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CÓMO CONVIVIR EMOCIONALMENTE LIMPIO Y SANO

CÓMO CONVIVIR EMOCIONALMENTE LIMPIO Y SANO - Salud

A diferencia de la vida afectiva que está íntimamente conectada con la mente y el espíritu, la vida emocional se mantiene unida de manera constante con la mente y el cuerpo. En efecto, mientras los sentimientos trabajan en lo más noble y profundo de tu ser, las emociones lo hacen a través de las sensaciones internas y externas de tu cuerpo. De allí que no puedes sentirte amado, sino pensarte así; en cambio, sí eres capaz de sentirte alegre, triste, enojado o en cualquier otro estado de ánimo y darte cuenta de ello.

Al igual que la  limpieza y la sanidad afectiva de tu ser, es importante mantenerte limpio y sano en tu vida emocional. Nuestra conducta emotiva es más evidente que la sentimental, sobre todo, porque como te lo he explicado antes, los sentimientos por lo regular permanecen ocultos a la vista y conciencia de los otros ya que son más parte de tu intimidad. En el caso de  nuestro comportamiento emocional pasa lo contrario porque más que ser una acción espiritual, es una manifestación de la actividad sensitiva de nuestro cuerpo. Imagina, por ejemplo, que pasas un agradable  momento, ¿verdad que puedes sentir cómo se tensan los músculos de tu boca por no dejar de sonreír? Ahora trae a tu memoria algún momento que para ti fue desagradable al grado de causarte el enojo,  ¿a poco no sientes lo fruncido de tu ceño, un leve apretón en tu vientre o alguna otra sensación instantánea en tu cuerpo? De hecho, todas las  emociones son respuestas sensitivas a los estímulos que recibes desde afuera de tu ser.

Ahora bien, la vida emocional se desarrolla más en la convivencia cotidiana que realizas con las otras personas, por eso de la misma manera que proteges tus sentimientos, es necesario que hagas lo mismo con tus emociones. A menudo las personas caen en un círculo vicioso porque su vida emocional depende mucho de la forma en que se manifiesta la de otras. En otras palabras, si alguien despertó de mal humor o en otro estado anímico, hay quienes pasan el día sintiéndose igual. No es realmente necesario que suceda así porque cada persona puede detectar y dirigir sus propias emociones; cada uno es capaz de conservar su equilibrio emocional. Recuerda que la limpieza y la salud emocional implican tu propia autoestima, es decir, cuenta mucho que te quieras y te valores para que los desequilibrios emotivos de otros no te afecten al grado de caer en la intranquilidad, en la ansiedad, en el estrés o en la depresión.

El dinamismo diario desde que despertamos hasta que volvemos a dormir y,  aún en medio de los sueños, es lo que entiendo como la energía que circula y llena nuestro ser. Hay en nuestra interioridad una espectacular actividad que nos conduce siempre a encontrarnos consigo mismos y con el entorno material y social. Sin embargo, muchas veces en lugar de centrar la atención en esa vida interna, la mente nos enfoca más en lo que pasa fuera de nosotros. Así, en vez de reconocer la manera que actúa nuestro espíritu, hacemos caso a lo que nos dicta la mente, perdiéndolo de vista.

Ahora considera lo siguiente: aunque somos cuerpo, estamos gobernados por la mente y vivimos en espíritu de manera simultánea porque somos unidad total. Cada una de estas realidades expresa la misma acción energética pero realiza funciones propias. Porque somos seres espirituales, existimos habitando un cuerpo que la mente anima al recibir y distribuir la energía en todos sus miembros internos y externos. En otras palabras, sin la energía que existe en la mente, nuestra comunicación interna y el movimiento de nuestros órganos y de nuestras extremidades no serían posibles. De hecho, la mente al gobernar al cerebro, abastece de manera continua a cada uno de los sistemas corporales para que funcionen diario de modo adecuado. En el caso de nuestro espíritu, la mente nos permite la inteligencia, la comprensión y la conciencia de todo lo que sucede con nuestros sentimientos, emociones y percepciones; nos hecha la mano para darnos cuenta si estamos en un estado tranquilo, saludable y equilibrado o, si por el contrario, vivimos en desequilibrio, enfermos y ansiosos. Sin embargo, en nosotros hay una intimidad esperando a que la conozcamos más. Para ello hay que entender más a nuestra mente y espíritu.

