Humor

Capítulos 7 y 8 (Un cadáver exquisito)

Capítulos 7 y 8 (Un cadáver exquisito) - Humor

Capítulo 7.- Los niños perdidos y hallados en «El Templo»

 

Los niños estaban a salvo. Habían salido de la casa cuando empezó a oler a rata quemada. «Otra vez se le ha quemado a mamá el asado», pensó Pía. Su hermano estaba enfrascado con la PSP y aunque olisqueaba el desagradable olor que se difundía por toda la casa, no levantaba el rostro de la consola.

– Huele mal -dijo Edu.

Entonces Pía abrió la puerta y profirió un grito aterrador. Edu soltó de golpe la consola y abrió los ojos como platos. «¡Hay fuego!».  Rápidamente  Pía  reaccionó y,  recordando sus nociones de boy scout, hizo una cuerda a base de calcetines, sábanas y ropa sucia que se acumulaba en el cuarto de su hermano.

– Rápido, Edu, átalos con fuerza -le indicó al niño que se encontraba en estado de shock.

El humo subía por la escalera y el ambiente se estaba haciendo insoportable. Consiguieron salir por la ventana del baño y escaparon del lugar sin rumbo fijo.

Después de caminar varios kilómetros llegaron al centro comercial «El Templo», en el que estaba ubicada la pizzería de David, «La pizza risueña». Los niños estaban asustados, desorientados… y hambrientos. Edu se acercó al mostrador donde estaban expuestas las pizzas…

Capítulo 8.- Don Casimiro al acecho

 

– Vaya, vaya… mira quiénes están aquí. Los dos cachorros Bareta López de la Manteca -dijo Don Casimiro, sacerdote y director de estudios del Colegio de las Hermanas Ursulinas de Collado Mediano, donde Pía y Edu habían hecho la primera comunión- ¿Donde vais tan soliiiitos? –preguntó dirigiéndose a los chicos, sorprendiéndoles por la espalda, en el mostrador de la pizzería, con ese soniquete inconfundible que le había granjeado una multitud de motes en el colegio. Ninguno digno ni honorable- ¿Y la virtuosa y hacendosa generadora de vuestra feliz y fácil existencia, Doña Violeta López de la Manteca?

Le encantaba recrearse fonéticamente en todos los apellidos de los antiguos neo-comulgantes. Para que supieran que él sabía quienes eran. Pía y Edu se miraron y sin mediar palabra decidieron lo más razonable: poner pies en polvorosa, dejando a Don Casimiro frotándose las manos al estilo judío y la libido en regresión.

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