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Casa De Muñecas



En aquella casa de dos plantas y grandes ventanales sólo había dos cosas hermosas; el color vivo y vibrante de las paredes y la pequeña Lulú.

La muñeca de piel oscura, cuerpo menudo y trenzas perfectas, sentía que aquella vida no podía ser todo.
El paso de las estaciones se hacía cada vez más insoportable y anodino en un hogar que se asemejaba más a una cárcel decorada con gusto, que al acogedor refugio que pretendía ser.
El amor no era como lo había soñado. Los suaves paseos al atardecer, la intimidad segura y los besos cálidos no existían en su oscura rutina.

Pero algo muy poderoso en sus entrañas luchaba por abrirse pasó entre la maleza de su maltratado ser.

Un tenaz sentimiento que anunciaba que esa pesadilla escondida tras el maquillaje tenía que terminar.

Aprendió muy pronto que las muñecas como ella debían ser complacientes, agradecidas y debido a ello apenas se percató del momento en el que su historia dejó de ser hermosa.

Cada noche un grito ahogado marcaba el comienzo de un sueño premonitorio que la acompañaba desde que se quedará encinta, hacia poco más de mes y medio. La visión de otra vida llena de oportunidades infinitas, sencilla, maravillosa y muy lejos de la caja de zapatos decorada que era su casa de muñecas.

Jamás había dejado de sentir esa soledad asfixiante que la devoraba. Jamás había sabido escapar de la nada que la acunaba. Jamás hasta que una mañana un suave movimiento en su vientre ahuyentó la soledad y el miedo.
La noche que Lulú decidió partir, sintió una leve pero persistente molestia en la parte izquierda de su pequeño rostro. La cicatriz, ahora cubierta por una pintura ligeramente más oscura que el de su color natural, parecía aplaudir la decisión que tomaba.


Con los brazos cruzados sobre su inmaculado vestido rojo, emprendió, paso a paso, un camino tan incierto como necesario.
Un camino que por fin dotaría de significado y valor a su existencia silenciosa.
Un camino que debía tomar sin demora y sin mirar atrás.
Oyó un grito helador y apretó el paso sin atender a la invisible correa que aún parecía retenerla.
Cuando abrió la puerta, por primera vez, ella no estaba en el recibidor con su mejor sonrisa.
Cuando abrió la puerta, por fin, Lulú estaba muy lejos de la casa de muñecas.

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Acerca del autor

Maragla

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