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Cataluña: una revuelta civil



Cataluña: una revuelta civil - Política

La revolución pacífica, el movimiento de las sonrisas se ha diluido con el paso del tiempo y la barbarie de unos energúmenos que no saben siquiera lo que quieren, quizás sólo montar algarabía, reina hoy en las calles de Barcelona. Hemos entrado en una dinámica desconocida. Todo ha cambiando, hasta el idiota de Puigdemont habla de un ejército propio para la República catalana.

Más allá de que el pueblo catalán salga a protestar, que está en su derecho, y no dudo de las buenas intenciones de muchos independentistas, la pregunta es: ¿De verdad el enemigo es España? Porque la violencia ahora no viene del Estado, sino del los exaltados que ya no tienen legitimidad alguna.

Cataluña tiene un orate como presidente, un extremista intelectualmente limitado y a la deriva delictiva; un fanático fuera de quicio, en manifiesto enfrentamiento civil con todo lo que no sea su mezquina idea de un país propio; el esperpento de una mente enferma llamando a la desobediencia institucional, a la insurrección. Un salvaje frenético llamando a unos exaltados a la lucha como si fueran gloriosos héroes; todo esto no hace sino poner de manifiesto que la vida política y civil en Cataluña se ha roto.

La idolatría a la intransigencia se ha apoderado de la causa. La violencia se gesta en cada calle, en cada plaza. La Paz ha terminado. Y lo peor es que habrá muertos. Lo que ha llegado a Cataluña es el terror mismo apoyado desde la Generalidad por los separatistas y los medios de comunicación afines. El desafío es ya absoluto, la guerrilla ha pasado a la acción.

¿Y qué hace mientras el Gobierno? Esconderse detrás de un recurso. La cobardía de Sánchez no tiene parangón. Su incapacidad política es total. Él sigue pensando en la momia de Franco, en el Falcon y en no quitar su colchón de La Moncloa.

Esto se está yendo de las manos. Y cuanto más tiempo se tarde en tomar una decisión, más insostenible será situación, más extrema la violencia y más compleja la solución. En Cataluña ha dado comienzo una rebelión civil, un motín, una asonada en toda regla.

Hoy ya no se puede negar la evidencia, y la primera víctima como en cualquier guerra es la verdad. Y hoy, estos energúmenos, han desvirtuado toda verdad y toda legitimad. Algunos creíamos en su derecho a decidir, pero después de esto, sólo existe un derecho; la ley. Y esta ha de ser ahora más contundente que nunca. Los agentes heridos son causa de una revuelta civil. Las piedras, pintura, botes de humo, lejía, palos, extintores y mobiliario urbano arrojados, son una revuelta civil. Los ciudadanos pacíficos intimidados por cafres que les atacan y toman las calles bajo consignas y amenazas de “Sabemos quién eres, hijo de puta”, son una revuelta civil. TV3, invitando a la gente a que se sume, o lanzado soflamas en favor del alzamiento, es una revuelta civil.

Pareciese que hubiera un sector independentista que creyera que la independencia bien vale una guerra.

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Aicrag

2 comentarios

  • Estoy de acuerdo. Simplemente, a estos niñatos hay que entenderlos un poco también. En el 2012 empezaron a decirles que la independencia no sólo era posible sino que además era inminente. Y, quieras o no, algunos se lo creyeron. Han pasado siete años y no ven resultados. Son normales estas explosiones de rabia (sí, porque no hay ninguna reivindicación clara detrás) que vienen a decirnos: «Qué mal estoy, qué frustrado me siento, así que salo a la calle… ¡y me lo cargo todo, qué leches!».

    • Hasta cierto punto estoy de acuerdo contigo, pero, por encima de todo está la respeto y la licitud atribuida a cualquier manifestación reivindicativa, y con estos actos está claro que se desvanecen desde el instante en que se utiliza la violencia sin sentido. Además no tienen en cuenta el perjuicio que ocasionan al resto de manifestantes pacíficos, porque a ojos del resto del país, de Europa y del mundo, pierden esa legitimidad y ensombrecen la labor de esas familiares que se manifiestan con total normalidad y derecho. Estos son más bien simplemente elementos antisistema, sin convicciones ni ideología.

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