Literatura

Ceniza A La Ceniza – Parte 1

Ceniza A La Ceniza – Parte 1 - Literatura

Son cerca de las siete de la tarde cuando por fin te dignas a entrar en el habitáculo. Y nada más abrir la puerta, lo primero que te llega es un fuerte olor a carne quemada. En condiciones normales no te molestaría; al fin y al cabo, en tu juventud trabajaste en el matadero que regentaba tu padre. Pero la sensación de estar contemplando los restos de una barbacoa humana era, ¿cómo decirlo? Una sensación desagradable hasta para ti.
Por eso mismo no te sorprende ver a Noguera, tu inferior inmediato, cerca del ventanal abierto con una expresión difícil. Como si tratase en vano de contener las náuseas.
—¿Qué tenemos? —preguntas solo con la intención de hacerle hablar pues, echando un simple vistazo al tipo calcinado que permanece sentado en su butaca, es bastante obvio lo que hay.
—Fernando Montero, cincuenta y ocho años —responde Noguera llevándose un pañuelo a la boca—. Sobre las cinco y media, los vecinos avistaron el fuego y dieron la voz de alarma.
—¿Estaba solo?
—Sí, su criada había salido a hacer unos recados. Volvió para enterarse de que su patrón había fallecido, una desgracia.
—Oportuno.
Notas que Noguera quiere agregar otro matiz, pero si es que abrió la boca tras su pañuelo, enseguida debió volver a cerrarla. No, no vas a preguntar si alguno de los vecinos salió herido del incidente. No es necesario.
Das la vuelta en torno al sofá, sin dejar de observarlo. Montero está hecho polvo, literalmente. Es todo huesos y cenizas. El lugar donde sus restos reposan no presenta mejor aspecto y, sin embargo, el resto de la estancia está impoluta. Como si el fuego se hubiese prendido justo sobre la víctima y no se hubiese propagado hacia los alrededores.
—No hay indicios de que fuera provocado —sentencia tu compañero—, ninguna substancia que avivase las llamas. Además la puerta estaba cerrada desde dentro.
Sonríes ante el significado de esas palabras.
—Ahora me dirás que una bola de fuego entró por la ventana y, de forma casual, le alcanzó.
Noguera tose. Eso es justo lo que pensó, al menos por un momento.
—La butaca está en una posición curiosa. No apunta hacia la chimenea, sino a la ventana. ¿Dices que estaba abierta?
Viendo que tu compañero asiente, te diriges hacia el ventanal y echas una mirada hacia el exterior. Noguera te imita, arrastrando sus pies hasta llegar junto a ti —una costumbre que te irrita, pero de la que desististe hace tiempo de quejarte—. Siendo que comienza a anochecer, ves cómo la luna se refleja en sus ojos en ese momento. ¿Serían los astros lo que observaba Montero desde su puesto? No. No en la ciudad.
El apartamento se sitúa en un cuarto piso. No hay cornisas ni balcones cercanos que un intruso pudiese utilizar para colarse. En resumen, se trata del típico misterio de la habitación cerrada, quizá con la originalidad que presenta asesinar a alguien como si se tratase de un pavo en Navidad.

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PhoebeWilkes

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