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Cómo Superé La Agorafobia. Experiencia Personal.

Cómo Superé La Agorafobia. Experiencia Personal. - Salud

Primeramente, si buscáis que significa “agorafobia” encontraréis lo siguiente: Miedo a los espacio abiertos. Esta definición es bastante pobre ya que, con el tiempo, logré descubrir que va más allá del miedo a estar en un campo enorme. Tiene que ver con el miedo al miedo. Miedo a que te dé un ataque de ansiedad, miedo a los límites poco claros y confusos, miedo a no recibir ayuda, a la vergüenza, a no poder escapar, etc. Todos estos miedos pueden estar ligados a la agorafobia. ¿Por qué se origina? Como todas las fobias se origina a causa de un hecho o situación desconcertante y negativa, sobre la que el individuo genera mecanismos de defensa (conscientes e inconscientes) para tratar de evitarla.

Y segundo, quiero aclarar que esta es una mera experiencia personal.

No soy psicóloga ni médica ni psiquiatra, y espero que el lector simplemente disfrute de un rato de lectura ameno, y si tiene este mismo problema no me haga ni caso y vaya a un psicólogo que le pueda ayudar. Ya que los trastornos mentales, como las fobias, tienen un tratamiento personalizado y no es recomendable tratarlo uno mismo por su cuenta. Siempre es mejor tener un guía que te oriente sobre los ejercicios que debes hacer, el tiempo de exposición y las recaídas, ya que cada persona es distinta y compleja.

De hecho, una misma fobia no tiene el mismo origen para todo el mundo. Mi agorafobia comenzó a causa de la tensión baja que siempre he padecido.

Desde pequeña sufría desvanecimientos, ya que comía poco, dormía mal, no bebía casi agua y todo esto hace que la tensión baje más aún. No tenía ningún trastorno alimenticio, si es eso lo que estáis pensando. Simplemente, era una niña que siempre estaba ocupada (estudiando, clases, horarios estrictos) y que era muy nerviosa, todo me afectaba bastante. Con 13 años sufrí un desvanecimiento en el baño y me golpeé la cabeza contra el lavabo, ahí fue donde empecé a cogerle miedo al desmayo, pero no se desarrolló aún en una fobia.

El problema llegó con 17-18 años cuando, a causa de una situación personal estresante, me caí sobre la hierba de un parque y, por suerte el golpe no fue fuerte. Por aquel entonces, yo seguía sin comer ni dormir en condiciones y añadiremos el estrés del comienzo de las relaciones de pareja, el cual no fue nada fácil en mi caso. Además, comenzaba a la universidad después de un año difícil y tenía ciertos problemas en mi casa que, por mi calidad de persona extremadamente nerviosa, no llevaba bien.

A partir de ahí surgió el demonio. Cualquier discusión que tuviera, que me llevara a notar que empezaba a “ponerme nerviosa” (no le ponía nombre porque no sabía que eso se llamaba ansiedad, y era un problema serio), cualquier exposición demasiado larga al sol, que me llevara a sentir cierta sensación de mareo, cualquier cosa que alterara mi sistema nervioso: LA QUERÍA EVITAR. Y más aún estando fuera de mi casa, mi hogar, mi sitio seguro, donde podía tumbarme al momento sin que nadie me viera y preguntara qué me pasaba, tomar agua del grifo, refrescarme la cara, sentarme, estar con gente conocida, en resumen, CONTROLAR LA SITUACIÓN.

Aquí empezó el cambio drástico que sufrió mi vida a causa de este trastorno. No podía hacer una vida normal: el verano entero me lo pasaba en casa por miedo al calor, no quería salir con mi pareja aunque hacía el esfuerzo, como también lo hacía para ir a la universidad. Todos esos intentos me costaban la salud y una vergüenza pública constante de que me vieran en ese estado (ansiedad, sentarme con la cabeza entre las rodillas, hiperventilar, llorar,etc). CONCLUSIÓN: empecé a dejar de salir y a dejar de ir a la universidad.

El problema fue que aunque yo en ese momento ya iba a una psicóloga, pensaba que era mi salud la que estaba afectada, pensaba que tenía anemia, insomnio y más cosas, a causa de mis problemas personales. No le daba la importancia a la agorafobia, pensaba: “cuando mis problemas acaben, acabará esta situación”. Y no es así, porque yo misma los estaba agravando con otro problema más que, si no se trata a tiempo, puede convertirse en un hábito y generar un problema de por vida.

