Salud

CÓMO VIVIR AFECTIVAMENTE LIMPIO Y SANO

CÓMO VIVIR AFECTIVAMENTE LIMPIO Y SANO - Salud

La mente conduce todas las actividades internas y externas de nuestro cuerpo. En el caso de las primeras, dirige el funcionamiento de los órganos y de los sistemas; en cuanto a las segundas, gobierna el movimiento de las extremidades óseas de nuestro esqueleto. Tanto la actividad externa como interna son estimuladas por el contacto con los objetos y sus cualidades, con los cuerpos y la energía de cuantos nos rodean o tienen un contacto más cercano e íntimo con nosotros. Esto es lo que desde que nacemos origina el desarrollo y manifestación paulatina de nuestra vida en su totalidad.

Empezaré por hablarte sobre nuestra vida afectiva. ¿Te has preguntado alguna vez por qué necesitas quererte, querer y ser querido? O ¿Por qué los sentimientos no dejan de expresarse en tu interior de manera independiente a tus deseos y emociones? Además de todo lo que antes te he hablado con respecto a nuestra naturaleza, considera ahora que también somos seres sensibles, es decir, vivimos propensos de manera natural a sentir y lo que sentimos lo interpretamos mentalmente y lo interiorizamos en el espiritu. En efecto, la estimulación que recibimos por medio de los sentidos es analizada de modo automático por la mente y orientada a través del sistema nervioso. Es como si la mente y el espíritu recibieran alguna orden para reaccionar, y siempre lo hacen.

Seguramente has escuchado hablar de la autoestima, es decir, de aquella tendencia que desarrollamos con el fin de obtener lo mejor para sí mismos y protegerlo como un valor. El cuidado personal, la aceptación, la estimación, la seguridad, la confianza y el bienestar  de sí mismo que te permiten vivir con optimismo aunque existan desafíos, circunstancias adversas o personas malintencionadas, también son comportamientos que la manifiestan. Claro está que el sentir afecto por tí mismo es una actividad espiritual y mental que no depende de los demás. De hecho, depende de la claridad del modo en que te consideras para tomar una postura a tu favor ante tu propia existencia. En otras palabras, si te piensas como una persona capaz, valiente y decidida, tu actitud te hará ver como alguien optimista; si por el contrario piensas que eres pusilánime, mediocre y miedoso, reflejarás pesimismo. Tanto vivir optimista como pesimista tiene sus consecuencias sentimentales. El optimismo es reflejo de un espíritu decidido a mantener fuertes la voluntad, los deseos y las aspiraciones; en cambio, el pesimismo es expresión de un espíritu desinteresado por salir adelante. Por ello, mientras que el optimista vive fortalecido por la dicha, el pesimista vive inspirado por la depresión.

De por sí también deseamos que haya una sintonía interior en nuestro ser. No obstante a ese deseo continuo, cuando no es posible su realización, comienza en nosotros una especie de proceso involucrado tanto con nuestra actividad emocional y mental como sentimental. De hecho, cuando algo no sale bien o no se cumple al momento en que más lo necesitamos, nos sentimos ansiosos y si esa ansiedad se prolonga, nos angustiamos, luego esa angustia nos provoca tensión nerviosa, después si lo tenso no desaparece, nos estresamos y si ese estrés continúa, nos deprimimos y la depresión puede derivar hasta en un desequilibrio cardiovascular, provocando el deceso. Se sabe que un estado depresivo es la reunión de este proceso y su mayor afectación radica en los pensamientos, las emociones y los sentimientos no bien manejados por quien la padece. La depresión no llega, se produce cuando se va perdiendo la armonía interior, emocional, sentimental y mental.

A diferencia de las ideas, de las sensaciones y de las emociones, los sentimientos son los de mayor cuidado para nuestra vida afectiva y espiritual. Me parece que te preguntaras por qué. Ten en cuenta que la mayoría casi no expresa lo que siente porque no todos le causan confianza o le parece que es innecesario hacerlo. Sin embargo, a medida que su mente sigue imaginando y sus emociones ganan en intensidad, lo que le resulta como agradable o desagradable comienza a afectarle profundamente y con una mayor duración. Digamos que cuando un muchacho sintió una desilusión porque su mejor amigo le traicionó, puede ser que sus pensamientos le causen algunas confusiones y sus emociones le lleven a reaccionar con enojo; y si aún ese sentir se une a un recuerdo continúo de lo que le llevó a la desilusión, su espíritu, es decir, su actividad energética interna ganará tal intensidad que el muchacho comenzará a caer en melancolía; la tristeza le va durar días, meses y quizás hasta años. Esta vivencia podría incluso conducirle a pensar que lo mejor es no volver a tener amigos o por lo menos no confiar igual en ellos nunca. Vivencias como esta son las que hacen más susceptible nuestra vida sentimental porque las diferentes maneras de recibir o de dar el afecto están de una forma más estrecha vinculadas a nuestra propia autoestima. Por ello, te puedes dar cuenta que nuestros sentimientos son tan intensos y profundos que a veces es necesario estar todavía más atento a su manera de manifestarse que a cualquier pensamiento que nos sugiera la mente o a alguna emoción que nos susciten las sensaciones; hacer esto te permitirá ganar un mejor equilibrio espiritual y una autoestima cada vez más sólida.

