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Con La Sabiduría Del Pulgar

Con La Sabiduría Del Pulgar - Cine y Televisión

En ocasiones, los vasos comunicantes entre distintos creadores pueden ser sorprendentes, como cuando se presentan sin que exista alguna conexión entre ellos. Un buen ejemplo se encuentra entre una de las ideas del escritor mexicano José Revueltas y una obra del escultor polaco Stanislaw Szukalski.

La comunicación entre el arte de estos dos se vuelve más extraña por las diversas circunstancias que los separan: el tiempo, el espacio, la ideología; pero para encontrar la relación fue necesario primero descubrir el trabajo de este magnífico escultor, el cual apareció en mi horizonte gracias al reciente documental: Struggle. La vida y el arte perdido de Szukalski, con el que, entre otras cosas, se busca dar a este creador su merecido lugar en la historia cultural del mundo.

José Revueltas dijo en una ocasión que él era “un fruto de México, país monstruoso al que simbólicamente podríamos representar como un ser que tuviese al mismo tiempo forma de caballo, de serpiente y de águila”. Esta representación, a mi parecer, se configura en una obra de Szukalski, su nombre es Politvarus —aún ignoro si forma parte las esculturas perdidas o a qué periodo corresponde—, la cual se puede conocer gracias a un dibujo, en él vemos la figura de una especie de hombre águila con cuerpo de caballo, sostenido por una serpiente. A Revueltas le interesa señalar la contradicción que subyace en el pueblo mexicano, mientras que Szukalski quiere expresar la comunión de lo ajeno, pero cercano, lo cual se descubre si se analiza el título de la obra, conformado con los nombres de tres pueblos: Polonia, Lituania y Rusia; lo más interesante es el vaso comunicante, cómo ambos, con intenciones distintas (aunque reconciliables), llegan a una imagen similar.

La lucha de autoconciencias resulta palpable y constante en nuestras vidas, es decir, una persona cree (¿piensa?) cierta cosa, en tanto otra opina algo distinto, muchas veces el resultado de este choque es la incomunicación, el distanciamiento, la anulación del otro. No obstante, hay quienes son capaces de hacer a un lado lo propio para dejar que lo ajeno exista, no se trata de un sometimiento (como tiende a traducirlo el ego), sino de lograr hacer un espacio para que la diferencia quepa, sin importar si resulta exuberante o incompatible. Glenn Bray es una de estas personas, él convivió durante varios años con Stanislaw Szukalski, un hombre de ideas radicales, difíciles de digerir; el orgullo que sentía por sus habilidades era desmesurado, por lo que su comunicación se podía cargar fácilmente de soberbia, incluso podría ser tachado de megalómano.

En el documental vemos a Szukalski decir cosas como “soy la mayor autoridad en cualquier materia que trate de valores pictográficos”, “los críticos de arte son parásitos que no saben absolutamente nada de arte”, “trabajar con modelos destruye el talento”, “…creas arte con F capital, eres falso, no llegas al arte”. Estos son unos cuantos ejemplos de lo arrollador que podía ser el discurso de este hombre, una parte frontal de su carácter.

Algunos creadores llegan a desarrollar una concepción de sí mismos extrema, quién sabe si sea un desequilibrio del carácter o una postura premeditada o un poco de ambas, pero casos hay muchos, ahí está el de Jorge Selarón, quien, entre sus excesos, se llegó a proclamar mejor que Miguel Ángel. Su obra más reconocida es la llamada “Escalera de Selarón”, ubicada en Río de Janeiro. Este personaje interactuaba con los visitantes del lugar y en algunas ocasiones argumentaba que su escalera era más alta, con más contenido que una elaborada por Miguel Ángel. Cuando se observan los videos que hay de Selarón, uno puede entrever que padece una especie de desesperación, es como si detrás de sus palabras hubiera un grito: los embates de la vida han sido muchos, la pobreza, la soledad, quizá hace falta el apoyo o la presencia de alguien más. Pero el orgullo, o qué se yo, impide una proyección asertiva de sí mismo, entonces se sale con algo como “mírame, soy igual de valioso que aquel gran icono de la pintura, admírame, valórame”, y ocurre todo lo contrario, aparece la intolerancia (se abre la desgarradora brecha entre el pulgar y los otros dedos). Todo termina muy mal para este creador, un día aparece muerto, su cuerpo está quemado, tendido sobre uno de los escalones que embelleció.