Tal vez ahora te preguntes: ¿cómo es posible mi existencia? Nosotros no podemos dárnosla por nuestras propias fuerzas, pero una vez que la recibimos en el útero materno, nos convertimos en espíritus encarnados. Permíteme aclararlo más: la energía del universo está localizada en cada célula de nuestro ser. De acuerdo con esto, nuestra composición bioquímica y carnal es producto de esa fuerza que vive en cada parte diminuta o grande de nuestro cuerpo. A través del óvulo y del espermatozoide, los cuales son estructuras celulares que contienen la energía suficiente, comienza la existencia de cualquiera de nuestra especie. La unión entre ambos hace posible la forma de nuestro cuerpo, así como el desarrollo, la actividad progresiva de nuestra mente y la transformación espiritual de nuestro ser.

Nuestro cuerpo es un grupo de sistemas orgánicos que nos dan la forma humana y nos distinguen de las demás formas de vida de otros seres. De hecho, es carne, es decir, es un tejido muy bien diseñado por la naturaleza para arropar nuestro ser. Las moléculas componen las células, estas forman los tejidos, luego ellos dan figura a los órganos como el corazón o el cerebro y, por último, los órganos se encuentran perfectamente organizados para constituir cada sistema del funcionamiento físico como el sistema nervioso o el sistema respiratorio. Somos una red de sistemas carnales pero cuando se extingue la energía en ellos, nos convertimos en cadáveres.

Entonces pienso que ahora te podrías estar preguntando: ¿cómo puedo entender el sentido trascendental de mi existencia? La palabra existencia significa “lo que está allí”, lo cual equivale a decir lo que es real o es una realidad. Te comento que necesitaría escribir otro artículo para dedicarme a hablarte sobre la realidad. Por lo pronto, deseo que nos centremos en otra cualidad de nuestra naturaleza para completar la comprensión de las anteriores. Además de ser animales racionales, seres espirituales y espíritus encarnados, te voy a hablar acerca del por qué también somos seres simbólicos.

A medida que vamos creciendo y nos vamos desarrollando, permanecemos vinculados con los objetos del mundo y nuestras facultades mentales. Como lo sabrás, nuestra mente es capaz de originar representaciones, es decir, de producir imágenes que se refieren a la existencia de lo que es real o fantástico. Según esto, podemos representar el mundo de dos maneras: cuando lo material se presenta con sus cualidades a la inteligencia a través de los sentidos; y cuando en ausencia de esas cualidades materiales, el mundo sólo se revela como idea. A esta manera donde el objeto permanece ausente le llamo símbolo. Muchas realidades requieren de nuestra capacidad simbólica para intentar  expresarlas y comunicarlas. Un símbolo es una imagen que se relaciona con una idea de algo que puede ser interpretado por nuestra mente. En el caso del entendimiento de los conceptos universales como la verdad, la felicidad, la justicia, la paz, entre otros tantos, lo simbólico se refiere a nuestras vivencias, experiencias o aspiraciones que están en niveles más profundos de nuestra existencia y de la realidad cósmica. Este es el caso de sucesos respecto a nuestra vida, al sufrimiento, a la enfermedad, al bien y al mal y, por supuesto, a la trascendencia y la eternidad. Cuando intentamos comprender la vida o la muerte, en el fondo lo que deseamos saber es si vale la pena pasar por este mundo y aspirar a un modo de existir distinto al de sólo estar arropado con un cuerpo. Así, cuando hay un funeral o una exhumación, en el duelo las palabras no pueden expresar lo que realmente se desea. Por eso las personas acostumbran regalar una corona de flores y vestir el color negro. Sin embargo, lo que en realidad expresa el verdadero sentido de la pérdida del ser querido son las lágrimas, las condolencias y la solidaridad de quienes acompañan a los dolientes.

Ten en cuenta esto: Vivimos adheridos al mundo de los símbolos que otros han creado y de los que vamos creando con el paso del tiempo. Es como si todo lo que hemos pensado que es el mundo y su realidad resulta ser sólo una creación teórica y, por tanto, un fruto de la capacidad mental para originar imágenes, ideas, pensamientos y conceptos, los cuales no todas las veces develan la realidad en su total comprensión.