Ahora bien, sin duda nuestra vida sentimental nos va enriqueciendo con momentos inolvidables porque es el lazo más fuerte, sensitivo y auténtico en el que nos vamos sosteniendo para abrirnos a todo tipo de relación consigo mismo y con algunos de nuestros semejantes. No obstante, a todo ser humano le conviene saber que en la medida que conoce su actividad sentimental, podrá identificar a quienes se comportan de una manera tóxica en lugar de brindarle una compañía sana, respetuosa y auténtica. ¿En cuántas ocasiones te has encontrado con personas problemáticas? ¿Cuántas veces la conducta falsa de otros te ha cuestionado para saber si vale la pena seguir tu relación con ellos?  ¿Cuántos momentos las actitudes de envidia, codicia y avaricia han perturbado tu tranquilidad y te han hecho sentir mal? Supongo que por lo menos una vez has vivido experiencias como esas. Recuerda que somos seres de energía y cada vez que permites que una actitud o un pensamiento negativo de otra persona influya en tu paz interna, te va digamos “desinflando” o debilitando porque en lugar que la energía siga robusteciendo tu autoestima, la va haciendo caer; así es como después te sientes desanimado, deprimido, melancólico o hasta sin ganas de vivir.

Se trata entonces de vigilar constantemente tu tranquilidad, salud, equilibrio y paz internas. En efecto, es importante estar atento a todo aquello o a todos aquellos que pretendan “chupar” nuestra energía positiva, nuestras ganas de conservar todo lo valioso que somos y todo lo que nos conviene para que nuestros sentimientos nos hagan sentir agusto y nos permitan pensar que vale mucho la pena existir. Asimismo, es conveniente aceptar las actitudes positivas, empáticas, comprensivas y bien centradas de aquellas personas que buscan siempre comunicarnos vida, alegría, cariño, compañía y toda su riqueza interna.

Como es evidente, nuestra vida energética interna está expuesta de manera constante debido a que desde que nacimos somos seres sexuados y, por tanto, producto de una relación entre sexos distintos. Antes de abrir los ojos a la luz solar, estuvimos protegidos de modo cálido y seguro por la placenta materna; a partir de allí recibimos y percibimos el flujo de la energía de mamá, de papá y de cuantos ya habían nacido. Ese fluir de energía nos comunicó con las diferentes muestras de afecto, de aceptación o de rechazo de nuestros padres y de los demás. De hecho, los psicoanalistas tratan los padecimientos de algunos de sus pacientes, empleando una especie de sociodrama donde les piden acostarse en posición fetal para observar su comportamiento; estos especialistas de la psicología intentan saber si el trastorno de sus enfermos tuvo su origen antes de su nacimiento, es decir, en el tiempo que estuvieron en el vientre materno.

Una vez que hemos nacido comienza una serie continuada de relaciones consigo mismo y los demás, pero sin sentir la misma calidez, seguridad y protección. Por ello, en la medida que nos vamos relacionando, es decir, que tenemos contacto directo con nuestro ser y el ser de las otras personas, se van expresando cada uno de los sentimientos; nuestra inteligencia va captando, interpretando y reconociendo lo que sucede en nuestro interior, o sea, vamos siendo cada vez más concientes de lo que sentimos y cómo nos hace sentir. Pero esto no pasa de un modo nato, acontece a medida que escuchamos, vemos y entendemos a quienes experimentan algún sentimiento. En otras palabras, un niño, por ejemplo,  sabe que una persona se siente triste porque su papá le explica por qué llora. El sentimiento pues se va conociendo para darle un nombre a través de la comunicación que recibimos de aquellos que lo han sentido. Sin embargo, desde que nacemos tenemos la capacidad de llorar, entre otras que manifiestan nuestra vida sentimental.

