Literatura

Celeste



Celeste - Literatura

Este es el primer relato, por así decirlo, que tras escribir 2 libros de ciencia ficción me animé a hacerlo en formato «corto», es decir, sin enrollarme como las persianas (cosa difícil, no poseo el don de la síntesis).

Estaba sentado en lo alto de risco contemplando la hermosa vista de toda la ciudad. Desde allí, todas sus preocupaciones y problemas le parecían insignificantes comparado con la extensión de terreno que se extendía ante sus ojos, que sólo en los últimos siglos había sido ocupado considerablemente. La ciudad, rodeada de montañas y con una salida marítima hacia el sur, se levantaba bajo sus pies.

“¿Para qué había subido allí?”, se preguntó momentáneamente, ya que a veces le ocurría que no sabía lo que hacía.

– Ah, sí. El examen.

Había hecho un examen de historia, y a la salida de éste estaba completamente convencido que estaba suspenso. ¿Cómo podría ahora volver a casa, mirar a su padre y serle completamente sincero? Era un fracasado. Si reconocía que le había salido mal, entonces su padre le echaría en cara que no había estudiado lo suficiente, cuando no era así: no había hecho otra cosa excepto estudiar historia desde que comenzó el curso, pero su progenitor, como todos, aprovecharía la ocasión para recomendarle que se dedicara exclusivamente a los estudios.

Él, aparte de fascinarle la historia, se sentía atraído por la técnica. De hecho, y en contra de la voluntad de su familia, se matriculó de varios cursillos de electrónica, mecánica y electricidad, con el único fin de aprender algo que pudiera servirle en un futuro. Tuvo muchas “broncas” por esta causa, aunque cuando tuvo que poner en práctica sus conocimientos con el coche familiar o la televisión, no hubo nadie que le agradeció su colaboración. Se limitaron a usar de nuevo las cosas, sin pensar quién las había reparado.

En la lejanía, contempló la belleza de un conjunto de gaviotas que planeaban entre los edificios de la ciudad. Pensó que eran muy afortunadas, sin problemas, sin preocupaciones, salvo quizás la forma de alimentarse y de buscar la pareja adecuada para reproducirse.

Se le vino a la mente en ese mismo instante la imagen de su profesora de lengua: una mujer muy joven, de unos veinticinco o veintiséis años, alta, pelirroja y con unos tremendos ojos azules que contrastaban con esa exuberante mata de pelo. El resto del cuerpo se ajustaba a su altura: unos grandes senos que se unían a unos esbeltos hombros atléticos, unas manos propias de alguien que tocara el piano, con sus largos dedos terminados en unas uñas muy cuidadas, y su grácil andar felino. El poder recordarla le hizo estremecer hasta el último cabello de su cuerpo, y desvió la mirada hacia la parte este de la ciudad. Allá, cercano al puerto, en la undécima planta de un edificio colindante con el muelle cinco, estaría tomando el sol aquella hermosa criatura.

Algo tembló a su alrededor: le resultaba extraño, porque los terremotos no eran demasiado frecuentes en esas latitudes, sino más bien eran sucesos extraordinarios.

Oyó un estridente silbido proveniente del interior del monte en el que se encontraba, y de un salto se bajó de la cornisa en la que estaba subido. Miró hacia el interior de la montaña y se quedó de piedra cuando comprobó que en su interior había un cierta luminosidad.

– ¿Pero qué …?

La abertura se hizo algo más ancha, de manera que podría entrar por ella, cosa que hizo sin dudarlo un instante.

En su interior, la luz se fue suavizando poco a poco, hasta que pudo ver de dónde procedía la fuente: se trataba de dos focos situados en lo alto de una plataforma, de la que surgía aquel sonido. Miró hacia abajo y vio cómo ascendía por lo que él creía que era una sólida montaña otra plataforma, sobre la cual se encontraba un objeto que no pudo identificar hasta que no se detuvo frente a sus ojos.

La luz que emitía las lámparas no era semejante a ninguna otra que hubiera podido ver con anterioridad: éstas no tenían filamentos, de manera que lo que llenaba el foco debía ser algún tipo de gas que se ionizaba, emitiendo esa luminosidad tan peculiar. Y bajo aquella luz, la plataforma ascendente se detuvo ante su atenta mirada.