Respecto a nuestra relación con el mundo, una de nuestras primeras reacciones es la admiración por cuanto existe porque es diferente a nosotros. Después, nos vamos familiarizando con el uso de los objetos para adaptarnos y satisfacer nuestras necesidades. Eso lo hacemos en todas las etapas de desarrollo de nuestra vida. Sin embargo, nuestra capacidad simbólica  toma más adherencia y fuerza una vez que pasa la niñez, la adolescencia y la juventud para continuar con la adultez temprana y la adultez tardía hasta llegar a la ancianidad. Esta última etapa de desarrollo representa la consumación natural de la existencia de cualquier ser humano, si no es porque  a causa de lo mal intencionado de alguien, de un accidente, de una enfermedad o del suicidio, llegare a terminar antes de manifestarse. En efecto, la conciencia recurre más al símbolo después que la mente pasa de la juventud hacia la vejez, porque es entonces que el acumulado de vivencias agradables y desagradables amplia el horizonte hacia la comprensión de la propia existencia. En otras palabras, a medida que va avanzando el tiempo, la mente puede ir progresando hacia una cierta aspiración a ser eterno. No obstante, llevamos en nosotros todas las señales corporales que manifiestan nuestro término terreno. Pero nuestra naturaleza corporal es sólo expresión de una adaptación a este modo de vivir porque, como te lo he referido, nuestra vida continúa de otra forma muy diferente a como es ahora; al ser energía pura, es decir, sin carne, estaremos por decirlo así, inmensamente unidos a la naturaleza universal.

Reflexiona en esto: todo ser humano vive atraído por dos anhelos profundos. Quiere liberarse del miedo y desea trascender. Pero para que esto sea real debes trabajar cada día por mantenerte en armonía contigo mismo y con tus semejantes; reprogramar tu mente; y, sobre todo, vigilarte para vivir en paz contigo mismo y los demás. De tal modo que si captas desajustes en esas actitudes, se debe a que hay una desarmonía y trastorno en tu conciencia, en tu cuerpo, en tu mente, en tus relaciones interpersonales o en tus medios de sobrevivencia. Lo cual equivale a decir que no gozas de una buena higiene y salud mental.

Pocas personas viven bien porque no sufren algún trastorno respecto a sus actitudes cotidianas. Convengamos desde ahora que vivir dichoso no es lo mismo que sentir alegría, porque mientras la dicha es un concepto que cada uno interpreta a su manera y a su conveniencia, la alegría es una emoción pasajera como cualquier otra. Por ello, lo más valioso que debemos aprender para pasar por esta existencia sin miedo o desdicha es a saber cómo pensar mejor.

Somos seres simbólicos porque nuestra capacidad mental nos permite interpretar y modelar nuestra existencia y, por tanto, podemos crear lenguajes y teorías de todo tipo para comunicarnos consigo mismos y con los demás en el mundo. Esta naturaleza simbólica nos asocia a todos por medio de la manera que elaboramos y compartimos las ideas, los pensamientos y los conceptos desde que nacemos hasta que trascendemos hacia nuestro estado energético puro. Por un momento pregúntate cómo sería nuestra vida sin actividad mental y sin comunicación. Es como si te dijera: reflexiona si no llegaría a la ansiedad y la angustia un joven que no pudiera usar su computadora o su celular durante un día. De aquí se sigue que el símbolo es tan necesario para hacer posible la comunicación como lo es el alimento para la nutrición. En efecto, nuestra manera de manifestarnos como humanos consiste en poner en común sonidos, palabras, gestos, movimientos, señas y todo aquello que nos permita conducirnos y adaptarnos en el planeta, dándole a ello una variación de significados. Así es, acordamos el significado de algo que primero se origina en la mente de uno y luego es transmitido a los demás. Un símbolo tiene razón de ser si se comparte, en ello consiste su quehacer en nuestra mente. Esto es lo que hace real nuestras diversas maneras de comprendernos y conocernos a nivel individual y colectivo; es lo que hace posible la evolución y desarrollo de las ideas, doctrinas, creencias, culturas, instituciones, leyes, ciencias, tecnologías y cualquier otra forma de expresión de nuestra existencia humana.