Las impresiones de los amigos de Glen Bray cuando conocieron a Stanislaw Szukalski fueron tales como “no tuvimos lo que se llama una conversación, más bien él habló”, “era inquieto y con una imaginación sin límites”, “recuerdo que tuve el peor dolor de cabeza de mi vida, porque era mucho para poder asimilarlo”. Sin embargo, el señor Bray experimentó otros sentimientos (diversión, intriga) y empezó a involucrarse; avanzó, sin terminar enredado, por la exuberancia de esta personalidad y logró vincularse, así consiguió apreciar lo más valioso de este agobiado ser. El ímpetu de Glen Bray lo llevó a editar libros como Inner Portraits, Trough Full of Pearls / Behold! The Protong, además de los videos que sirven de base para Struggle.

La tolerancia expande las posibilidades, entonces surge un camino de ida y vuelta para la amistad entre un joven coleccionista y un viejo escultor que se sentía atrapado en una Siberia cultural. A consecuencia existen documentos de un arte de gran calidad que constantemente ha enfrentado el funesto destino de quedar soterrado. Entre la serie de encuentros y desencuentros que es la vida, el coleccionista y el escultor parecían destinados a encontrarse, a que Glen apoyara a Stas, prestándole tolerancia (entre otras materias) para poder ser quien era.

Una parte importante de la obra de Stanislaw Szukalski está perdida y detrás de ello se encuentra la opresión que nace de la intolerancia. Para el artista va a ser inolvidable la lección que le da la vida, y será capaz de un gesto insólito, corrige su camino intelectual, es decir, asume su error y enmienda sus ideales. Szukalski aprendió de la intolerancia, y aunque en su desmesurado comportamiento no están muy claros los gestos de apertura e inclusión, en sus creaciones sí se perciben, por ejemplo, en esa idea que tenía de una torre universitaria entre México y Texas, sintetizada en un monumento público, una escultura que con el viento necesario zumbaría y de la que sólo se concretó un modelo de dimensiones más reducidas, llamado Promérica. Cuando Szukalski explica este proyecto termina diciendo “pero no sé qué hacer con él en la América del presente”. Él está situado en la década de los setenta, la crítica que hace a la cultura norteamericana es dura, incluso extrema: “el estadounidense no tiene causa, es un don nadie que crea nada”; Szukalski se tropezaba con una terrible paradoja, porque la civilización superior que caminaba en la luna no tenía cultura, para él las expresiones existentes propiciaba la destrucción del ser humano desde adentro, una fórmula que atentaba y sigue mellando nuestra capacidad intelectual.

Si integramos a la tolerancia en nuestro comportamiento, aliviaríamos el desasosiego que sentimos ante lo diferente. Con esta disposición, podríamos dejar a un lado, como Glen Bray, lo ríspido para avanzar a lo más valioso, porque hay mucho de Szukalski que merece ser aquilatado, es un creador fundamental del siglo veinte, cuya vida y obra, por diversas razones, son relevantes. En lo personal, resultan aleccionadoras sus circunstancias existenciales, cómo alcanza una cúspide artística y luego lo pierde todo, cómo en ese abatimiento logra reconcentrar su fuerza creativa y producir, entre otras cosas, “Zermatismo”, un libro de 54 volúmenes, que él inventó de principio a fin, desde el problema científico, su exposición, su argumentación, su síntesis, las imágenes (recortes o dibujos), hasta la encuadernación. También hay mucho de valioso en su arte, la manera en la que modela los cuerpos, las posturas que usa, cómo construye la armonía de sus composiciones de una manera que fomenta la transmisión de un mensajes claro, una bien lograda expresión plástica; el pintor Jim Woodring menciona que a Stanislaw Szukalski no le gustaba ningún arte, salvo el suyo, pero es una opinión insostenible si observamos el gran aprecio que tenía por las resoluciones gráficas de las culturas antiguas, las cuales aparecen sintetizadas de una manera genial en sus expresiones.

En fin, el rico legado de este creador se puede encontrar, incluso, en sus ideas; sin tropezarse con las más descabelladas, algunas son claves, por ejemplo: “[tal cuadro] no vale nada, no dice nada, necesitas decir algo […] los conceptos te transforman en un gran artista. Siempre recuerda comunicar algo” (sello imperecedero de sus obras), o aun más trascendental: “si combinas dos o tres naciones tu corazón se vuelve más amplio, tu capacidad de comprender será más profunda”.

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f. f. olivo

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