Considera esto: a medida que vamos creciendo y nos vamos desarrollando, también nos vamos diversificando en nuestras relaciones sentimentales. Pareciera que no, pero nuestra nobleza espiritual se va haciendo con más probabilidad cada vez más susceptible a las diferentes formas en que nosotros mismos nos queremos y nos aceptamos o en las que el prójimo nos quiere y nos acepta. En efecto, desde nuestra niñez hasta la vejez, pasamos por varias experiencias de relación en las que tanto la empatía como la simpatía o la antipatía, determinan nuestro deseo a continuar o detener el contacto con alguien diferente a nosotros mismos. Sin duda, las expresiones de afecto que son vividas a nivel familiar, de amistad, conyugal, de pareja o  de cualquier otro, durante el trascurso de la vida, definen lo agradable o desagradable y hasta lo conveniente o inconveniente para ceder nuestros sentimientos o para retenerlos. No de valde hay quienes hasta hoy piensan y creen que resulta una fortuna conocer a alguien por quien valga la pena “abrir el corazón”, es decir, que resulte verdaderamente valioso dejarle compartir su afecto con el nuestro. De ahí que las muestras de cariño, manifestadas con actitudes claras, cuentan mucho, pero todavía cuenta más que ese cariño entre ambas personas surja y crezca de tal modo que llegue a ser libre, conciente y verdadero. En este sentido, quienes de verdad se quieran, es mejor que queden en el buen entendido de que ni uno ni otro se pertenece porque cada uno es igual de autónomo. Esta comprensión evita que las verdaderas relaciones sentimentales deriven en una simple costumbre o en una cierta dependencia afectiva en todos los órdenes interpersonales.

Nuestra sensibilidad se manifiesta con mayor energía cuando empleamos nuestro cuerpo entero. Sin embargo, las manos y los ojos son una de las partes más importantes en la expresión del cariño; parecieran como dos especies de conductos por donde la ternura, la dulzura o el deseo se trasmiten de un modo más inmediato. Además, cuando el contacto se vuelve más asiduo, los que se quieren con independencia del tipo de su relación, por introvertidos o extrovertidos que sean, cultivan la admiración del uno por el otro hasta convertirla en un anhelo por conservar la comunicación de su propia intimidad de manera selectiva más no exclusiva. Ten en cuenta que muchos por no comportarse así, piensan que lo otra persona es derecho de su propiedad y por eso adoptan una actitud egoísta, machista, feminista, posesiva o coactiva. Actitudes como estas caen en el chantaje, la manipulación y la enajenación sentimentales que en ocasiones han enfermado a tantas personas que no saben cómo vivir su afectividad y autoestima de una manera sana y limpia.

Quizás en este momento te estés preguntando sobre el amor a sí mismo y hacia los demás porque sin duda está relacionado con los sentimientos. Permíteme comentarte que muchos especialistas de la conducta humana y muchas personas que no son profesionistas, consideran que el amor tiene dos vías de comprensión. La primera se refiere a entenderlo como un concepto que cada quien construye y vive a su manera y, por lo mismo, no hay una definición universal sobre él. La segunda alude a que una vez que se obtiene una cierta idea de él, queda practicarlo empleando una serie de actitudes que lo manifieste, tales como vivir siendo comprensivo,  cariñoso, desinteresado, enamorado, recto, fiel, sacrificado, entregado, exclusivo, sincero, confidente, íntimo o apasionado por mencionar las más recurrentes. De esta segunda vía han surgido inclusive algunas frases que tú ya conoces como “hacer el amor” en lugar de mencionar que hay una relación sexual genital entre dos personas; “estar enamorado” en vez de referirse a una relación en proceso de identificación sentimental entre dos individuos. Resulta obvio que la interpretación de algunas ideas no sea tan acertada porque lo más convencional es hablar de algo como la mayoría lo hace en lugar de obtener información más fundamentada con respecto a la condición y comportamiento humanos. Sin embargo, no se trata de restarle valor a cualquiera de estas dos vías de comprensión, sino de notar si de modo real tanto la idea y práctica de nuestra vida afectiva nos ayudan a amar y ser amados de verdad. Digo de verdad porque hay hombres y mujeres que no han resuelto sus inconsistencias personales en el terreno afectivo y por eso aún están dependiendo de quienes sí lo han hecho. Tener cuidado con todo lo que te comparto aquí te permitirá vivir afectivamente limpio y sano; sólo basta practicarlo después de haberlo comprendido. ¡Haz la prueba y verás todo el bienestar que conseguirás!

¿Te ha gustado el artículo? ¡Valóralo!

5.00 - 1 voto
Cuanto más alta sea la valoración más visible será el artículo en portada.
¡Compártelo en las redes sociales!

Acerca del autor

Ricardo Sosa

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.