Literatura

Conciencia, la voz que no cesa



Conciencia, la voz que no cesa - Literatura

Despues del «éxito» del primer relato, el cual no imaginé que a tantas personas le gustara, creé otro, el que veis a continuación. Ainsss cuántas batallitas, jajaja.

 

– Odio la primavera – se dijo.

En realidad, no la odiaba, sino que todo era debido a lo que le ocurría cuando aún no había llegado, es decir, que su ciudad, al estar situada en una posición privilegiada en cuanto al clima, a partir de finales de febrero comenzaba a hacer el suficiente calor como para que la ropa de invierno se guardara en los armarios y la gente se vistiese con las de entretiempo. El problema eran los primeros meses, ya que durante toda la época invernal se había acostumbrado a tratar con las chicas sin vislumbrar nada más que sus bellos rostros, y a partir de esos días,  era consciente de cada movimiento que se producía a su alrededor por el sexo femenino, debido principalmente a esas anatómicas formas que destacaban el relieve de cada cuerpo.

El problema se multiplicaba por ocho al estar estudiando una carrera en la que en su especialidad, la razón entre sexos era de veinte chicos por chica, y tarde o temprano se dejaría llevar por el inevitable instinto masculino, que tan sólo le había ocasionado problemas.

Esta vez, como tantas otras, durante una asignatura en la que debía compartir la clase con los grupos de Mecánica, se fijó en una chica. No era nada del otro mundo, sino más bien, le había pasado desapercibida durante la mitad del curso. Pero ese día no supo qué ocurrió, fijándose en ella durante más tiempo de lo que sería aconsejable.

No le importó que la pizarra estuviera a su izquierda y la chica a su derecha, porque podría tomar apuntes de oído, aunque Rocío, su compañera de clase, le pilló más de una vez mirando a otro sitio. Quizás le extrañó, pero como sabía de sus raras manías, no dijo nada, y eso que ella era de las que no se cortan ni un pelo al ver las cosas que hacen los demás.

Al día siguiente, buscó a la chica en Legislación, otra de las asignaturas comunes, pero no estaba, y sólo dos horas más tarde apareció, con tan mala fortuna que se sentó en un ángulo imposible de verla. Sería todo un chasco de día, aunque las cosas no fueron tan malas: al contrario que otras veces, aquella zona de la clase, la derecha, se volvió más activa de la cuenta, con numerosas preguntas referidas al tema que el profesor de economía estaba impartiendo, y aprovechó aquellas ocasiones para comprobar qué era lo que le estaba ocurriendo.

Se fijó en ella detenidamente: no se parecía a ninguna de las que anteriormente había conocido, pero tenía algo en común con todas ellas. Le resultaba extraño, porque él no era de los que se dejaban llevar por un flechazo de un día, y esa noche sabía que no podría dormir bien por culpa de ella. Sus formas no eran pronunciadas, sino que más bien parecía una chica muy normal, con su cabello oscuro que le caía por los hombros completamente lacio, una aguda mirada en la que el color de sus ojos, negros como la inmensidad del cielo nocturno, le seducía enormemente, y el conjunto formado por sus labios y su nariz le parecían magistralmente atractivos.

– Pero si no se adapta a tu concepto de mujer.

Era la voz de su conciencia. Siempre estaba ahí para fastidiar, aunque muchas veces le hubiera ayudado, pero no dejaba de molestarle en los momentos más críticos.

Quería ver el resto del cuerpo, pero no hubo forma: los resultados eran inversamente proporcionales al esfuerzo realizado. Pensó que el mejor momento sería cuando abandonaran la clase, en el que podría aprovechar para acercarse a ella y comenzar a recabar información con la que decirle algo, pero al encontrarse a diez metros de donde estaba, junto con las decenas de alumnos que también recogían sus cosas y se marchaban, fue algo más que imposible. Sólo cuando salió del edificio consiguió ver hacia dónde se dirigía, pero fue como una gota en el océano, porque de eso no podría sacar nada en claro.

Llegó el último día de la semana, en el que realmente estaba pensando más en lo que haría por la tarde, porque había quedado con una amiga para charlar un rato de las tonterías de siempre: sus amores; y cuando estaba aparcando su viejo coche en un sitio libre que había encontrado cerca de la facultad le pareció ver por el rabillo del ojo a la chica. Todavía no tenía ni idea cómo se llamaba, y sintió que se le aceleraba el pulso. Aparcó como buenamente pudo y, mientras intentaba echarle la barra de seguridad al volante, éste se atascó.

– ¡Coñ..ntra con el pitón! – exclamó mientras observaba que ella se marchaba. Había pasado por delante de él y sólo se pudo fijar en la ropa que llevaba: unos pantalones marrón oscuro y una chaqueta a juego, que quizás abrigaría demasiado para el calor que estaba haciendo.