Dijo Ernst Cassirer, un filósofo alemán, que somos animales simbólicos porque a base de símbolos vamos construyendo un universo propio que va más allá de un mundo físico captado por nuestros sentidos. Según esto, todo lo que tenemos en nuestro mundo material es manifestación de nuestra vida interior que capta la realidad, adjudicándole un significado. En efecto, pensamos en la realidad, la simbolizamos y la compartimos como nos parece que es. Pero lo más importante no es que podamos crear símbolos, sino que vivimos en ellos. Como te has dado cuenta, somos seres simbólicos porque previamente somos seres racionales; creamos e interpretamos símbolos porque somos capaces de pensar en ellos, es decir, somos capaces de darle significado a algo de la realidad que vivimos. Según esto, el mundo es posible porque escuchamos, vemos, percibimos, sentimos, pensamos, hablamos, nos movemos, actuamos, creamos, producimos y desarrollamos; es decir, porque somos seres que a partir de nuestra mente nos revelamos dinámicos siempre. No podríamos vivir así si nuestra actividad mental dejara de funcionar. De hecho, entre las capacidades mentales que hay en nosotros existe la de codificar la realidad. Un código es un conjunto de símbolos que por separado no significan nada pero al combinarlos pueden generar un lenguaje comprensible para quienes los identifiquen. En otras palabras, si ves una taza sobre la mesa, nunca dirías que es un plato porque tanto la figura como la idea de taza están unidas en tu mente sin variación alguna.

Ahora bien, a nuestro ser simbólico se une otra realidad, es decir, también somos cuerpos en el espacio y en el tiempo. Nuestras actividades dentro de esta existencia material y espiritual son realizadas a través de lugares concretos y de milésimas de segundos hasta un número de años a lo largo de la duración de nuestra vida. De hecho, desde que somos concebidos en el vientre materno se activan, por decirlo así, dos relojes: cada día tenemos un segundo más de vida y uno menos para que las funciones del cuerpo se extingan. Así es, somos seres precarios porque nuestra carne al ser materia se está acabando poco a poco y día a día; no podemos detener este curso natural de nuestro ser. Tampoco podemos recuperar ni una milésima del tiempo gastado en la utilidad de nuestro organismo; los latidos del corazón, el bombeo constante de la sangre en él, el metabolismo de los alimentos y líquidos, el abastecimiento y la pérdida de las vitaminas, el color, la figura y la textura de la piel y de cada cabello; todo en nuestro cuerpo se va acabando sin llegar a una reposición natural. Aun en el caso de la vida de las células y de su posible reproducción, cada una de ellas está determinada en tiempo para durar en nuestro cuerpo.

Esta precariedad hace posible todos los cambios naturales de nuestro cuerpo que acontecen dondequiera que estemos. Por más que algunos creen en la eterna juventud, terminan engañados porque nada pueden hacer contra su propia naturaleza. Como sabes, hay personas que no desean envejecer y por eso gastan grandes cantidades de dinero en tratamientos para quererlo evitar. Sin embargo, por más que la cirugía plástica, la cosmetología y otros campos del tratamiento facial y corporal pregonen extraordinarios resultados, esas personas terminan haciendo un gasto innecesario del poco o mucho caudal económico que tengan. Sea por vanidad o alguna otra motivación que les inspire a hacer algo así, el hecho es que sus intentos por negar su extinción corporal, sólo queda en una idea albergada en su propia mente porque la naturaleza se impone.

Considera lo siguiente: además de que nuestro cuerpo es precario por estar ligado al espacio y al tiempo, también está limitado y condicionado a sobrevivir. Aunque la energía del universo nos abastece de vida a más de un mil por ciento diario, utilizamos esa energía para tratar de superar nuestras necesidades y adaptarnos lo mejor que podemos a las exigencias y condiciones de nuestra vida personal y comunitaria. Esto lo hacemos todos con independencia de la posición social, de la riqueza o de la pobreza, de la nacionalidad o de las creencias de cualquier índole. Asimismo, nuestro cuerpo es frágil. En efecto, si no existiera esa fragilidad en él, tampoco sería real su precariedad. A pesar de que se puede defender por sí mismo ante cualquier microbio, bacteria, virus o enfermedad, lo hace sólo hasta que conserva su resistencia natural o la originada por químicos que contra restan o exterminan a todo lo que de manera destructiva lo afecte; sin embargo, llega el momento en que su fragilidad y precariedad lo debilitan hasta el inevitable exterminio.

Como puedes darte cuenta, por todo lo escrito anteriormente en este artículo, en nuestra naturaleza humana hay realidades que descubren nuestro dinamismo, evolución, transformación y finitud externos. Es posible captar estas realidades en nosotros por ser unidad mental, espiritual y corporal al mismo tiempo. Sin embargo, ello no resulta suficiente al considerar que también nuestra existencia se manifiesta a través de lo que hacemos de manera libre, deliberada y conciente, llegando a afectar de manera conveniente o inconveniente a la salud e higiene de nuestra mente y a la de otros. Por esto te hablaré en un próximo artículo complementario sobre nuestra actuación y conducta en el mundo.

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Acerca del autor

Ricardo Sosa

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