Literatura

Colecciones peligrosas



Colecciones peligrosas - Literatura

 

Colecciono moscas, pero no estoy loco…así narraban y nos deleitaban en los 80 uno de los grandes y legendarios de aquella imborrable, mítica y brutal escena musical que algunos tuvimos la suerte de abrazar y sin duda disfrutar. Golpes Bajos tenía ese indiscutible toque de genialidad y de seriedad, que les permitió llegar donde llegaron.

Pero lo que quiero valorar aquí es que cada día me asombra más la capacidad que tiene el ser humano de coleccionar y acumular trastos (por no llamarlo de otra manera) en su casa, o nunca mejor llamado trastero. Resulta curioso nuestro apego a objetos de todo índole y extraños materiales que renunciamos a desechar. Algunos bastante miserables, por cierto.

Aquí os presento algunos ejemplos que tienen su miga:

Pelusa del ombligo- El australiano Graham Barker colecciona la pelusa de su ombligo desde 1984. Ha logrado almacenar durante más de la mitad de su vida más de 22 gramos. Le llevó a esta feliz idea el preguntarse cuánta pelusa podía producir un cuerpo.

Comida Quemada- En Massachusetts, Henson tiene “una de las mejores obras de arte culinario carbonizado en el mundo” en el Museo de Comida Quemada Deborah Henson-Conant. Todo surgió porque un día calentaba sidra, se redujo a una masa extraña, que solo tuvo a bien bautizar “la sidra que se para sola”. Consideró que el resultado fue una obra de arte.

Faloteca– El profesor Sigurdur Hjartarson es coleccionista de penes y los exhibe en su Museo del Falo de Húsavik, en Islandia. La insólita colección está compuesta por unos 300 penes de 90 especies de mamíferos marinos y terrestres en toda su variedad: disecados, embalsamados o conservados en formol. En el museo Falológico se pueden ver aparatos reproductores de machos de todo tipo: desde el micro pene de un hámster, de unos 2 mm, hasta el de un cachalote con 70 kilos de peso y 1,7 metros de largo. También se exponen representaciones de los supuestos miembros de seres mitológicos nórdicos, como trolls, elfos y duendes. En 2011, Pall Arason decidió donar, antes de morir, su pene de manera desinteresada.

Existen un sinfín de absurdas colecciones que podríamos enumerar, pero quisiera ir más allá de esta idea. Quisiera contaros algo sobre lo que podemos definir como “el no va más” de esta extraña afición cuando llega a convertirse en adicción. El denominado “Síndrome de Diógenes”.

Como bien sabréis, su nombre es adoptado de Diógenes de Sinope, también llamado Diógenes “el Cínico”. Filósofo griego perteneciente a la escuela cínica que nació en Sinope, mar Negro (412 a.C. -323 a.C.) ​.

Pues bien, este personaje podría guardar alguna semejanza, aunque exagerada, de lo que ahora, comúnmente viene a ser la filosofía “perroflautista” o perro-flautista, como deseen (por la que guardo un profundo respeto). Que nada tienen que ver con el síndrome. Pero trasladándolo a los tiempos pre cristianos.

El caso es, que este, seguramente buen hombre, no legó ningún escrito. Tan sólo contamos con algunas menciones hacia su persona. Comulgó con una delirante filosofía socrática y anduvo por Atenas y Corinto viviendo como un vagabundo y queriendo hacer de ello una virtud. Hijo de un banquero, la historia cuenta que vivió entre tinajas y puentes y que por el día deambulaba por las calles buscando “personas honestas”. Su indumentaria se componía de un zurrón, un cuenco y un báculo. Y por lo demás, vida de autosuficiencia fuera de cualquier lujo, defendiendo la liberación de los deseos y la ausencia de necesidades. Y así de fácil, con su figura, hemos acuñado a este tremendo síndrome en la actualidad.

Las primeras descripciones clínicas se sentaron el 1966. Pero este Síndrome es un viejo conocido de la psiquiatría y lleva a un extremo el abandono del autocuidado, personas que se aíslan de su medio, no salen de su domicilio y rechazan cualquier tipo de ayuda externa. Habitualmente ancianos solitarios, muy preocupados por su no real ruina económica acumulando basuras y viviendo en la miseria absoluta. El no reconocimiento de la enfermedad hace difícil llegar al tratamiento. Por lo que vecinos y familia suelen dar la voz de alarma.

Pero no se trata de hacer un análisis sobre la enfermedad, sino más bien de darle un carácter anecdótico a todo este tema de las colecciones y los recuerdos.

Y como ya sabéis, detrás de cualquier gran problema hay un gran negocio. Porque, alguien tiene que solucionar esto y para eso existen las empresas especializadas en “limpiezas de residencias contaminadas”. Algunas se hacen llamar <Recicla todo>, <Limpiezas Traumáticas>, <Serdomas> o <Desratizaciones> y otras se promocionan “adaptándose a tu horario”. Parece que además hay competencia…

Así que cuidado con que los trastos no os acaben reduciendo tanto el espacio de esa santa casa, que tengáis que entrar de perfil o dormir en el descansillo. Y control sobre la delgada línea roja que separa el coleccionismo, de que tu vecina tenga que llamar a Limpiezas Traumáticas

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Muriel

4 comentarios

  • Está claro Aicrag, existe un impulso incontrolado al consumo del que todos de una manera u otra somos víctimas. Ese afán consumista es un grave problema, pero además existen otras patologías menos comunes, asociadas o no a esta, como puede ser el coleccionismo en algunos casos, en que no supone una rentabilidad económica y sí una ocupación desmedida del espacio o el Diógenes en otros, algo mucho más grave, nos lleva a preguntarnos el porqué de estos comportamientos. ¿Por qué esa necesidad de acumular objetos que no son necesarios en nuestra vida? y que ya no lo van a ser.
    Los trasteros son un bien cada vez más valorado y no todos pueden disponer de uno. El alquiler de los mismos está en continua demanda, quizá para evitar ese desapego a lo material porque nuestras viviendas ya no dan para más? o porque en el fondo rechazamos la idea de desecharlos por lo que pueda venir…Hasta qué punto nos estamos equivocando?

    • Ciertamente este comportamiento es muestra de miedo e inseguridad. Es probable que el acumulador no quiera tirar nada por temor a necesitarlo algún día o por apego emocional, quizá incluso porque cree que los objetos tienen vida, o como dice Brielle en su comentario, porque sienten un vacío en sus vidas. Realmente acumular objetos que realmente no se utilizan refleja desorden e indecisión. Esto pude llegar a causar problemas de salud incluso. El desorden constante puede causar desesperanza y hasta altos niveles de cortisol, la hormona del estrés, lo que afecta a los tejidos y órganos del cuerpo. Un tema interesante y complejo este.

  • «El tesoro del Mendigo» de Rodrigo Aguado Tuduri. Trata sobre la pasión desmedida de coleccionar obras de perfectos desconocidos, por parte de un individuo que ha perdido la fe en sí mismo y en su propio talento, sintiéndose uno más de esos que caminan por la ciudad sin rumbo.
    Todos los años, la excesiva publicidad que las editoriales dan a todo tipo de coleccionables, coincidiendo con el inicio del nuevo curso, puede provocar que personas con tendencia a sufrir un trastorno obsesivo compulsivo desarrollen antes esta patología. Es un tema muy interesante el que abres aquí y quizás daría para un intenso debate.
    En los últimos años se ha detectado un aumento importante de casos en los que el coleccionismo exagerado ha desembocado en una adicción a las compras, por ejemplo.

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