Recuerdo estar esperando el autobús en la parada de la universidad y empezar a marearme, buscar un asiento y poner la cabeza entre las rodillas, llamar a mi madre llorando y decirle que NO PODÍA LLEGAR A CASA, que me iba a caer, que no podía ni coger el autobús. Mi madre en el trabajo, sin saber qué hacer, impotente. Mi expareja acompañándome en el autobús, repleto de gente, y yo con una ansiedad como un castillo de grande, hiperventilando, y él diciéndome que estuviera tranquila, que no pasaba nada, pero yo le decía lo que mi mente engañosa me decía a mí: que sí, que me iba a caer, que él no lo entendía, que me estaba poniendo enferma y me iba a caer, que me sujetara, por favor.

Yo en ese momento no era consciente de qué me estaba pasando. Ahora sí, conozco gente con agorafobia que no es capaz de salir de su casa nada más que para ir al trabajo (porque lo siente como su segunda casa) y a las tiendas de su barrio. Fuera de ahí, no puede acudir a ningún sitio, ni sola ni acompañada, porque se pone enferma. Pero yo era muy joven para imaginar todo esto.

La psicóloga lo detectó, haciéndome preguntas y más preguntas, llegó a la conclusión de que padecía este trastorno y que se estaba saliendo de control, puesto que yo siempre ponía excusas para no salir, para no ir a la universidad, como “es que no he dormido bien hoy y puedo estudiar en casa”, “es que me siento revuelta del estómago y es mejor que me quede en casa por si me pongo enferma”, etc.  Excusas de forma inconsciente, por supuesto.

Empezó la fase más difícil de todas: aceptación y exposición. Comenzó por mandarme hacer unos ejercicios en la misma casa, pero sacando a relucir esa ansiedad que tanto me paralizaba. Cada día, yo tenía que sufrir esa exposición durante minutos que me parecían eternos, y esto ya no me dejaba recuperarme del todo durante el resto del día. No daré detalles de los ejercicios porque no quiero que las personas que me leen puedan aventurarse a realizarlos sin una persona que los guíe en el tiempo de duración y las formas, pero diré que lo que buscaban era exponerme a la ANSIEDAD. Era una ansiedad totalmente buscada, para que yo la analizara y fuera dándome cuenta de que yo la controlaba a ella y no ella a mí. De que los síntomas de la ansiedad y los desvanecimientos eran extremadamente parecidos, y que tenía que aprender a diferenciarlos. Que el 95% de las veces que padecía estos síntomas era porque me sobrevenía una ansiedad, pero no que me iba a desmayar. Sin embargo, si no lograba controlar esa ansiedad, si que podía degenerar ella misma en un desvanecimiento, porque el cuerpo necesitaba desconectar un momento de esa tensión acumulada.

Fue un año de tratamiento con mi psicóloga y, aunque luego dejé de practicar los ejercicios con ella, me tocó a mí seguir esforzándome sola, así que todo esto nunca acabó del todo,  porque descubrí un problema que subyacía bajo el otro: tengo problemas severos de ansiedad.

Esto ya es otra historia que quizás cuente más adelante, pero el caso es que he de decir que ya había controlado, más o menos, este problema y fue cuando tuve que tomar medicación, por otras cuestiones distintas. Tengo que confesar que la medicación me ayudó a terminar con este asunto, a darle el empujón definitivo, aunque REPITO: no me habría hecho falta, puesto que con un buen tratamiento psicológico y mucho esfuerzo y exposición, ya había controlado el problema.

Hoy en día, sigo con mi problema de ansiedad porque dejé las consultas con el psicólogo y he sufrido el duelo de una persona muy importante para mí después de una larga y dolorosa enfermedad. Hace un año fui capaz de dejar la medicación (muy poco a poco), por fin, y espero poder empezar las consultas en breves para trabajar mi ansiedad. Pero quiero decirles que ya han pasado unos cuantos años y no volví a sufrir de agorafobia, viajo sin problemas y estoy largos períodos fuera de mi casa, sé perfectamente distinguir un mareo de un ataque de ansiedad, y un desmayo. Y, cuando ocurre este último (el cual sólo volvió a pasarme una sola vez porque ahora como mejor y me hidrato, e intento cuidar mi descanso), sé lo que tengo que hacer, sin ponerme nerviosa: tumbarme y esperar hasta encontrarme mejor o avisar a alguien, y beber agua o evitar lo que me haya producido la bajada de tensión. Y listo.

Obviamente, sigue resultándome desagradable pero ya no me incapacita para hacer las cosas que deseo, y eso es un gran cambio.

Les quiero repetir que, aunque leyéndolo parezca algo rápido y sencillo, implica un gran esfuerzo, tiempo y una persona que sepa orientar, así que sólo espero que hayáis disfrutado de este escrito y que os haya resultado informativo y curioso, pero si notáis que padecéis esta fobia a los espacios abiertos: PEDID AYUDA. Lo superaréis. Doy fe: heme aquí.

 

 

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MorganaNovember

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