Literatura

Cigarros Mentolados

Cigarros Mentolados - Literatura

Te estoy fumando esta noche; compré cigarros mentolados.
Es gracioso cómo un aroma, un sabor, algo tan insignificante, puede recordarte a una persona y causar tanto impacto.
¿Por qué estos cigarros me recuerdan a ti? Porque, la primera vez que besé tus labios, fumamos cigarros mentolados. No soy mucho de tabaco disfrazado a menta, nunca lo había comprado; curiosamente la primera vez que nos vimos, decidí comprar una cajetilla. Resultaron ser tus favoritos.
Pall Mall azules mentolados, ahora me saben a ti.
Recuerdo bien ese momento: Llegaste sin pedir permiso, sin temor, sin pensarlo dos veces; entraste en la habitación, en pijama, y te posicionaste en mi abdomen. Yo tenía mucha resaca. Me sentía muerta y estaba tirada en la cama. Era la una de la tarde y aun no había dormido nada; eso no ayudaba a quitar los nervios y la ansiedad que tenía en el momento que te tuve sobre mí.
Te adueñaste de mí en dos segundos. Me miraste a los ojos y sin decir una palabra me robaste un beso. Yo… yo… yo me quedé atónita, paralizada; no pudiste ver la reacción en mis ojos porque aun llevaba los lentes obscuros que usé para volver a casa ese día; no había tenido fuerzas para quitármelos siquiera. No necesitaste palabras, esas ya hace mucho que sobraban.
La verdad es que no me imagino un momento más perfecto; no cambiaría nada. Fue totalmente espontáneo, como tú. Estábamos ahí, estábamos juntas, estábamos solas tú y yo. A pesar de la influencia del alcohol, juro que, al instante en que tus labios rosaron los míos, regresé a la vida y me sentí sobria de nuevo. La habitación olía a tabaco mentolado y frambuesa.
Después, más tarde ese día, en uno de mis tantos intentos por buscarte, entre la multitud que me rodeaba, te encontré en aquella habitación con un sujeto que llevaba una gorra ridícula y parecía ser tú acompañante. La música estaba demasiado alta; yo estaba vulnerable. Todo me daba pena. Pero si de algo estaba segura, era que quería estar contigo todo el tiempo. Llegué y no dije nada por un momento. Después comenté que te estaba buscando, el chico de la gorra mencionó algo sobre ir por una bebida para ti y se largó sin esperar respuesta; sonreíste y me quitaste el cigarro de la boca. Lo hiciste tuyo con toda la confianza del mundo y preguntaste por mis pantalones nuevos. Yo había olvidado hasta mi nombre. Momentos después regresó el sujeto con sus bebidas y toda tu atención se centró en él, me sentí vacía, como si una parte de mí faltara. Me retiré. Me senté en un sillón al azar y tomé un vaso con alguna mezcla de vodka y jugo de algún sabor que no recuerdo. Sola, allí, sentada viendo a la gente bailar, cantar, fumar, beber, descubrí que mi soledad era por tu ausencia.
El chico de la gorra ridícula se abrió paso entre la multitud hacia mí y me preguntó por ti. Mi enojo iba en aumento porque tú estabas con él. Me levanté fastidiada con él y te busqué por todo el lugar; no te encontré.
Un par de horas después, me sentí desesperada por tu total ausencia. Tenías el móvil apagado; solo respondía esa molesta voz del buzón. Ahí fue cuando recordé que había una terraza. Estabas allí con la cajetilla, mi cajetilla. No sabía que la habías tomado de mi bolsillo. Tenías uno de mis cigarros entre tus labios, encendido y mirabas las estrellas.
Y así de sencillo, ese día, te convertiste en mis cigarros mentolados.
Escrito por: Cam
Estudiante de Comunicación Social y Periodismo
Noviembre, 2016

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Acerca del autor

Cam Montoya

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