Humor

Capítulos 9 y 10 (Un cadáver exquisito)

Capítulos 9 y 10 (Un cadáver exquisito) - Humor

Capítulo 9.- De cómo el ardor de Toribio fue sofocado, y otros menesteres

 

Mientras tanto, no lejos de allí, Toribio era sometido a un intenso interrogatorio pero seguía insistiendo en su inocencia. Él no había provocado el fuego. En esto apareció el teniente Cansinos -a quien no le gustaba dejar cabos sueltos y por eso no les dejaba salir nunca del cuartel- y con tono solemne pronunció estas palabras:

– Dejádmelo a mí, que ya veréis cómo le hago hablar.

Toribio lo miró asustado y entonces el teniente Cansinos sacó un enorme bocadillo de mortadela. Toribio comenzó a segregar jugo gástrico, tanto que apagó sus ardores de estómago sin necesidad de bicarbonato y una nube de vapor inundó todo el cuartelillo dándole un aspecto mágico.

– Si quieres, todo esto puede ser tuyo –le dijo el teniente.

– Sí, lo quiero -respondió Toribio.

Y entonces, ante una escena tan conmovedora, los Guardias Civiles y las Guardias Civiles (que estaban de guardia) aplaudieron y gritaron al unísono:

– ¡Vivan los novios!

 

 

Capítulo 10.- Una pizza de ida y vuelta

 

David llegaba a “La pizza risueña” bastante fastidiado. Su entrega había sido infructuosa y además hacía tanto calor que se le derretía la mozzarela dentro de la caja. De hecho, cuando la sacó del cajón para colocarla a trozos en el mostrador era un amasijo informe de champiñones, queso, y jamón york con un aspecto muy desagradable.

– Esto no puede ir al mostrador, atontao –le espetó el encargado al ver semejante engendro alimenticio.

David salió con la caja por la puerta de atrás, donde colocaban los cubos de la basura, y vio a dos niños rebuscando entre los desperdicios. Los tres quedaron sorprendidos. Se miraron a los ojos con una expresión entre asustados e incrédulos. Pía susurró:

– No te chives, por favor, no sabemos qué hacer… Nuestra casa está ardiendo, no recordamos el móvil de nuestros padres, el jefe de estudios está rondando por aquí, no llevamos encima ni un euro y mi hermano estaba a punto de marearse de hambre… Ayúdanos.

David, que se había quedado prendado de los ojos de Pía, salió de su ensimismamiento cuando escuchó que le llamaba el encargado desde dentro:

– Tú, atontao, que te llama el jefe y tienes que llevar un pedido, ¡espabila!

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