¿Qué era lo que había subido hasta ahí? No podía comprenderlo, y tampoco podía dar crédito a sus ojos: parecía una especie de avión, pero de un modelo que jamás había existido: dos enormes toberas de propulsión se situaban a cada lado de lo que creía que podía ser la cabina de control, y sus alas no terminaban con forma aerodinámica, sino que éstas se curvaban hacia abajo formando un arco imposible de realizar con la tecnología que se disponía en esos instantes; se apoyaba en tres patas, terminadas en unas garras, como si fueran las de un halcón, que la sostenían firmemente en la plataforma.

De alguna parte de su mente le surgió el impulso de acceder a su interior, y sin saber cómo abrir la escotilla, pulsó una pequeña plaquita que se encontraba cerca de ésta, de un color más tenue que el resto de la nave. Se admiró a sí mismo al ver cómo se levantaba la parte superior de la cabina, dejando el espacio suficiente para que pudiera entrar en ella.

En un principio, reconoció que era una temeridad, pero ya estaba sentado en el cómodo sillón que constituía el interior de la cabina, por lo que se dejó llevar de nuevo por el instinto. Descubrió que no había ningún tipo de indicadores, y que lo que debería ser una especie de pantalla de visualización, no era tal. Se encontraba sólo él, sentado, y ningún otro indicador le advertía que pudiera encontrarse en una habitación oscura.

Instantes después, sentado en esa oscuridad completamente impenetrable, sintió que le faltaba el aire: comenzaba a ahogarse. Pero acto seguido comenzó a fluir desde algún lugar que no consiguió identificar una sustancia gelatinosa, de una temperatura agradable, que se le fue aglutinando al cuerpo, disolviéndole la ropa sintética que llevaba y recubriéndolo por completo, incluidos los orificios nasales.

Cuando creyó que era el fin, cerró los ojos y su mente se iluminó, contemplando la cabina desde una perspectiva que jamás hubiera imaginado: la nave y él formaban un todo, sin discontinuidades ni alteraciones.

“¿Cómo podía ser eso posible?”, se preguntó, pero no obtuvo contestación alguna. Lo que sí volvió a aparecer por su mente fue el recuerdo de su profesora de lengua. Parecía tener alguna relación con la nave, y comenzaba a creer que una mujer tan hermosa no podía haberse creado en este planeta, ya que la nave parecía querer más que él mismo estar con ella.

Se abrió la montaña con un suave susurro, y a través de la abertura pudo comprobar el cielo estrellado. Era raro, porque en la ciudad jamás se podían ver tantas estrellas, hasta que cayó en la cuenta que tenía los ojos cerrados, y la nave le estaba facilitando la información con una visión mucho más aguda que la suya.

Deseó verla, estar con ella, tomar posesión de aquel magnífico cuerpo, hacerla suya en una noche de pasión desenfrenada…, y la nave, como si hubiera conocido el camino exacto desde el principio de los tiempos, lo condujo ágilmente por encima de la enmarañada ciudad hasta llegar la vivienda donde se encontraba aquella belleza de la naturaleza.

– ¿Cómo se llamaba? ¡Ah, sí! Celeste. Un nombre tan apropiado para esa mujer como su significado.

“¡Qué afortunados serán aquellos que puedan compartir su vida con ella, tanto si son agraciados con su amor o si ella les dirige una sonrisa!”, se dijo. En ese instante, sintió algo muy superior a lo que había sentido con anterioridad frente a otra mujer y, no queriendo dejar esa sensación, dejó que la propia nave realizara la maniobra que estaba llevando a cabo.

La nave realizó un extraño giro, y sintió cómo el tiempo se hizo más pequeño. Fue una insólita sensación que nunca antes había experimentado, pero por lo placentera de la experiencia, no se fijó que el edificio parecía mucho más grande que al principio.

Hubo otra sacudida, y se encontró en la habitación donde Celeste se encontraba durmiendo. Se fijó entonces que se encontraba completamente desnuda encima de la cama, y sintió cierta vergüenza al verla tal y como vino al mundo, seguido de una emoción que le impulsaba a no poder dejar de mirarla: ¿qué le estaba ocurriendo? Él no era así, pero parecía que se le había despertado en su interior un instinto animal de perpetuar la especie que no podía controlarlo.

Quizás sería la nave lo que lo estaba excitando de esa manera, pero ya era tarde para poder contemplar sus impulsos: no tenía el control sobre sus propios actos.

La nave giró miles de veces sobre sí misma, sintiendo sobre su piel cómo le apretaba debido a la fuerza centrífuga la sustancia gelatinosa que había llenado la cabina. Podía seguir respirando, pero su corazón se estaba acelerando a pasos agigantados y si continuaba así durante mucho tiempo, probablemente le sobrevendría un paro cardíaco que terminaría con su existencia allí mismo. Con cada giro, el tiempo se volvía más pequeño, como si su existencia estuviera retrocediendo en él para llevarlo a destino desconocido.

