir a mi casa… mi cama… teléeeefono.

Fue la guardia Manuela la que, a eso de las cuatro, se les acercó sigilosamente para decirles que se podrían ir a casa, hasta esperar el resultado de la operación a tripa o muerte de Toribio y con un tono marcial les gritó: “¡Se me sienten bien, coño!”. Del susto, Jacinto se escurrió del apoyo que tenía en la espalda de Violeta,  cayéndose de bruces contra el  suelo.  De la misma maniobra, Violeta se deslizó para atrás pegándose un buen golpe con el brazo del banco en toda la nuca, quedándose inconsciente, del tipo ese que se te cae la babita por la comisura. Jacinto se incorporó rápidamente al ver, según iba cayendo al suelo, el semejante hostión que se había metido su amante… e intentando despertarla dijo:

– ¿Tita… Tita… estás bien?… Tita… Tita… Pero ¿cómo se le ocurre mi guardia pegar semejante voz? Mire lo que ha conseguido… animal de bellotas.

– A mí no me llame animal de bellotas que le arreo con el envés un guarrazo que le pongo mirando a Cuenca -le respondió Manuela con un tono más bien chulesco.

– Pero si es que no se despierta… Tita… Tita…

Tita estaba out. Total.

– Pero… llamen a una ambulancia… ya mismo… -suplicaba Jacinto.

– Enrique, Quiqueeee, avisa al Hospital Central. Que le llevamos otra sujeta para allá. No esperamos a la ambulancia. Ya la acerco yo. A lío del montepío. ¡Que guerra nos están dando!

 

 

Capítulo 54.- La noche loca

 

Pedro quedó con Jaime a la salida del metro. Cuando se vieron se fundieron en un abrazo y le dijo Jaime:

– ¿Estás dispuesto a romper la noche como cuando éramos jóvenes y sin compromiso?

– ¡Vamos a por ellas! –respondió Pedro.

Entraron en el club y enseguida notó ese olor familiar que le traía recuerdos de noches locas de juventud, aunque ahora ya no olía a tabaco. Avanzó unos pasos por el suelo de madera y su vista se posó en ellas. Allí estaban. Eran preciosas. Pedro se acercó a la primera y posó su mano sobre ella para sentir ese contacto que tantas emociones traía a su memoria. La acarició y a continuación, ya dispuesto, la tomó entre sus manos y la lanzó con decisión.

– ¡Vaya, para ser mi primer lanzamiento después de tantos años sin jugar a los bolos no está nada mal! -gritó Pedro entusiasmado al ver como habían caído ocho bolos.

Y así pasaron la noche, Pedro y Jaime, jugando partida tras partida en aquella bolera del Club recreativo del centro comercial, hasta que tuvieron que marcharse porque ya era la hora del cierre. Se despidieron con una renovada sonrisa. Mañana habría que volver a trabajar y ya le diría él unas cuantas cosas a Violeta en cuando la viese.

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