Capítulos 55 y 56 (Un cadáver exquisito)

Capítulos 55 y 56 (Un cadáver exquisito) -

Capítulo 55.- Don de lenguas

 

Mientras tanto, Toribio se recuperaba de su post operatorio. Miró a toda la gente que tenía alrededor de su cama. No conocía a ninguno. Entonces habló:

– Cati…

– ¿Que ha dicho? -dijo Peláez aguzando el oído.

– Llamará a la enfermera -apuntó Miñambres.

– Cati… Catilina magno vir erat, sine re familiare, sine fide, sine spe.

– ¡Arrea! -gritó Miñambres- ¡Ha cantao! Ha dicho una cosa que no se entiende pero que debe ser una declaración. ¡Tu -dijo al cabo primero que estaba fuera ligando con las enfermeras de guardia-, veste a la comisaría y trai al expertu en lenguas raras, o antiguas o lo que sea!

– What a curious! -dijo Wilson comprobando que las constantes vitales eran correctas.

Peláez explicó a los allí reunidos que en Quantico, Virginia, se había dado un caso similar en los años 70, después de una operación parecida. Se trataba de un virus de quirófano conocido como «latinus tremens» y se caracterizaba porque el paciente se comunicaba en latín y, posteriormente, adquiría costumbres muy romanas, como vestir con toga u organizar orgías y bacanales nocturnas. No se sabía muy bien cómo cursaba pero todos los síntomas apuntaban a eso.

– ¿Quousque tandem Miñambres,  abutere  patientia nostra?

Miñambres escuchaba estupefacto.

– ¿Me ha mentao ese desgraciau? ¡Y a ver que ha dichu! Para mí que se está cachondeando de nosotrus.

Mientras Toribio comenzaba a recitar los primeros pasajes de las Catilinarias, Wilson, tras cruzar unas palabras con Peláez, que era con el único que se entendía, dejó claras las instrucciones: nada de genéricos porque son más baratos y sólo curan un rato, y cada 6 horas, administrarle un antiácido y un bocata de mortadela, a poder ser siciliana. Iba a terminar la segunda Catilinaria cuando llegó el filólogo en lenguas muertas del cuerpo de la Guardia Civil.

 

 

Capítulo 56.- La vida es como una caja de melones…

 

«La vida es como una caja de melones… nunca sabes lo que vas a encontrar dentro», decía con frecuencia la Fermi. Y así se sucedía una sorpresa tras otra a lo largo de su vida. “Como puedes ver, David –dijo Fermi- Andrea no es tu padre, pero se siente en deuda conmigo y por eso, lo menos que puede hacer es tratarte bien y mantenerte en ese trabajo, que aunque no sea mucho, mejor es eso que nada, tal como está el país”. David se quedó más tranquilo al haber resuelto esa duda.

En esto sonó el teléfono: era el señor Monteperales, el padre del señorito Jacinto. ¿Qué querría?

– Hola, Fermi ¿qué tal estás? -dijo Don Jacinto, quien fue directamente al grano- Verás Fermi… de los melonares que eran de tu abuelo y ahora son tuyos, uno en Valdepeñas y otro en Tomelloso, me gustaría comprarte el de Tomelloso porque está lindando con una de mis fincas que quiero reformar y me vendría muy bien. Por supuesto te lo voy a pagar muy bien, por un 10% más de su valor.

– ¿Y eso cuánto es?

– El  doble  de  lo  que pagaron por la viña de Paco –todo Tomelloso había quedado revolucionado con lo que le pagaron al tal Paco por su finca y, concretamente la Fermi, nunca había visto de cerca una cantidad tan alta de dinero, y aunque eso no la sacase de pobre sí que le iba dar mucha tranquilidad para el futuro y para el futuro de su hijo.

– Uy, señor, es mucho dinero, aunque también… -comenzó a balbucear.

– No tienes que contestar ahora, puedes tomarte todo el tiempo que quieras para pensarlo, así que si te parece, mañana te llamo y hablamos de esto.

La Fermi y David se quedaron soñando que se bañaban en billetes como el tío Gilito.

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