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Coaching Familiar

Coaching Familiar - Sociedad

Las relaciones humanas son complejas y se crean muchas fantasías alrededor de ellas, principalmente por lo difícil que es vencer el temor a revelar las emociones. La cultura tiene un peso especial en este hecho, porque llega a definir la forma de expresión de cada género y esta norma nos la enseñan desde la infancia, al abrigo de las familias que son el caldo de cultivo, a la postre, de todas las grandezas y bajezas de nuestra sociedad.
Dos niños que se criaron en familias similares pueden terminar siendo adultos totalmente diferentes, bastan pequeños aspectos o diferencias en las costumbres o puntos de vista de los padres, para que el resultado cambie drásticamente. Así uno será un líder que encandile a muchos y logre muchos triunfos con su férrea voluntad, mientras que el otro termine siendo un hombre apocado y poco varonil, con baja autoestima y admirador de muchos que son modelo que lo que nunca podrá llegar a ser.
¿Cuántos padres son sensibles a esta realidad? ¿Cuántos son capaces de postergar sus propios egoísmos y fijar toda su atención en los más vulnerables, que dependen de ellos para ayudarlos a formar los cimientos de sus respectivos futuros?
El otro día mi pequeño hijo me preguntó cuál era la respuesta que debería darle a su propio hijo cuando le preguntara algún día: ¿Cómo te sentiste cuando fuiste padre? Claro que así evitó preguntármelo directamente, por lo que no se podía evitar darle una respuesta directa y honesta, así que le respondí sin más rodeos: “Lo que yo recuerdo es que el día que llegué a ser padre lo primero que sentí es que salía de mí mismo y dejaba de importarme mi persona, que lo único que me importaba era la infinita vulnerabilidad de ese pequeño ser que había nacido y que en adelante estaría bajo mi responsabilidad. Creo que en ese momento morí a mí mismo.”
El tiempo a veces no permite que las intenciones se hagan realidad en su totalidad, lo más que puede uno esperar es que en promedio alcancemos un nivel aceptable. ¿Cómo descubrir entonces si esa intención se convirtió en realidad? Creo que como en todas las veces que uno necesita hacerse un juicio respecto a la conducta de otros, “…por sus obras los conoceréis”.
Examinemos el comportamiento de nuestros hijos y miremos cómo es que piensan y reaccionan ante los conflictos que tocarán sus vidas, puede que éstas no sean como quisimos que fueran, pero más importante que ello será si ellos llegaron a tener personalidad propia y carácter definido, si su voluntad es fuerte sólida y si está dirigida hacia el bien, no olvidemos en este punto que también tienen derecho a cometer sus propios errores. Después vendrán otros matices más finos, tales como preferencias, tolerancias, costumbres, gustos, etc., que no los definirán pero les podrán generar los conflictos que antes mencioné.
Una de las cosas que debemos siempre recordar es que nadie enseña a nadie, no somos maestros, todos somos eternos alumnos de un aprendizaje continuo, la diferencia es si somos más o menos conscientes de esta realidad. Todo lo que podemos hacer es dar testimonio o como antes solían decir, dar ejemplo…bueno o malo. Esto nos pone bajo la óptica debida, estamos sujetos siempre a la observación de las generaciones menores, todos nuestros actos son así observados y juzgados por ellos permanentemente, y ellos son los que terminarán imitando o negándose a imitar las actitudes que vieron en nosotros cuando no eran ellos los que tomaban las decisiones.
Esto nos convierte en los responsables directos de las actitudes que terminaremos criticando en las generaciones venideras, sin que por un instante reparemos que fuimos nosotros mismos los que aseguramos que tales actitudes germinaran y se hicieran sólidas. Algo más sobre los errores que de seguro cometerán y es que, parte del desarrollo personal y el perfeccionamiento de cada individuo está ligado a su reacción frente a los errores y su toma de consciencia de los mismos. Los errores tienen la misión de enseñarnos a ser humildes y también de enseñarnos y corregirnos en algunos aspectos de nuestra personalidad que debemos mejorar.
Debemos tener en cuenta que las personas tenemos una actitud diferente cuando nuestra vida está atravesando por momentos favorables y cuando tales momentos no lo son. En el primer caso y con frecuencia nos desenfocamos y pensamos que esa continuidad favorable será permanente, craso error porque entonces viene el ajuste y volvemos a la realidad, casi siempre de forma dolorosa. Entonces ocurrirá lo contrario, una vez superado el mal rato uno pondrá todo de su parte y enfrentará sus temores con la fuerza de voluntad que posea.
De lo anterior se desprenden tres aspectos importantes, debemos ayudar en la formación de nuestros hijos para que sepan reconocer con humildad sus errores, que sepan levantarse de sus fracasos y aprender de ellos, sin caer en la inútil depresión, y finalmente también debemos ayudarlos a disciplinar su voluntad enfocándola siempre hacia lo positivo.
De lo que sí somos directamente responsables los padres es del fortalecimiento de la autoestima de nuestros hijos, esto sólo lo podemos lograr si nosotros mismos comprendemos la importancia de tener una autoestima fuerte y remediemos la nuestra de los posibles “accidentes” de nuestra propia infancia. La autoestima se fortalece con amor, claro que si pero…no es un amor consentidor sino el uso consciente de la asertividad en nuestras relaciones con nuestros hijos.
Es necesario que seamos conscientes que todo exceso en nuestras reacciones debe ser acompañado de un reconocimiento del error y las disculpas del caso, así los hijos aprenderán a disculparse viéndonos disculparnos. También verán en nuestra propia relación de padres que nuestras respuestas sean asertivas y no a gritos o insultantes, no olvidemos que ellos serán observadores constantes de nuestro desempeño familiar, social, laboral, etc.

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Acerca del autor

Jorge De la Barra

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