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Cóctel

Cóctel - Literatura

– ¿Quiere una bolsita?

Tarda varios segundos en percatarse de que la dependienta sonriente le está hablando a ella. Tras los instantes de duda, asiente con indiferencia; la misma con la que guarda su compra. Una botella de ron añejo y una garrafa de lejía. Al alargar el brazo para pagar, su manga se sube ligeramente y la siguiente mujer de la cola suelta un respingo. Ella no le da importancia y lo ignora, al igual que con las miradas de preocupación que deja a sus espaldas.

Se coloca las gafas de sol y camina. Nuevos ojos se clavan en ella, pero de una forma distinta. El cabello ondea tras de sí con una lentitud pasmosa, amenazando con cortar a quien se acerque. Las botas de militar apuñalando al suelo cada vez que osa desafiarlas, resonando en una melodía irresistible y peligrosa al mismo tiempo. El labial oscuro perfectamente delineando su boca, listo para morder cualquier cuello y alimentarse. Ella envenenaría a la manzana si la mordiera.

Pero al cerrar la puerta la princesa se derrumba. Sus piernas fallan, su espalda se desliza por la madera hasta sentarse. Echa la cabeza hacia atrás y deja que las lágrimas corran. El maquillaje las sigue, fundiéndose en tinta, escribiendo sobre su piel. Otro sueño roto, otra historia sin final feliz. Cayó.

Sin embargo, al minuto abre los ojos. Se ha cansado de auto compadecerse. Sacude su cabeza como quitándose un polvo inexistente y se levanta. Las mejillas completamente secas. Y qué si lo necesitaba. Y qué si quería vivir. Ella no era la tóxica, no esta vez.

Se desnuda a la par que se incorpora y anda. Las prendas de ropa van cayendo, marcando un camino que nunca volverá a recorrer. Va al servicio y se sienta en el borde de la bañera, mirándose al espejo. Cortes, moratones, arañazos. Costillas marcadas, venas cansadas de sangrar. Destrozada. Y por fuera también.

En el lavabo yacen varias cajas de pastillas, olvidadas. Antipsicóticos, beta bloqueadores, benzodiacepinas, antiespasmódicos. Su mirada recorre cada una de ellas con desgana. En su lugar, guía a su mano hasta una cajetilla. Toma un cigarro y lo enciende. Lo paladea, saborea el veneno con pasividad. Ni rastro de emociones.

Tras varias caladas, va a la entrada a por la bolsa que ha dejado abandonada en el suelo. Vuelve al baño. Abre la botella y le pega varios tragos largos. Cuando el calor ha invadido su garganta, cambia el ron por la lejía. Llena el tapón con cuidado y duda. Sin pensarlo más, lo tira a sus espaldas con fuerza. Coge la garrafa y la tira de la misma manera, sin mirar.

Una nueva y larga calada. Sus labios echan humo, al igual que la bañera. Se levanta, se gira hacia ella y tira la colilla. Ésta cae sobre el tejido en descomposición, como tantas otras han hecho antes. En su mente todo era más fácil.

Un gemido amenaza con escaparse desde su alma, pero no lo permite. Ahora le toca a ella vivir.

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Acerca del autor

Iris Ruiz

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