Literatura

Carta Sin Domicilio



Carta Sin Domicilio - Literatura

Antes te escribía, te llamaba mi ángel. Sé que guardas cada una de mis palabras entre tus dibujos y tus canciones que aun sueñan con ser melodía. Tengo la certeza que en tu billetera hay un papel doblado y viejo con los últimos pensamientos que te entregue por escrito. Cuando pienso en ti, en mi infancia, el tiempo parece un breve sueño; fuiste alegría e ingenuidad en un mundo sombrío e incomprensible. Fui tu princesa y aun soy la niña de tus ojos. Por un tiempo tu amor era mi resguardo.
Todavía me sorprende tu fuerza, pero ahora eres mi viejo, tu contextura denota cansancio y las huellas de un destino implacable. Conozco tu travesía, soy testigo de tu recorrido, de tu gran aventura. Pude ver el brillo de tus ojos y tu contagiosa sonrisa, lo que no sabes es que también estuve presente en las ocasiones que fuiste lastimado; pretendías protegerme y ocultabas tus medicamentos, tu dolor. Te confieso que hice lo mismo, te oculté mi tristeza; aprendí a mentir, por amor, como tú.
Me gusta recordarte entrando por la puerta, me despertaba temprano para recibirte. Esa niña te imaginaba siendo el gigante que en las noches combatía toda clase de monstruos. Sin importar lo mucho que desearas dormir, me alzabas con tus enormes manos y me hacías reír. Con frecuencia recurría a ese fragmento del tiempo, donde me sentía segura. Después comprendí que no eras invencible y aunque fuera tu intención no lograrías mantenerme a salvo. Un día el gigante se derrumbó, tu caída estremeció mi mundo. En ese momento no pude entender porque permanecías en la cama, la angustia de mi madre, su enojo. Sin previo aviso tus pulmones dejaron de funcionar y conocí el vicio con el que calmas tu ansiedad. No hubo lágrimas, ni expresión en mi rostro que pudieras interpretar; tuviste que deducir por mi ausencia en esos días, el efecto de tu enfermedad en mí. A pesar del pronóstico de los médicos te recuperaste, tu terquedad por vivir es admirable. Solo esa vez dejaste al descubierto la fragilidad de tu cuerpo. Empezaste a coleccionar pastas y recursos ingeniosos para mantenerte en pie, teniendo la convicción de engañar con éxito a tus hijos; pero mi querido viejo, yo siempre supe cuanto sufrías. Incluso puedo hablarte de aquellas heridas que hicieron mella en tu alma. En cambio, tú ignoras mi mayor secreto, mis lagrimas escondidas de ti y del mundo.
Esto me lleva a un reclamo, que persiste, aunque sea absurdo. Si te permitiera leer esta carta, te sorprendería que mi reproche sea tu exceso de bondad. Confías demasiado en las personas, vas a cumplir cincuenta años y tu mirada sigue siendo ingenua. Te repones sin importar lo aplastante del golpe, nadie te ha podido arrebatar la fe de tu alma; tu amor por la humanidad y la vida…tu hermosa sonrisa. Envidio tu facultad de creer, pero me molesta que no estés consciente de lo superficial que puede ser la belleza que percibes en otros. Tu fe te lastimo y me dejo indefensa.
Te pido perdón, si a veces parezco fría o distante. Sin que fuera perceptible empecé a dosificar mis emociones (no quería que fuera evidente que me habían quebrado) y en el proceso perdí la capacidad de ser espontanea, sin percatarme de ello. El silencio que al principio fue mi
elección paso a condicionar mi comunicación, no solo contigo. No te culpo, ni te responsabilizo de las circunstancias que me marcaron. Solo quisiera que me hubieras advertido del peligro.
Aun estando abstraída encontraste como ayudarme, tu música, tus trazos se convirtieron en mi escape. Tu historia, tus pasos y tu anhelo por el arte, se incrusto en mí regalándome un interés por la vida. Me acerque a ti de nuevo y es un vínculo que permanece. Eres una eterna inspiración, es inherente tú espíritu en mis dibujos, tú fuiste el inicio e inevitablemente siempre estarás presente en mi camino por el arte. Por ti escribí poemas, cuentos y algunas historias bellas; tú conservas los vestigios, solo se salvaron las palabras que te regale, el resto lo deseche. Deje de escribir y ahora es tedioso enfrentarme a una hoja en blanco. La niña que te escribía disfrutaba soñar, pero su fantasía se tornó sórdida. En el papel no podía escapar de la verdad y quise ahogar mi propia voz dejando de escribir. Tampoco quería dejar ninguna prueba de mi sentir.
Aunque quiera mentir en esta carta no puedo hacerlo, no sabría qué inventar. La única posibilidad de que te enteres de mi secreto es por medio del papel y es la razón de que no recibas un solo escrito. Al principio no pude expresarme de ninguna forma, por miedo, vergüenza, culpa; al pasar el tiempo esa voz se desvaneció. Por instantes, que ya perdieron su relevancia, te mire deseando hablarte de mis heridas; las palabras quedaron atrapadas en mi garganta. Por mí, te enfrentarías al mundo con tus puños llenos de ira. Tu crees que soy tu princesa, sigo siendo la niña de tus ojos y es ese amor el que le dio certeza a mi silencio. Mi verdad derrumbaría tu fe inquebrantable y causaría una herida tan profunda, que yo no me lo perdonaría.

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