Escuchó cómo se le llenaban los oídos de sangre, cómo su respiración se entrecortaba más con cada acelerada vuelta de la nave, y su mente comenzó a vislumbrar lo que le estaba ocurriendo: Celeste no era humana.

No sabía cómo había llegado hasta este lugar, pero lo cierto es que no se alimentaba como el resto de los seres que caminaban por la superficie terrestre. De vez en cuando, tomaba la apariencia de aquellos que les podía servir su energía vital para seguir subsistiendo, o conseguir que ésta se amoldara lo suficiente a su nueva forma corporal como para que se sintiera integrada en esa sociedad. Lo había elegido a él por sus cualidades genéticas, y mediante una clonación entre ambos cuerpos resultaría el vehículo ideal para que ella siguiera aprendiendo de esta curiosa especie.

Ya le extrañaba tanta perfección: ella había leído su mente, y se había creado un cuerpo físico tal que él se sintiera tan atraído por ella que no hubiera manera de poder pensar en otra cosa.

¿Por qué lo había elegido a él? Si quería tener descendencia, se hubiera ofrecido con mucho gusto, pero sospechaba que bajo toda esa perfección se escondía algo completamente asqueroso.

Ordenó a la nave que le mostrara la verdadera imagen de la mujer que le llegaba a su mente, y un instante después obtuvo su respuesta: se trataba de una especie de masa gelatinosa, como la que envolvía su cuerpo desde el comienzo de esa extraña aventura, y sintió cierta repugnancia por haber admirado ese cuerpo que creía que era tan magnífico.

¿Qué podía hacer? Calculaba que le podrían quedar dos o tres minutos más de vida con su propia voluntad, antes que esa criatura inmunda decidiera incorporarlo a su propio ser, y un recóndito lugar de su cerebro se iluminó una pequeña neurona: había una chica que la había conocido unos meses atrás, que se había impresionado por la forma de ser que él tenía. No era ni demasiado hermosa ni corriente, pero había algo en el fondo de sus ojos que le hacía poder tener una confianza ilimitada en ella.

Antes que Celeste se percatara de su estrategia, la nave se pulverizó, desintegrándose sin dejar ni rastro. Su cuerpo se disolvió en esa masa gelatinosa y contempló estupefacta cómo el vehículo con el que había ido a parar a ese planeta había desaparecido por completo, no comprendiendo lo que había pasado. Pero sería demasiado tarde, ya que necesitaba la energía de aquel chico, y al no encontrarla, su sustancia vital comenzó a evaporarse.

 

Penélope se mareó de pronto, de manera que la tuvieron que sacar de clase en brazos. La llevaron a la consulta del doctor del instituto y le realizaron un chequeo médico.

Tras los primeros análisis, descubrieron que no le había ocurrido nada de importancia, aunque en un principio no podía recordar lo que le había sucedido. Todo le parecía extraño, pero poco a poco fue recuperando la normalidad de su consciencia.

Nunca se pudo explicar qué le había ocurrido.

 

Sólo al cabo de unos años pudo comprobar que en su ser se habían fundido unas cualidades muy peculiares, que las había encontrado en un chico que desapareció sin dejar ni rastro. Todo el mundo se preguntó qué le había ocurrido, pero tras afanosas búsquedas de su cuerpo, jamás pudo ser hallado.

Pero lo que realmente ocurrió aquella noche sería muy difícil de explicar, porque Álvaro puso en marcha un mecanismo oculto de todas las mentes humanas que, en combinación con el potencial enmascarado de la nave, consiguió convertirse en algo muy parecido a lo que son los ángeles de la guarda. Dedicó su vida por completo a aquella mujer, protegiéndola de cualquier posible peligro que pudiera padecer, y aunque a veces se preguntó por qué lo hacía, sólo pudo encontrar en su interior el sentimiento de protegerla. Quizás se hubiera enamorado de ella, pero por esa estupidez que cometió en su juventud, la única forma posible de dar amor sería permaneciendo en la más completa soledad de su existencia. Sólo desde allí comprendió que el amor no es una cosa material que esté unida a los cuerpos humanos, sino que es el único poder que dispone la especie humana para conseguir la categoría de Dios.

 

 
(R) 1997 Alejandro Cortés López

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Ale Cortés

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