Cuando consiguió dejar el coche, ella había cubierto ya los treinta metros que la separaban de la entrada al edificio. Pensó que sería mucha casualidad que fuera a su clase, porque justamente ahora era el cambio de una asignatura a otra; pero como la había visto en la clase de las comunes, había una pequeña esperanza que así fuera.

Con más prisa de la habitual, salvó aquella distancia y la buscó con la mirada. No estaba. Enfiló las escaleras, avanzando por los escalones de dos en dos, pasó por la primera planta y escudriñó los alrededores: nada. Siguió subiendo y al llegar a su clase, había perdido toda ilusión. Quizás se hubiera dirigido al bar, o a otra aula. La probabilidad que estuviese en su especialidad era muy baja, pero al entrar por la puerta descubrió que había abandonado demasiado pronto: caminaba entre las bancas en busca de un sitio adecuado.

Antes de escoger el suyo, esperó a ver qué hacía ella. En un principio, estuvo a punto de sentarse en la séptima fila, pero cambió de opinión y se dirigió a la quinta. Pareció que no le agradaba el sitio y se cambió a la segunda, definitivamente.

Él quería estar cerca de ella, pero tuvo que decidir entre ella o alguien conocido. Al final, un término medio: en la segunda fila, estaría a su lado, con el inconveniente que el pasillo los separaría. Dejó su chaqueta vaquera en el perchero y disimuló hasta que llegara el profesor.

– Venga, ¿a qué estás esperando? Dile algo.

Estaba en el descansillo de la escalera, mientras ella hablaba con una amiga suya. Se fijó en su altura, y aprobó el examen: “ni muy alta ni muy baja. Perfecta. Y con buen gusto para la ropa”. Pero no encontró la forma de comentarle algo.

Siempre le había resultado sumamente difícil decirle cualquier cosa a una chica por la que se sintiese atraído. Parecía que todo el don de gentes que hasta ese momento tuviera, se le esfumaba como por encantamiento, y no podía ni siquiera improvisar. Últimamente se apoyaba bastante en Dios, pero sabía que las cosas humanas las tienen que resolver los humanos y no Él, por lo que sólo le pedía que le diera la fuerza suficiente como para hacer algo con su vida que fuera útil, no sólo a él, sino también a la sociedad que le rodeaba, y creía que el poder encontrar a alguien con quien sentirse estable emocionalmente era importante, ya que de no ser así llegaría un momento en que se desesperaría, con todo lo que puede traer ese estado.

 

Comenzó la clase, con el soberano inconveniente de tener al profesor a su derecha, y a la chica, a la izquierda. Sería demasiado descarado mirarla, pero se le ocurrió que podría echarle un vistazo a su chaqueta, que se había buscado una compañía exquisita: la de ella. Así, como el que no quiere la cosa, aprovechó para darle un repaso al rostro de esa mujer que comenzaba a torturarle las noches.

¿Qué podía hacer? ¿Caérsele el boli y aprovechar para estudiarla mejor desde otro ángulo? Era mejor que se dedicara a atender en clase, porque el pasado le había enseñado a separar los placeres de los estudios.

– Pero si con la última chica ni siquiera lo intentaste, y la conocías más, ¿cómo te vas a atrever ahora a hablarle a una desconocida?

Transcurrió la clase y la observó detenidamente. Memorizó cada parte de su cuerpo, y aunque a más de uno de sus conocidos le pareciera que no tenía demasiado futuro como mujer de medidas perfectas, a él eso le parecía una cuestión sin importancia, ¿o es que ellos saldrían con un culo sin inteligencia, por el mero hecho de pertenecer a un bonito cuerpo? ¿Es que no había nada más que lo físico?

No había desayunado, y sintió cómo el estómago emitía un sonido escandaloso. Introdujo las manos en sus bolsillos y sacó una moneda, con la que podría acercarse a comprar una palmera de chocolate que calmaría sus conciertos estomacales. Estaba claro que lo tenía todo perdido.

Ella se acercó a hablar con un chico que no lo conocía. Evidentemente, no pertenecía a su grupo; asistía a las clases que tenían comunes, ya que estaban hablando de “Tecnología Mecánica”, una asignatura desconocida para los estudiantes de Ingeniería Eléctrica. Demasiado bonito para que fuese verdad.

Con la experiencia acumulada de dirigir los ojos hacia donde quería, averiguó el nombre de la chica: Yolanda, y aunque intentó leer los apellidos en la carpeta blanca que llevaba en sus manos, hubiera supuesto demasiado esfuerzo por su parte, porque se encontraba en un ángulo muy complicado. Decidió que ya había conseguido demasiado por ese día.

Salió de clase y comenzó a bajar por las escaleras, pero en cada peldaño la voz de su conciencia comenzó a atormentarlo:

– Ya sabía que no eras capaz de hablarle. Con la última, ni insististe cuando tuviste la oportunidad. Así te vas a comer muy pocas roscas en tu vida, Jose… ¿Te has fijado? Ha recogido sus folios y su carpeta, y se va a ir de clase. Se le va a olvidar su chaqueta. Es la oportunidad que estabas esperando.

Convivir con su conciencia fue el peor castigo que le pudieron dar, pero reconocía que a veces tenía unas ideas geniales. Sólo faltaban cuatro escalones para llegar a la planta baja cuando se detuvo y decidió arriesgarse: el desayuno no importaba. Quizás sería un imbécil, un sentimental o cualquier otro calificativo con el que se pudiera designar los impulsos que sentía en su corazón, pero debía hacer algo, y pronto, porque de las únicas cosas que se arrepentía era de las que no había hecho.

Cuando llegó de nuevo a clase, se encontró a Yolanda que caminaba hacia él, mejor dicho, hacia la única puerta por la que se entraba y se salía.

Su conciencia, como tantas otras veces, no se había equivocado: se dejaba la chaqueta. Ahora podría escuchar su tono de voz, que desconocía por completo, y no dejar en él la carga de haber evitado su olvido recordándoselo.

Al pasar por su lado, la tomó de la blusa de seda blanca que llevaba, a la altura del codo, y con un susurro, porque no había conseguido tener la suficiente voz como para hablar con toda naturalidad, le dijo:

– Te olvidas la chaqueta.

– Ah, sí. Menos mal que me lo has recordado.

Se dio media vuelta y fue por ella, sin pararse a pensar en lo extraño de la situación.

Contempló todos sus movimientos, y se apartó ligeramente de su trayectoria de vuelta, porque en el mismo momento en el que pensara cómo sabía ese chico que aquella chaqueta era suya, se vería en un compromiso del que no se le había ocurrido la respuesta.

Su corazón se había acelerado hasta las ciento ochenta pulsaciones, y durante las dos horas que siguieron no fue capaz de permanecer atento a lo que el profesor de Centrales estuvo explicando.

En ese tiempo, se dio cuenta de algo importante: le había calado lo suficiente como para tener que someter su mente a un férreo control de su voluntad, porque sabía que a la más mínima oportunidad, se encontraría pensando en Yolanda, y era un lujo que no se podía permitir: tenía la desgracia de hacerse ilusiones con demasiada facilidad.

Esperó ansiosamente la llegada del miércoles, el día que sólo tenía una hora de estar con los demás grupos, y buscó un sitio cercano a donde ella se solía sentar, para poder olerla, ya que eso era también importante. Él había movido la primera ficha en el tablero de ajedrez que era su vida y esperaba que, de algún modo, ella le hiciese saber que recordaba su acción. Quizás sólo tuviera una oportunidad, pero estaba dispuesto a no dejar que se le escapara.

Comenzó la clase y se sentó a su lado. Observaría su forma de escribir, olfatearía su perfume corporal e intentaría de alguna manera caerle simpático, cosa que lo tenía bastante difícil ya que ella parecía estar a la defensiva. Simuló no haber podido copiar una de las cosas que el profesor estaba citando y le preguntó si podía decírsela, pero ella… ¡lo ignoró! Se sintió como si le hubiera hablado a la pared que dos metros más allá se encontraba.

En ese instante, tiró la toalla. Sabía que si no lo hacía pronto, se pasaría la mayor parte del tiempo estando pendiente de ella, por muy bonito que fuera. Pero no llegaba a comprender cómo no había forma de acercarse a las chicas que le gustaban. Era frustrante.

– Eres imbécil. Ya te lo había dicho desde el principio, pero nunca me haces caso. ¿Para qué te sirve fijarte en los miembros del sexo opuesto si luego no tienes la suficiente osadía como para intentar hacer algo por ti mismo? ¿Es que estás esperando que Dios te la ponga en bandeja? No es un ordenador ni la Panacea universal. Recuerda lo que decía Jesús: “Que cada uno cargue con su cruz y me siga”. La tuya es esa: no poder liberarte de los sentimientos que te atormentan. Hasta que descubras la forma adecuada de hacerlo.

Odiaba a su conciencia, porque decía la verdad. Tendría que cargar con su cruz, hasta que llegara el momento, como decía su profesor de Seguridad e Higiene, en  referencia a las enfermedades, que todas ellas terminan: o bien el individuo se cura, se muere o le quedan secuelas, pero el mal se termina. Pues con su cruz, podía pasarle lo mismo: que algún día no la llevara más -lo que más quería que sucediera-, que se muriese en el intento o que lo consiguiera a medias.

Con el paso de los años Dios escuchó sus oraciones, concediéndole la oportunidad de poder transmitir esos sentimientos, aunque de una manera muy poco corriente: por escrito. Provocaría reacciones inesperadas por parte de la gente, quizás porque no esperaban que un chico como él pudiera sentir las cosas de esa manera, pero no le importaba lo que pudieran pensar: era el único medio que tenía a su alcance a través del cual podría liberarse, aparte de entretener con sus desventuras amorosas a los lectores que se hicieran con sus escritos.

 
(R) 1997 Alejandro Cortés López.

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Ale Cortés

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